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sobre Cartes
Villa señorial del Besaya
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A las seis de la tarde, cuando el sol baja tras el monte de la Matanza, la piedra del Torreón de los Manrique se vuelve dorada. Desde la plaza se ve cómo la luz resbala por los sillares, despacio. Es el momento en que Cartes deja de ser solo un punto entre Torrelavega y Los Corrales.
El olor a hierro y cerezas
En el valle del Besaya, Cartes huele a dos cosas distintas según el día: a metal caliente y a fruta madura. El polígono de Mies de Molladar marca el ritmo de muchas mañanas; a primera hora llegan coches y furgonetas en fila. Es parte del paisaje actual del municipio.
Basta alejarse un poco hacia los caminos que bordean el río para que el ambiente cambie. En primavera y a comienzos de verano aparecen cerezos dispersos por huertos y prados. Son árboles sueltos que las familias han cuidado durante años. Cuando llega junio, es habitual ver a vecinos recogiendo fruta en cubos pequeños. Las cerezas suelen ser menudas y con un punto ácido.
La relación con el hierro viene de más atrás. En la zona se recuerdan antiguas ferrerías que aprovecharon la fuerza del agua del Besaya. Aún hoy, en algunos caminos hacia Riocorvo, aparecen trozos oscuros de escoria entre la grava. Son restos de ese pasado industrial que pasan desapercibidos si no vas mirando al suelo.
Piedra y portales
Caminar por el casco antiguo de Cartes es caminar despacio. Las calles son cortas y las casas se alinean con portales grandes, muchos con escudos tallados que el musgo va suavizando.
Algunas casonas levantadas entre los siglos XVII y XVIII conservan balcones de madera y rejas de forja trabajadas. En más de una puerta se ven marcas del uso diario: escalones gastados, aldabas pulidas por las manos, piedras que han cambiado de color por la humedad del valle.
Cerca del núcleo histórico, la iglesia de Santa María de Yermo guarda un interior sobrio, con madera oscura y ese olor a cera que se queda pegado a la ropa cuando sales. Sigue siendo un punto de referencia para la gente del municipio, sobre todo los domingos por la mañana.
Días de romería
A lo largo del año hay días en que Cartes cambia de ritmo. La romería de San Cipriano suele celebrarse en septiembre en el prado del mismo nombre. Durante la mañana se junta gente de los pueblos cercanos y el sonido de las gaitas se escucha antes incluso de llegar.
Ese día aparecen puestos con dulces tradicionales y comida preparada en casa. Circulan rosquillas y otras masas fritas que se reparten aún calientes, pasándose de mano en mano mientras la gente charla de pie en la hierba.
También hay jornadas dedicadas al ganado que atraen a ganaderos de distintos puntos de la comarca. Llegan remolques y camiones, se forman corrillos alrededor de los animales y no faltan las conversaciones largas mirando dentaduras o patas, como se ha hecho siempre en las ferias rurales.
Cuando vuelve el silencio
Para ver Cartes sin ese movimiento, conviene pasar por aquí en otoño o en días laborables. Cuando baja la niebla del Besaya por la mañana temprano, el pueblo queda medio cubierto y los tejados asoman entre una humedad fría que tarda horas en levantarse.
Entonces el ritmo es otro: vecinos que salen a comprar el pan andando, alguna conversación en la puerta de casa. Al caer la tarde, los senderos que van hacia Riocorvo o hacia las vegas del río quedan casi vacíos.
Si caminas por ahí al anochecer, lleva luz. Hay tramos sin farolas y la cobertura del móvil falla en más de un punto del valle. A cambio, cuando se apaga el ruido de la carretera, lo único que queda es el sonido del agua bajando por el Besaya y algún perro ladrando a lo lejos.