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sobre Bárcena de Pie de Concha
Paso histórico a la meseta
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La niebla se levanta despacio por el valle del Besaya, como si alguien hubiera tirado de una manta gris sobre los prados y los nogales. Son las ocho de la mañana y por la carretera que atraviesa el valle pasa algún coche temprano camino de Reinosa. En Bárcena de Pie de Concha todavía no hay casi movimiento. Desde la zona de la calzada romana llega el ruido seco de un tractor arrancando. El resto es silencio y humedad.
Quien viene por turismo en Bárcena de Pie de Concha suele llegar buscando esa calzada antigua que atraviesa el monte. El pueblo, en realidad, vive con bastante calma alrededor de ella: tres pequeños núcleos, prados con ganado y un valle que cambia mucho según la estación.
El camino que no se ha borrado
Bajo los pies hay piedras que llevan siglos colocadas en su sitio. La calzada romana que sube entre Pesquera y Pie de Concha atraviesa un bosque de castaños y robles donde casi siempre hay humedad en el suelo. Las losas, algunas marcadas por el paso de carros durante generaciones, aparecen y desaparecen entre musgo y raíces.
El tramo más conocido ronda los cinco o seis kilómetros si se hace completo entre ambos pueblos, aunque mucha gente camina solo una parte. Desde Bárcena se puede subir hasta el pequeño puente de piedra y volver con calma. En otoño el suelo queda cubierto de hojas amarillas y el aire huele a castaña húmeda y a establo cercano.
Conviene llevar buen calzado. Las piedras están muy pulidas y cuando llueve —algo bastante habitual aquí— resbalan con facilidad.
Tres núcleos que forman el municipio
El municipio se reparte entre Bárcena, Pie de Concha y Puñayo, separados por pocos kilómetros y conectados por la misma vida de valle.
En Bárcena se encuentra la iglesia de San Cosme y San Damián, de origen románico. La portada, con varias arquivoltas, queda muy expuesta al viento que baja del puerto. La puerta no siempre está abierta; en el pueblo a veces saben quién guarda la llave y, si coincide, puede verse el interior. Dentro hay ese olor mezclado de cera y madera vieja tan común en las iglesias rurales.
Pie de Concha concentra algo más de movimiento. A finales de agosto suele celebrarse la fiesta de la Virgen de la Consolación y ese día la plaza cambia de ritmo: mesas largas, ollas al fuego desde temprano y conversaciones que se alargan toda la mañana. Es uno de esos momentos en que el pueblo se llena de gente que vuelve por unos días.
Puñayo, en cambio, es apenas un puñado de casas junto a un cruce de caminos. Si uno se queda quieto se oyen detalles mínimos: hojas moviéndose en los nogales, algún cencerro lejano, un coche que tarda en aparecer por la curva.
Hacia el castro de Los Agudos
Por encima del valle, hacia la divisoria con Campoo, está el castro de Los Agudos. La subida se hace por pista y sendero y gana altura con rapidez. No es un yacimiento acondicionado: no hay demasiadas señales y conviene ir con mapa o con el recorrido claro.
Arriba queda una loma amplia cubierta de hierba donde hoy pastan ovejas y vacas. Las estructuras del antiguo asentamiento apenas se adivinan en el terreno, pero la vista compensa la subida. Desde ahí se distingue el corredor del Besaya abriéndose hacia el norte y, hacia el sur, las montañas que anuncian Campoo.
Cuándo acercarse
Octubre suele ser uno de los mejores momentos. Los castaños alrededor de la calzada se vuelven amarillos y el valle huele a hojas húmedas y a humo de chimenea. En los bares del entorno empieza a aparecer el cocido montañés cuando refresca.
Los fines de semana hay algo más de gente caminando por la calzada, aunque el lugar rara vez se llena. Si prefieres silencio casi total, mejor evitar los días de fiesta local.
Lleva impermeable o una chaqueta ligera incluso si el día amanece despejado. La niebla baja con rapidez por el valle y la lluvia aparece sin mucho aviso.
En la plaza de Bárcena hay un banco de madera bajo un nogal grande. Al caer la tarde se oyen las persianas bajando, algún perro ladrando desde un prado cercano y el sonido lejano de un coche que sube hacia la meseta. Es un final de día tranquilo, de los que aquí siguen ocurriendo sin demasiada prisa.