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sobre Polanco
Hogar de Pereda
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La niebla sube del Besaya a las siete de la mañana y se queda pegada a los chopos. Desde el puente de Requejada se oye cómo el río traga el agua de la noche y la devuelve más clara, más fría. Ese es el momento en que el turismo en Polanco casi no existe todavía: antes de que la A‑67 empiece con su murmullo de neumáticos, antes de que los primeros coches bajen hacia Santillana buscando costa.
Después vendrán los camiones que aún entran y salen de la zona industrial, los escolares que atraviesan la rotonda del teleférico sin mirar demasiado el balde oxidado que recuerda cuando la piedra subía por cables hasta la fábrica. Pero a esa hora solo hay un hombre que saca la basura con bata de franela y una pareja de jóvenes que corre por la senda del Pozo Tremeo antes del desayuno.
El lago que no se ve desde el coche
El Pozo Tremeo es un ojo verde que se abre entre hayas. Caminas unos minutos desde el centro del pueblo y, de repente, el asfalto se acaba, el sendero se estrecha y el arroyo forma un espejo redondo como una moneda. El agua suele estar muy clara y deja ver el fondo blanquecino de las margas que durante décadas se extrajeron aquí.
Si no corre aire, a veces flota una película fina de polvo claro que recuerda al azúcar glas. El silencio también es distinto: solo los carrizos, los pasos sobre grava húmeda y algún pájaro escondido en el borde del bosque.
La vuelta completa ronda los cuatro kilómetros; la mitad si llegas hasta la pasarela de madera y regresas por el mismo camino. En otoño los carrizos se vuelven dorados y crujen cuando sopla el viento. Lleva botas si ha llovido: el sendero se transforma en una arcilla espesa que se pega a las suelas durante un buen rato.
La casa donde nació Pereda y el grafiti que no entiende su madre
La casona donde nació José María de Pereda tiene fachada de sillar amarillento y un balcón de hierro forjado que da a una calle tranquila. Dentro funciona un pequeño espacio dedicado al escritor, con algunos objetos y paneles que ayudan a entender de dónde salen sus paisajes y personajes.
En el lateral del edificio aparece algo que rompe la escena: un oso geométrico y multicolor pintado por Okuda. La mezcla de mural contemporáneo y piedra del siglo XVIII desconcierta un poco al principio. Una vecina que suele ayudar con las visitas comenta, medio en broma, que a su madre “le parece bonito, pero no acaba de entender qué pinta ahí”.
El centro suele abrir algunos días a la semana, normalmente por la mañana. Si la puerta está entornada, basta con llamar; no es raro que alguien del pueblo termine enseñándotelo.
Requejada, el puerto que no da al mar
El Besaya se deja navegar un pequeño tramo antes de su desembocadura en Suances. En el muelle de Requejada atracaban barcos que cargaban piedra y otros materiales ligados a la industria de la zona. A principios del siglo XX llegó a botarse aquí un velero construido con cemento armado. Flotaba, aunque cuentan que maniobrar con él no debía de ser sencillo.
Hoy el muelle es más tranquilo. Algún pescador mira la corriente apoyado en la barandilla y las gaviotas se acercan cuando sube la marea. El pasado industrial queda en placas, fotografías antiguas y en la memoria de quienes aún recuerdan el movimiento de barcos.
La estación de tren está muy cerca. Desde allí salen varios trenes al día hacia Santander o hacia el interior de Cantabria, una opción cómoda si no quieres mover el coche.
Fiestas donde la quesada se enfría en la ventana
A comienzos de agosto el pueblo celebra sus fiestas de San Pedro Ad Víncula. Por la mañana suele sonar la charanga en la plaza y a mediodía el aire se llena de olor a comida hecha en la calle.
Por la tarde es fácil ver bandejas de quesada enfriándose en ventanas o sobre rejillas de madera. Aquí suelen prepararla con bastante nata, así que queda más húmeda que en otros valles del interior.
Hacia finales de agosto, en Requejada también montan verbenas junto al río. Las orquestas de pueblo siguen tocando clásicos que todo el mundo acaba cantando. El domingo por la mañana hay desfile de carrozas; los niños se disfrazan de oficios antiguos y personajes del pueblo. No hace tantos años se levantó aquí un monumento dedicado a la maestra, algo poco habitual en los pueblos de la zona.
Cuándo ir y qué hacer si llueve
La primavera tiene un olor muy claro en esta parte del Besaya: resina de los pinares, tierra húmeda y hojas nuevas. En el Pozo Tremeo los árboles todavía dejan pasar mucha luz y el agua refleja el cielo casi entero.
Si el día se tuerce y empieza a llover, puedes entrar en la iglesia de San Pedro. Dentro guarda un retablo gótico con bastante azul cobalto que muchos pasan por alto porque nadie se detiene demasiado a mirarlo.
Conviene evitar los días más fuertes de agosto si buscas tranquilidad. El pueblo se llena de coches que atraviesan la comarca camino de Santillana o de la costa. Algunos paran un momento en la rotonda del viejo teleférico, hacen una foto al balde colgado y siguen ruta.
Si caminas cien metros en dirección al arroyo, el ruido de la carretera se apaga bastante rápido. Ahí vuelve el Polanco cotidiano: agua corriendo, huertas detrás de las casas y el Besaya bajando despacio hacia el mar.