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sobre Castro Urdiales
Joya gótica del Cantábrico
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Castro Urdiales huele a mar y a fritanga. No es un olor turístico, es el de verdad: el del puerto cuando llegan los barcos, el de las cocinas trabajando desde media mañana y el de la brisa que trae sal incluso cuando estás un par de calles tierra adentro. Estás avisado.
El pueblo que se cree ciudad
Llegas por la autovía y lo primero que ves es un montón de bloques de apartamentos bastante apretados entre sí. Durante unos segundos piensas: “bueno, pues ya estaría”. Pero bajas hacia el casco viejo y la cosa cambia.
Castro Urdiales lleva aquí muchísimo tiempo. Los romanos ya montaron su colonia, Flavióbriga, nombre que suena más a electrodoméstico que a ciudad romana, pero ahí sigue en los libros de historia. Algo debieron ver.
El casco antiguo conserva ese aire de sitio que fue importante y todavía lo recuerda. Hay escudos de piedra en las fachadas, casas señoriales mirando al Cantábrico con cierta dignidad y un puente medieval que conecta el puerto con la zona de la iglesia y el castillo. Y luego está el ambiente: mucha vida en la calle, conversación alta, ese tono de costa que recuerda un poco a Bizkaia. No es casualidad, claro: la frontera está a un paso.
La iglesia que no es catedral (pero casi)
La iglesia de Santa María de la Asunción impone bastante más de lo que uno espera en un pueblo costero. Está literalmente pegada al mar, como si alguien hubiese decidido levantar un templo gótico donde normalmente iría un faro.
Por fuera ya llama la atención, con ese aire de iglesia grande de ciudad castellana plantada en un puerto pesquero. Por dentro guarda algunas piezas interesantes; suele mencionarse un lienzo atribuido a Zurbarán que mucha gente ni espera encontrar aquí.
Si la torre está abierta cuando vayas y te animas a subir, las vistas merecen el esfuerzo. No es una subida larguísima, pero las escaleras se hacen notar. Arriba aparece todo bastante claro: el puerto, las playas urbanas, el caserío y el monte que cae casi encima del pueblo.
El castillo junto al faro
El Castillo de Santa Ana forma, junto con la iglesia y el puente, una de esas estampas que salen en casi todas las fotos de Castro. No es un castillo enorme ni especialmente complejo, pero el conjunto funciona.
Hoy el edificio se utiliza para exposiciones y actividades culturales, así que normalmente se puede entrar a echar un vistazo. Lo interesante no es tanto el interior como el paseo alrededor y las vistas del puerto.
Desde allí se ve bien la actividad del muelle: barcos entrando y saliendo, gente arreglando redes, conversaciones a voces entre cubierta y tierra. Ese tipo de escenas que siguen ocurriendo aunque alrededor haya llegado el turismo.
Qué se come por aquí
En Castro se viene a comer pescado y marisco, sin demasiados rodeos.
El txangurro aparece mucho en las cartas de la zona. Bien hecho es una cosa seria: carne de centollo mezclada con su propio jugo, algo de tomate, un toque de brandy… y gratinado lo justo. Cuando está bien preparado se nota enseguida.
Luego están las anchoas. En esta parte de Cantabria y el oriente cercano son casi religión. Muchas proceden de la zona de Santoña y alrededores, y se sirven de mil formas: en aceite, fritas, en vinagre.
También es fácil encontrar sardinas, bonito cuando es temporada y otros pescados del Cantábrico. Nada raro ni complicado: producto bueno y plancha o parrilla. A veces lo sencillo es lo que mejor funciona.
La playa cuando apetece bajar revoluciones
La playa de Ostende es la más a mano. Sales del centro andando y en pocos minutos estás pisando arena. Es una playa urbana, con paseo, gente caminando y familias pasando la tarde.
Si te alejas un poco del núcleo aparecen tramos de costa más tranquilos y algunas calas. Suelen ser más naturales y menos concurridas, aunque también con menos servicios. Conviene ir preparado porque no siempre tienes nada cerca.
Mi consejo de amigo
Si puedes elegir fechas, prueba en junio o septiembre. En agosto Castro se llena bastante, sobre todo de gente que viene a pasar el día desde otras zonas del norte o desde Madrid.
Fuera de ese pico todo va a otro ritmo. Puedes pasear por el puerto sin ir esquivando gente, encontrar sitio en las terrazas y sentarte a mirar el mar sin prisa.
Y tampoco hace falta organizar una visita milimétrica. Castro funciona mejor así: paseo por el casco viejo, vuelta por el puerto, algo de pescado y un rato frente al Cantábrico.
Eso sí, incluso en días tranquilos lleva una chaqueta a mano. El viento de la bahía a veces entra como si alguien hubiese abierto la puerta del congelador. Y en la costa eso pasa más a menudo de lo que uno cree.