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sobre Valsequillo de Gran Canaria
Valle fértil conocido por sus fresas; almendros y quesos; paisaje de medianías con rutas volcánicas y etnográficas
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Llegué a Valsequillo de Gran Canaria con el depósito medio vacío y la idea de que era “el pueblo de los almendros”. Error. A los diez minutos ya iba quitándome capas de ropa como si fuera una cebolla: en cuanto empiezas a subir desde la costa, el aire cambia y el termómetro se lo toma en serio. En el mapa parece un salto corto desde Las Palmas, pero la carretera tiene suficientes curvas como para que te dé tiempo a poner tres canciones y discutir si el queso de flor se come con miel o sin ella.
El pueblo que se esconde tras la carretera
Valsequillo no es de esos sitios que te reciben con un cartel enorme y una rotonda con escultura. Apenas cruzas el límite del municipio, la GC‑41 se vuelve una cinta que se enrosca entre pinares y laderas cultivadas. La primera impresión es rara: casas desperdigadas, calles que parecen caminos y un silencio que, si vienes de la costa, casi desconcierta.
Luego aparece el casco. No de golpe, más bien como cuando abres una puerta y descubres que detrás hay una casa bastante más grande de lo que parecía.
La plaza de San Miguel funciona como el salón del pueblo. Bancos, gente charlando sin prisa y la iglesia vigilando desde un lado. Delante está la escultura del arcángel con un perro —sí, un perro— que siempre provoca la misma reacción: primero miras dos veces y luego preguntas. A mí me dijeron, medio en broma, que así el arcángel tenía compañía.
La caldera que parece un cráter de película
La Caldera de Los Marteles es uno de esos lugares que te hacen pensar que la isla todavía está a medio construir. Un gran cráter volcánico, redondo, con las paredes cubiertas de vegetación cuando el año viene húmedo.
Hay un mirador desde el que se entiende todo en un momento. Si te apetece caminar, varios senderos bajan hacia el interior o recorren la zona. El terreno puede estar embarrado según la época, así que conviene ir con calzado decente y agua en la mochila. El viento allí arriba también tiene bastante carácter.
Por esta zona, cuando llega la temporada, aparece el tajinaste azul. No siempre coincide igual cada año, pero cuando florece llena el paisaje de ese color que parece sacado de otro sitio.
Cerezas, quesos y otros fraudes legales
Si preguntas por Tenteniguada en verano, casi todo el mundo menciona lo mismo: las cerezas. La zona tiene tradición con este cultivo y suele celebrarse una fiesta alrededor de la cosecha. Ese día el ambiente cambia: puestos, música, gente que baja de otros puntos de la isla y bastante licor casero hecho con la propia fruta.
El queso de flor también entra rápido en la conversación. Es de esos quesos blandos que casi se desparraman cuando los cortas. La primera vez sorprende: parece que no va a tener sabor y luego resulta todo lo contrario. Más de uno ha acabado intentando llevarse media rueda en la maleta y explicando en el aeropuerto que aquello no es ningún experimento raro, solo queso.
El invierno que no se llama invierno
En invierno Valsequillo se siente distinto al sur de la isla. Las noches refrescan de verdad y el paisaje cambia cuando florecen los almendros. Los campos se llenan de blanco y rosado durante unas semanas y la gente de la isla suele acercarse a verlo, muchas veces enlazándolo con la fiesta del almendro que comparten varios pueblos de la cumbre.
Aquí el plan suele ser sencillo: paseo, alguna foto, un rato en la plaza y poco más. Nada de grandes montajes ni escenarios.
Consejo de amigo: si vienes en coche grande, ármate de paciencia. Algunas calles del casco antiguo son estrechas y con buenas pendientes. Mucha gente aparca en la entrada del pueblo y sube caminando. No es mala idea, sobre todo si luego te sientas a comer un plato de rancho canario, que es contundente de esos que te dejan la tarde resuelta.
Tres horas, un día o toda la vida
Puedes ver lo principal de Valsequillo en una mañana: dar una vuelta por el casco, asomarte a la caldera y seguir carretera. Pero si te quedas más tiempo empiezan a aparecer los senderos.
El barranco de Los Cernícalos es uno de los paseos más conocidos de la zona. Agua corriendo, paredes de roca y bastante sombra, algo que en Gran Canaria siempre se agradece. No es raro que el móvil pierda cobertura por allí, lo cual tiene su parte buena: durante un rato nadie te encuentra.
La clave con Valsequillo es sencilla: no esperar un parque temático rural. Es un municipio de tamaño medio, con barrios dispersos, huertas, caminos y vida bastante tranquila.
Si buscas tiendas de recuerdos y terrazas una detrás de otra, mejor seguir hacia la costa. Si te vale con silencio, senderos y la sensación de que el reloj aquí va un poco más despacio, entonces Valsequillo funciona. No te cambia la vida, pero sí te regala unas horas de calma. Y en una isla tan movida como Gran Canaria, eso ya cuenta bastante.