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sobre Los Realejos
Municipio de naturaleza desbordante y fiestas populares; destaca por sus playas de arena negra y zonas de despegue de parapente
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Hablar de Los Realejos exige empezar por algo que aquí se repite con frecuencia: el calendario está lleno de fiestas. No es una exageración local. A lo largo del año se encadenan celebraciones de barrio, romerías, procesiones y espectáculos de fuegos artificiales. En un municipio que ronda los cuarenta mil habitantes, eso significa que casi siempre hay algún grupo organizando un enramado o preparando pólvora. La costumbre viene de lejos. Este territorio fue escenario del final de la conquista de Tenerife y uno de los primeros lugares donde se asentó la nueva sociedad colonial.
El lugar donde terminó la conquista
En 1496 se produjo aquí el episodio que cerró la conquista de la isla. Las crónicas sitúan a los menceyes guanches acampados en la zona del actual Realejo Bajo, mientras las tropas castellanas se instalaban en Realejo Alto. Entre ambos núcleos se formalizó la rendición que puso fin a la guerra.
Poco después se levantó la ermita de Santiago Apóstol. El edificio que hoy se ve es resultado de reformas posteriores, pero mantiene la condición de uno de los templos cristianos más antiguos de Tenerife. Durante los primeros años de dominio castellano, su entorno funcionó como espacio central del nuevo asentamiento. La tradición local sostiene que en su pila bautismal se bautizó a varios de los antiguos líderes guanches tras la conquista.
El retablo mayor, de madera policromada, responde a un programa iconográfico bastante directo: Santiago como símbolo del triunfo cristiano. No es una pieza excepcional dentro del barroco isleño, pero ayuda a entender cómo se narraba aquel episodio histórico desde la mirada de los vencedores.
Dos pueblos que siguen siendo dos
Durante siglos existieron dos núcleos diferenciados: Realejo Alto y Realejo Bajo. La unión administrativa llegó a mediados del siglo XX, cuando ambos municipios se integraron bajo el nombre de Los Realejos.
La fusión no borró del todo las diferencias. En la parte alta se concentraron históricamente la iglesia matriz y algunas casas vinculadas a la economía azucarera de los siglos XVI y XVII. Abajo, más cerca del mar, se desarrolló la actividad portuaria y agrícola.
La geografía explica bastante bien esa dualidad. El municipio desciende desde las medianías hasta la costa en pocos kilómetros. Ese desnivel genera paisajes muy distintos: zonas agrícolas en terrazas, barrios dispersos en las laderas y la franja costera abierta al Atlántico. En lugares como Icod el Alto la vida ha estado ligada a la agricultura de medianías, mientras que en la costa la relación con el mar ha sido más directa.
Fuegos que se disparan desde los balcones
Cada 3 de mayo, coincidiendo con la festividad de la Cruz, esa rivalidad histórica entre calles vuelve a representarse de forma simbólica. En el centro del municipio se organizan los conocidos enfrentamientos de fuegos artificiales entre dos calles tradicionales.
Los artefactos se lanzan desde azoteas y balcones, en una especie de diálogo pirotécnico que dura buena parte de la tarde y la noche. La organización suele recaer en familias y grupos con larga tradición en el manejo de la pólvora. El humo y el olor a azufre se quedan en el aire bastante tiempo después de que termine todo.
Es una celebración muy ligada a la vida local, más que un espectáculo pensado para forasteros.
La Rambla de Castro y la costa del norte
Una parte considerable del término municipal está incluida en espacios naturales protegidos. La franja costera guarda algunos de los paisajes más conocidos del norte de Tenerife.
La Rambla de Castro es el recorrido más frecuentado. Se trata de un sendero relativamente corto que avanza junto a los acantilados, atravesando antiguos terrenos agrícolas vinculados a haciendas históricas de la zona. El camino pasa por palmerales, dragos y restos de antiguas infraestructuras agrícolas que recuerdan el pasado azucarero del valle.
Desde algunos puntos del recorrido se observa bien la costa abrupta del norte de la isla y formaciones volcánicas que caen casi a plomo sobre el mar.
Moverse y comer
El municipio es extenso y con bastante desnivel, así que desplazarse en coche suele resultar más práctico para ir de la parte alta a la costa. También hay conexiones regulares de guagua con Puerto de la Cruz y otros municipios del valle.
En la cocina local aparecen platos muy ligados a la tradición doméstica canaria: conejo en salmorejo, puchero servido en tazones de barro o dulces como el bienmesabe. En las medianías todavía se cultivan variedades antiguas de papa que suelen prepararse simplemente hervidas con sal y acompañadas de mojo.
Con un día se puede ver el núcleo histórico, acercarse a la Rambla de Castro y bajar hasta la costa. Si coincide con alguna fiesta de barrio —algo bastante habitual a lo largo del año— el ambiente cambia por completo y se entiende mejor hasta qué punto las celebraciones forman parte de la vida cotidiana aquí.