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sobre San Vicente de la Barquera
Villa marinera monumental
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San Vicente de la Barquera es como ese primo que se fue a trabajar a la costa y volvió con camiseta de marinero: conserva el acento montañés, pero se le nota el salitre en la piel. Este pueblo de la costa occidental de Cantabria vive entre la ría, las marismas y el Cantábrico abierto. Está más cerca de Asturias que de Santander, y esa mezcla se nota en la mesa y en el carácter: aquí el queso Picón no es un capricho de postre, es cosa seria.
El pueblo que se miraba en la ría
Llegas por el puente de la Maza y es como entrar en una postal que alguien ha doblado mal: a la izquierda el puerto con sus barcas, a la derecha la Puebla Vieja apretujada en la colina.
El puente es larguísimo y con un buen puñado de arcos —según a quién preguntes te dirán un número distinto— y desde ahí ya se entiende cómo funciona el lugar: marismas, agua entrando y saliendo con la marea y el pueblo colocado justo donde la ría se abre.
Lo primero que haces es buscar sitio para aparcar. Te aviso: en verano es como intentar dejar el coche cerca de la playa un domingo de agosto. Mucha gente del pueblo suele aparcar algo más lejos del centro y bajar andando. No es mala idea, porque el casco antiguo tampoco es enorme.
La Puebla Vieja es ese laberinto de calles estrechas que aparece cuando empiezas a subir la cuesta desde el puerto. Casas de piedra, balcones de madera y ese olor a mar que se queda pegado en las fachadas. Arriba del todo te encuentras con la iglesia de Santa María de los Ángeles, gótica, grande para lo pequeño que es el barrio. Desde allí arriba se ve media ría y entiendes por qué el pueblo creció justo en ese promontorio.
Al lado suele verse señalizado el inicio del Camino Lebaniego, la ruta que cruza Cantabria hacia el interior hasta el monasterio de Santo Toribio. Son unos cuantos días caminando entre valles, así que muchos peregrinos se hacen la foto allí antes de empezar.
Cuando el mar dicta lo que se come
Comer en San Vicente es bastante directo: lo que llega del mar manda.
El bonito a la brasa aparece mucho cuando es temporada. También las anchoas en salazón, que por esta parte de Cantabria llevan generaciones curándose con paciencia. Son de esas que cambian bastante la idea que uno tiene de la típica lata del supermercado.
Pedimos un cocido montañés para compartir y la camarera nos miró con esa cara que dice “ya verás”. No exageraba. La cazuela llevaba alubia blanca, berza y compango en cantidades que te hacen replantearte la cena. Es comida de la que pide paseo después.
De postre, quesada pasiega con sobao. El sobao es básicamente el bizcocho de toda la vida, pero hecho con mantequilla de verdad, de la que deja las manos pringadas. La quesada es más compacta, menos dulce, y entre las dos cosas sales rodando pero contento.
El paseo hasta el Faro de la Silla
Después de comer, lo normal sería siesta. Pero si te apetece moverte un poco, una caminata bastante habitual es subir hacia el Faro de la Silla.
Son unos kilómetros de sube y baja por pista y sendero. Nada técnico, pero suficiente para que el cuerpo recuerde la cazuela de antes. A cambio, el camino va abriendo vistas de la ría, del puente y de las marismas del parque natural.
El faro está en la punta del monte, vigilando la entrada al estuario. Hoy funciona de forma automática, y cuando sopla viento fuerte se entiende rápido por qué hacía falta una luz ahí arriba. El Cantábrico en esa zona no suele andar con bromas.
De vuelta puedes acercarte a Oyambre, que está a pocos minutos en coche. Es una playa larga, abierta, con dunas detrás y bastante espacio incluso cuando hay gente. En verano tiene movimiento, claro, pero sigue teniendo ese aire de playa grande del norte donde el mar marca el ritmo.
Cuando el pueblo se pone de fiesta
Si caes por aquí en Semana Santa quizá te topes con La Folía, una fiesta muy del pueblo. La imagen de la Virgen se lleva en procesión por la ría en una embarcación mientras otras barcas acompañan. Hay música, gente vestida de época y bastante ambiente por las calles.
En septiembre también celebran a la Virgen de la Barquera, la patrona. De nuevo el mar tiene protagonismo y el pueblo se llena bastante. Son de esas celebraciones donde se mezclan vecinos de toda la vida, familias que vuelven esos días y curiosos que pasaban por aquí.
Mi verdad sobre San Vicente
¿Volvería? Sí, pero con matices.
San Vicente de la Barquera no juega a ser un decorado. Tiene turismo, claro, pero sigue funcionando como un pueblo normal: mercado algunos días, gente haciendo recados, cuadrillas charlando en el puerto mientras miran la marea.
Mi consejo es sencillo: no intentes verlo todo como si fuera una checklist. Pasea por la Puebla Vieja, siéntate un rato en el puerto y mira cómo cambian las marismas cuando sube la marea. Es más interesante que ir corriendo de foto en foto.
Y si puedes elegir fecha, evita los picos de agosto. A principios de verano o ya en otoño el lugar respira mejor. El mar sigue siendo el mismo, las montañas siguen ahí detrás y aparcar deja de convertirse en una pequeña prueba de paciencia.