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sobre Comillas
Villa modernista del Cantábrico
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A comienzos de septiembre de 1881 el rey Alfonso XII reunió a su Consejo de Ministros en Comillas. No en Madrid ni en Santander, sino en este pequeño puerto cántabro que entonces apenas superaba el millar de habitantes. La noticia debió de sonar extraña en la capital: calles que terminaban en prados, actividad pesquera y, de pronto, el gobierno del país despachando asuntos de Estado junto al Cantábrico. Pero Comillas llevaba unos años moviéndose en otra escala. Por entonces ya se experimentaba con alumbrado eléctrico —algo todavía raro en España— y varias familias enriquecidas en América estaban transformando el pueblo con una ambición arquitectónica poco habitual en la costa cantábrica.
El dinero que volvió del mar
La geografía explica parte de la historia. Comillas se abre a una pequeña ría que durante siglos dio abrigo a las embarcaciones locales. Los marineros del lugar consiguieron levantar su propio puerto en el siglo XVIII, después de años reclamándolo. Hubo actividad ballenera, como en otros puntos de la costa cantábrica, pero el gran cambio llegó con la emigración.
A mediados del siglo XIX muchos vecinos cruzaron el Atlántico hacia Cuba y Puerto Rico. Algunos regresaron con fortunas considerables y una idea clara: dejar constancia en el pueblo de lo que habían visto fuera. De ahí surge la concentración de arquitectura singular que hoy llama la atención en un núcleo tan pequeño.
El Palacio de Sobrellano, proyectado por Joan Martorell a finales del XIX, es uno de los ejemplos más visibles. Ladrillo, cerámica vidriada y una silueta neogótica que se reconoce desde lejos. Junto a él está la capilla-panteón familiar. El conjunto se levantó en la finca de los marqueses de Comillas, una familia que jugó un papel decisivo en la transformación del lugar.
Muy cerca, entre pinos, aparece el Capricho de Gaudí. Antoni Gaudí lo construyó en la década de 1880 para Máximo Díaz de Quijano. La casa mezcla hierro, cerámica y ladrillo con una libertad poco común en su época. Los azulejos con girasoles siguen siendo lo primero que llama la atención cuando se entra en la finca.
La universidad en lo alto de la colina
Frente al palacio se levanta el edificio más visible del pueblo: la antigua Universidad Pontificia. El complejo se levantó a finales del siglo XIX para formar a estudiantes vinculados al ámbito eclesiástico y a las élites católicas del momento. Su escala resulta sorprendente en relación con el tamaño del municipio: grandes fachadas de ladrillo, escalinatas y una posición dominante sobre la villa.
La institución terminó trasladándose a Madrid en la segunda mitad del siglo XX. El edificio, restaurado, acoge hoy actividad universitaria vinculada a la Universidad de Cantabria. La presencia de estudiantes le da cierta vida a un conjunto que durante décadas quedó casi vacío.
En el centro del casco histórico se encuentra la iglesia de San Cristóbal. Su construcción se prolongó durante mucho tiempo, lo que explica la mezcla de elementos: base barroca, añadidos posteriores y reformas sucesivas. San Cristóbal es el patrón del pueblo y su festividad sigue marcando uno de los momentos importantes del calendario local.
El cementerio sobre el Cantábrico
Detrás de la universidad un camino entre pinos conduce al cementerio. El lugar ocupa el solar de una antigua iglesia medieval y se asoma directamente al mar. Desde allí se entiende bien la relación histórica del pueblo con la costa: delante, el Cantábrico abierto; a un lado, la ría y las marismas que anuncian el parque natural de Oyambre.
Los panteones de finales del XIX recuerdan a las familias indianas que regresaron con dinero de América. Hay mausoleos con anclas, columnas y símbolos funerarios bastante elaborados para un cementerio pequeño. La ubicación, más que el tamaño, es lo que lo hace particular.
Paseos hacia Oyambre
Desde el entorno del cementerio salen varios caminos que bajan hacia la costa. Son senderos cortos, entre prados y pinar, con vistas a la ría de la Rabia y a las playas del parque natural de Oyambre. Cuando baja la marea aparecen las marismas y las barras de arena que cambian de forma según la estación.
Muchos vecinos usan estos caminos para caminar a diario. No es raro cruzarse con gente del pueblo que sale con el perro o con botas de monte incluso cuando el cielo amenaza lluvia. Aquí el tiempo cambia rápido y nadie se sorprende demasiado.
Lo que se come y cuándo
La cocina local se parece bastante a la del resto de Cantabria. El cocido montañés sigue apareciendo en muchas mesas cuando aprieta el frío: alubias, berza y compango cocinados sin prisa. En temporada también es habitual el bonito del norte, preparado de distintas maneras según la casa.
En la parte dulce mandan dos clásicos de la región: la quesada y el sobao, procedentes de los valles pasiegos. Muchos vecinos tienen familia o vínculos con esa zona del interior, así que estos productos forman parte del día a día.
Durante el verano el pueblo cambia bastante. Aumenta la población, se abren segundas residencias y el ambiente se anima alrededor de las fiestas tradicionales y de los eventos vinculados a la memoria indiana.
Cómo recorrer Comillas con calma
El casco histórico se puede recorrer andando sin dificultad. Las distancias son cortas: del Capricho al palacio y a la universidad apenas hay un paseo cuesta arriba. Conviene tomárselo con tiempo para fijarse en algunas casas de finales del XIX que pasan más desapercibidas.
La playa de Comillas es amplia y muy abierta al mar. En verano reúne a muchas familias de la región. Si se camina hacia el oeste se entra en el entorno del parque natural de Oyambre, donde el paisaje se vuelve más abierto y aparecen dunas, prados y estuarios.
En temporada alta el centro tiene bastante tráfico y varias calles funcionan solo para peatones. Lo más práctico suele ser dejar el coche en las zonas de aparcamiento de la entrada y moverse andando. Comillas no es grande, pero su historia se entiende mejor cuando se recorre despacio.