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sobre Miengo
Dunas y playas salvajes
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Hay sitios que se entienden rápido y otros que tardan un poco en encajarte en la cabeza. Miengo es de los segundos. Al principio parece un lugar de paso entre Santander y Suances, como cuando paras en una gasolinera pensando que solo vas a estirar las piernas… y al final te quedas más rato del previsto. Sales de la Nacional‑634, ves prados, establos, y de repente aparece el mar. Vacas por un lado, tablas de surf por el otro. Todo junto, como si alguien hubiera mezclado dos paisajes que normalmente no se hablan.
Seis pueblos, una sola identidad
Miengo no es un único pueblo. Son seis núcleos que funcionan un poco como esos primos que solo coinciden en Navidad: Miengo, Mogro, Cuchía, Cudón, Bárcena y Gornazo. Cada uno con su iglesia, su frontón, su pequeño centro de vida diaria.
Cuando dices fuera que vienes de Miengo, muchas veces te miran raro. Como cuando mencionas el nombre de un grupo de música que tú tienes clarísimo y el resto de la mesa se queda en silencio.
La capital municipal es pequeña. El ayuntamiento parece más la casa de alguien que un edificio institucional. Aquí eso de “capital” es bastante flexible. Una cosa está en Mogro, otra en Cuchía, y para algunas cosas acabas yendo al pueblo de al lado sin pensarlo demasiado. Funciona un poco como una casa grande donde cada habitación sirve para algo distinto.
Las dunas que cambian más que el tiempo en la costa
Las dunas de Liencres son lo que más mueve gente por aquí. Y cuando digo dunas no imagines algo estático. Cambian mucho. Cada invierno el viento y el mar reorganizan la arena, como cuando ordenas el salón y a la semana ya has movido otra vez el sofá porque no te convencía.
Hay caminos que un año están claros y al siguiente aparecen medio tapados. Pequeñas lagunas que surgen donde antes solo había arena. Los de la zona lo resumen fácil: “las dunas se han movido”.
Las playas se reparten entre la del Valle y la de los Locos. La primera es más tranquila. Familias, paseos largos, gente mirando el mar sin prisa. La segunda gira alrededor del surf. Cuando entra mar del norte aquello se llena de neoprenos. Si no surfeas y te metes con olas fuertes, la sensación es un poco como colarte en una pista negra de esquí sin saber frenar.
En primavera el ambiente cambia mucho. Hay espacio, silencio y esa sensación de tener la playa medio prestada.
De salineros a surfistas
Antes de las tablas de surf, aquí había otra actividad ligada al mar: la sal. Desde hace muchos siglos se explotaban pozos salinos en la zona. Turnos, trabajo compartido y discusiones de las de siempre, que en los pueblos suelen parecerse mucho generación tras generación.
Ahora las discusiones suelen ir por otro lado. Aparcar cerca de la playa, por ejemplo. No es muy diferente a cuando todos quieren sentarse en el mismo banco al sol.
En la zona también estuvo el monasterio de San Fructuoso, fundado a finales del siglo X. Hoy quedan restos. Cuando los ves, cuesta no pensar en el contraste: un lugar levantado hace más de mil años mirando al mismo mar donde ahora ves furgonetas camper y gente cambiándose el neopreno en el aparcamiento.
Cuevas, vacas y un presidente del Gobierno
La cueva de Cudón es uno de esos sitios que muchos conocen desde críos en la zona, aunque no salga tanto en guías. Tiene arte rupestre paleolítico. Pensar que hace miles de años alguien estaba pintando en esas paredes produce una sensación curiosa. Un poco como cuando encuentras un cuaderno viejo en casa de tus abuelos y te das cuenta de que alguien estuvo ahí mucho antes que tú.
Otro detalle curioso: José Posada Herrera, que llegó a ser presidente del Gobierno en el siglo XIX, pasaba temporadas por aquí. Venía a tomar baños de mar. Imagínate la escena: el hombre metido en el agua de Mogro mientras en tierra alguien le trae noticias de Madrid. Algo así como intentar desconectar del trabajo mirando el móvil cada diez minutos.
El queso, el mar y el olor del campo
Miengo también se entiende por el olfato. Según dónde estés, cambia todo.
Cerca de la costa huele a salitre, a algas y a neopreno secándose al sol. En los caminos del interior el olor es otro: prados, estiércol, hierba recién cortada. Es el mismo contraste que cuando entras en una cocina donde alguien está haciendo café mientras fuera llueve.
Las vacas aquí no son decorativas. La leche acaba en queserías de la zona y de ahí sale el queso de nata típico de Cantabria. En muchos sitios le ponen etiquetas elegantes. En los pueblos lo llaman simplemente queso. Pan, un trozo generoso y listo.
En las mesas también manda lo que llega del mar. Calamares, pescado del día si la semana ha sido buena. Y si no, algo tan sencillo como una tortilla con chorizo. Comida de la de toda la vida, sin demasiadas vueltas.
Consejo de amigo
Yo vendría en primavera si puedes elegir. Mayo suele tener ese punto en el que todo está verde y la costa todavía respira tranquila.
Agosto cambia el panorama. Más gente, más coches, más vueltas para aparcar. Algo parecido a intentar dejar el coche en la puerta de un concierto cuando todo el mundo ha tenido la misma idea.
Con unas horas puedes recorrer los pueblos, bajar a la playa y sentarte a mirar la ría de Mogro cuando sube la marea. No es un sitio que te deje con la boca abierta nada más llegar.
Es más bien como esos lugares donde te imaginas viviendo sin mucho esfuerzo. Y cuando te pasa eso, ya sabes: señal de que el sitio tiene algo. Aunque no sepas explicarlo del todo.