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sobre Val de San Vicente
Acantilados espectaculares
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Val de San Vicente ocupa el extremo occidental de Cantabria, justo donde el río Nansa termina de abrirse al mar en la ría de Tina Mayor. Es un territorio de transición: hacia el este empieza la costa cántabra más abierta; hacia el oeste, cruzando el puente de Unquera, ya es Asturias. Ese lugar de paso explica bastante bien cómo se ha formado el municipio, compuesto por varias aldeas y pequeños núcleos repartidos entre el valle bajo del Nansa y una franja de costa recortada por acantilados.
En Pesués, que ejerce de capital municipal, todavía se nota ese aire de pueblo administrativo pequeño: ayuntamiento, colegio, algunos comercios y poco más. Unquera, más pegado al río y a la carretera general, concentra buena parte de la actividad diaria. Entre ambos se reparten servicios y vida cotidiana, algo habitual en municipios formados por muchos pueblos distintos.
Un valle abierto entre el Nansa y el mar
Val de San Vicente no funciona como un único núcleo, sino como un conjunto de localidades dispersas. Son catorce pueblos en total, desde los que miran al Cantábrico —Pechón o Prellezo— hasta los que se adentran hacia el interior siguiendo el Nansa.
El río ha sido siempre el eje natural del territorio. Mucho antes de las carreteras actuales, el valle servía como corredor entre la costa y las montañas del interior. No es raro que por aquí pasaran caminos antiguos que comunicaban Cantabria con Asturias; algunos tramos de calzada y topónimos sugieren trazados muy viejos, aunque su origen exacto no siempre está claro.
Pesués quedó como capital cuando se organizaron los ayuntamientos modernos en el siglo XIX. Su posición más o menos centrada dentro del municipio seguramente tuvo peso en esa decisión. Aun así, muchos vecinos identifican la actividad cotidiana con Unquera, que hoy es el núcleo más poblado y el principal punto de entrada desde la carretera nacional.
La Torre de Estrada y otras huellas del pasado
Uno de los edificios más singulares del municipio es la Torre de Estrada. Se levanta en una pequeña elevación desde la que se domina buena parte del valle. Su silueta, ligeramente troncopiramidal, no es la más habitual entre las torres medievales de Cantabria, lo que ha alimentado todo tipo de historias sobre su origen.
Los vecinos hablan de una construcción muy antigua, a veces asociada a presencia musulmana o a reconstrucciones posteriores. Los estudios suelen situarla en la Alta Edad Media, con reformas en siglos posteriores, algo bastante frecuente en este tipo de fortificaciones rurales. Más allá de la fecha exacta, su función es evidente: vigilar un territorio que durante siglos fue frontera y lugar de paso.
Desde los alrededores se aprecia bien el paisaje que caracteriza a la zona: prados cerrados por setos, pequeñas aldeas dispersas y, en días claros, la línea del mar hacia el norte.
Acantilados, playas y el límite con Asturias
La parte costera del municipio tiene un carácter distinto al del valle interior. En Prellezo o Pechón la tierra termina de golpe en acantilados y pequeñas ensenadas. La playa de Berellín o la de Amió —esta última ya muy cerca del límite asturiano— aparecen encajadas entre plataformas rocosas que quedan al descubierto cuando baja la marea.
Cerca de aquí, aunque ya en territorio asturiano, está la cueva del Pindal, conocida por sus pinturas paleolíticas. La visita suele formar parte de las excursiones habituales desde Val de San Vicente, porque el acceso queda a pocos minutos en coche. En ese tramo de costa el paisaje cambia poco de un lado a otro de la ría: acantilados oscuros, viento del noroeste y senderos que recorren el borde del mar.
Trabajo y cocina en los pueblos
En las localidades costeras todavía se percibe cierta actividad ligada al mar. Tradicionalmente hubo pequeñas conserveras y elaboraciones de pescado en salazón, un trabajo muy asociado a la economía familiar.
En el interior, el paisaje sigue marcado por la ganadería. Las praderas que rodean pueblos como Molleda o Muñorrodero se utilizan para pasto, y de ahí procede buena parte de la leche que abastece a la comarca.
Unquera es conocida en toda Cantabria por la producción de sobaos y otros dulces. Varias empresas reparten desde aquí a toda la región, aunque en el pueblo también siguen funcionando obradores pequeños. Es uno de esos lugares donde el olor a mantequilla aparece en cuanto cruzas la calle principal.
Fiestas y vida local
Cada pueblo mantiene su propio calendario festivo. En verano se concentran la mayoría: romerías, verbenas y comidas populares que siguen teniendo más de reunión vecinal que de reclamo exterior.
En Pesués, por ejemplo, las fiestas de San Pedro —a las que muchos llaman San Pedrucu— marcan uno de los momentos de mayor movimiento del año. Algo parecido ocurre en otros pueblos del municipio con sus respectivos santos.
Además, el Camino de Santiago del Norte atraviesa Val de San Vicente de este a oeste. Los peregrinos suelen entrar desde el lado de Asturias por Unquera y continúan hacia Serdio y Muñorrodero antes de seguir camino hacia San Vicente de la Barquera.
Recorrer el municipio con calma
Las distancias dentro del municipio no son grandes, pero el coche sigue siendo la forma más sencilla de moverse entre pueblos. Aun así, algunos trayectos cortos se pueden hacer a pie por caminos locales.
Entre Molleda y Pesués, por ejemplo, aparecen varias casas de indianos construidas por emigrantes que regresaron de América a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Se reconocen por los jardines amplios y ciertas licencias arquitectónicas poco habituales en el medio rural.
En la costa, varios senderos permiten acercarse a los acantilados y a pequeñas playas que solo se ven bien cuando la marea baja. Conviene mirar las tablas de mareas antes de bajar.
El clima es el típico del Cantábrico occidental: veranos suaves, bastante humedad y cambios rápidos de tiempo. Incluso en agosto no sobra una chaqueta al caer la tarde. Aquí el ritmo lo siguen marcando el mar, el ganado y las estaciones, más que cualquier temporada turística.