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sobre Anievas
Valle tranquilo del Besaya
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Al borde de un camino de tierra, la iglesia de piedra en Barriopalacio aparece casi sin aviso. Es mediodía y la luz cae de frente sobre el tejado oscuro, mientras en los prados cercanos se oye algún cencerro y el viento mueve despacio las hojas de los robles. Este es uno de los primeros encuentros con Anievas, un valle donde el silencio no es ausencia de vida, sino la suma de pequeñas cosas: pájaros, agua corriendo en una cuneta, una puerta que se abre al fondo de una casa.
El municipio se reparte en varias aldeas dispersas por el valle, todas conectadas por carreteras estrechas y caminos rurales. Barriopalacio funciona como referencia porque aquí está la iglesia parroquial de San Juan Bautista. El edificio es sobrio, de piedra oscura, con un campanario que todavía marca el ritmo del día para quienes viven cerca. Alrededor se ven casas montañesas con balcones de madera envejecida y ventanas pequeñas, muchas orientadas al sur para aprovechar el poco sol del invierno. En algunas fachadas aún se distinguen escudos tallados en la piedra, algo habitual en esta parte del Besaya.
Caminos entre prados y aldeas
Moverse por Anievas casi siempre implica caminar un poco. Las aldeas están relativamente cerca unas de otras, pero los caminos no siguen líneas rectas: rodean prados cerrados con muros de piedra, cruzan pequeños arroyos y a veces se meten bajo manchas de bosque donde el suelo permanece húmedo incluso en verano.
Cuando la niebla baja se queda atrapada en el valle y todo adopta un tono gris azulado. Las cercas se vuelven más oscuras, la hierba brilla con la humedad y el sonido de los pasos sobre la grava parece más fuerte de lo normal. Conviene tener cuidado después de días de lluvia: algunos tramos se vuelven resbaladizos y las pendientes, aunque cortas, se notan.
Entre dos aldeas cercanas el paseo rara vez pasa de una hora caminando sin prisa. Es tiempo suficiente para ver vacas descansando en los prados, escuchar algún tractor a lo lejos o cruzarse con vecinos que todavía se mueven a pie entre fincas.
Qué tener en cuenta antes de venir
Aquí no hay bares abiertos a cualquier hora ni tiendas donde comprar algo rápido. Si vas a pasar la mañana o la tarde caminando por el valle, lo más práctico suele ser llevar agua y algo de comida desde antes o parar en pueblos cercanos del Besaya, donde sí hay más servicios.
También conviene mirar el cielo. Cuando llueve varios días seguidos, los caminos de tierra se embarran y algunas pistas se vuelven incómodas para caminar. Unas botas o zapatillas con suela firme marcan la diferencia.
Un paseo sencillo por el valle
Si tienes poco tiempo, una buena forma de entender el lugar es caminar desde Barriopalacio hacia alguna de las aldeas cercanas, como Villasuso o Calga. El trayecto atraviesa prados delimitados por muros bajos de piedra y portillas de madera que crujen al abrirse.
A mitad de camino suele haber pequeñas elevaciones desde las que se ve el valle entero: laderas verdes, manchas de robledal y, al fondo, las montañas que cierran el Besaya. Cuando el día está cubierto, las nubes quedan muy bajas y el paisaje cambia de color cada pocos minutos.
El valle según la estación
El invierno aquí es húmedo y silencioso. La tarde cae pronto y la temperatura baja rápido en cuanto se va la luz. Si el tiempo empeora, la visibilidad en las carreteras pequeñas puede reducirse bastante, así que conviene calcular bien la hora de regreso.
En primavera y otoño el valle está más vivo. Los arroyos bajan llenos, la hierba crece rápido y el verde tiene varios tonos según la ladera y la luz del día. Son momentos tranquilos para caminar entre aldeas sin cruzarse con casi nadie.
Cómo llegar
Para llegar a Anievas desde Santander lo habitual es tomar la autovía que atraviesa el Besaya en dirección a Los Corrales de Buelna y, desde allí, seguir por carreteras locales que se adentran en el valle. El último tramo ya discurre entre prados y pequeñas aldeas, con curvas suaves y muy poco tráfico.
No hay grandes servicios en el municipio, así que lo más sensato es venir con lo necesario para la visita: agua, algo de comida y tiempo suficiente para moverse sin prisas.
Al final, Anievas se entiende mejor fijándose en lo pequeño: el musgo que cubre las piedras en las zonas de sombra, el agua fría de una fuente junto al camino o el olor a madera húmeda que sale de alguna cuadra abierta. Cosas que pasan desapercibidas si uno viene deprisa, pero que aquí forman parte del paisaje cotidiano.