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sobre Suances
Villa de surf y playas
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A las cinco de la tarde, cuando la marea baja en la Playa de la Concha, el agua se queda quieta como un espejo y las rocas oscuras empiezan a asomar entre la arena mojada. Es una hora tranquila: algunos surfistas salen del agua arrastrando la tabla y en el puerto el movimiento cambia de ritmo. En ese intermedio, Suances respira.
El olor a sal y a sardina asada
El puerto sigue siendo un lugar de trabajo. A primera hora de la mañana —sobre las siete, más o menos— el muelle huele a gasoil de las barcas, a sal y a pescado recién descargado. Las gaviotas se amontonan en las barandillas esperando algún descuido y los marineros hablan bajo, como si todavía fuera de noche.
Las casas blancas del pueblo viejo se apiñan sobre la ría de San Martín de la Arena mirando hacia el agua. Desde el paseo de la Virgen del Carmen se ven tejados de pizarra, algunas chimeneas y el movimiento lento de la ría cuando entra la marea. En invierno, cuando se acaban las toallas en las barandillas y las terrazas quedan medio vacías, lo que más se oye son las gaviotas y el viento que sube desde el puerto.
Cuando el mar se pone serio
La Playa de Los Locos tiene fama entre los surfistas desde hace años. Cuando entra mar del noroeste, las olas rompen con fuerza contra la arena y el agua se vuelve de un verde oscuro que casi parece tinta. Desde el mirador se ven los puntos negros de los neoprenos esperando su turno.
No es un sitio para confiarse. El fondo cambia con las mareas y las corrientes empujan hacia los laterales de la playa. Más de uno del pueblo se queda mirando el mar con los brazos cruzados, calculando el tamaño de las series antes de que alguien se meta.
A pocos minutos andando, la Playa de la Concha es otra escena: arena fina, familias, niños que corren con palas y cubos. En agosto cuesta encontrar sitio para la toalla. En junio o ya en septiembre, en cambio, puedes caminar largo rato por la orilla con los pies en el agua y apenas cruzarte con gente.
Las torres que siguen mirando al mar
En Tagle, uno de los núcleos que forman el municipio, todavía queda en pie una torre medieval conocida como la Torre de Tagle o de San Telmo. La piedra está desgastada por el viento del Cantábrico y en la base crecen parches de musgo que permanecen húmedos casi todo el año. Desde los prados cercanos se abre la vista hacia la ría y, en los días claros de invierno, la línea de costa se alarga bastante hacia el este.
Más cerca del centro está el faro de Suances, levantado en la punta del Torco. No es especialmente alto, pero desde ese borde de roca la luz se ve bien cuando cae la noche. El paseo que llega hasta allí suele llenarse al atardecer: gente sentada en el muro, el ruido constante del mar golpeando abajo y el destello del faro repitiéndose sobre el agua oscura.
La romería que huele a otoño
El primer domingo de septiembre suele celebrarse la romería de la Virgen de Guadalupe, una cita muy arraigada en el pueblo. Mucha gente sube caminando hasta la ermita desde primera hora de la mañana, con mochilas, tortillas envueltas en papel de aluminio y alguna botella que se comparte entre varios.
La ermita está en lo alto de un monte bajo, rodeada de eucaliptos que crujen cuando sopla el viento. El camino es de tierra y piedra suelta; si ha llovido los días anteriores se vuelve bastante embarrado, así que conviene llevar calzado cerrado.
Arriba el ambiente es más de reunión que de ceremonia. Familias que se reencuentran, grupos sentados en la hierba, niños corriendo entre los árboles mientras la costa aparece al fondo, abierta hacia el Cantábrico.
Cuándo ir y qué evitar
Junio y septiembre suelen ser los meses más agradecidos. El agua ya no está tan fría como en primavera y el pueblo recupera un ritmo más lento. Se puede aparcar con menos vueltas y las playas respiran.
Julio y agosto cambian bastante el ambiente: tráfico para entrar, aparcamientos llenos desde media mañana y paseos marítimos con mucha más gente de la habitual. Si vienes en esos meses, compensa madrugar y acercarse a la playa temprano.
Un detalle práctico: deja siempre una sudadera en el coche, incluso en pleno verano. Por la tarde la niebla del mar entra a veces de golpe y la temperatura cae rápido. Y en Los Locos conviene mirar el estado del mar antes de bajar: el oleaje puede cambiar en cuestión de minutos.