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sobre Colindres
Puerto pesquero del Asón
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A primera hora, cuando todavía no se oye tráfico en la carretera cercana, el río Asón se abre paso hacia la ría con un olor mezclado de sal, gasoil y pescado recién descargado. Las gaviotas gritan sobre el muelle y alguna furgoneta espera frente a la lonja. El turismo en Colindres empieza a entenderse ahí, en ese rato frío de la mañana en el que el pueblo ya está despierto aunque el sol apenas asome.
El olor del mar en cada esquina
El término municipal es pequeño y el puerto ocupa buena parte de la vida del pueblo. Las redes aparecen tendidas en barandillas y balcones como si estuvieran secándose al aire de la ría. En la calle Real, cuando las fábricas de anchoa están trabajando, sale un olor denso, salado, que se queda pegado a la ropa.
Sobre las nueve, si el día está despejado, la luz entra rasante por el agua y convierte la ría en una plancha plateada. Los barcos regresan despacio y desde el malecón se distingue la silueta del Buciero al otro lado de la bahía. Más allá queda Laredo. El agua suele estar tranquila y las casas de Colindres de Arriba aparecen reflejadas a trozos, como si el espejo estuviera agrietado.
Cuando el barrio alto era el pueblo
Subir a Colindres de Arriba cambia el ritmo. La cuesta obliga a ir más despacio y las calles se estrechan entre casonas levantadas entre los siglos XVI y XVIII. Muchas conservan escudos de piedra algo desgastados por la lluvia del Cantábrico. Los coches pasan con cuidado; en algunos tramos apenas cabe uno.
Una de las fachadas más comentadas es la de la casa Cachupín, donde una calavera con tibias cruzadas observa desde el balcón junto a la frase “Cual me ves, te verás”. La llamada ruta de las casonas recorre este barrio alto enlazando varios de esos edificios. El paseo ronda un par de kilómetros y tiene cuestas, así que conviene hacerlo sin prisa y con calzado cómodo.
Agosto y el olor a parrilla en el puerto
En agosto el ambiente cambia. Colindres se llena de gente y buena parte de la actividad se concentra cerca del puerto. Durante la fiesta dedicada a la anchoa —que suele ocupar varios días— aparecen parrillas, mesas largas y cazuelas grandes donde se prepara marmita y otros platos de pescado.
El aire se llena de humo de carbón, pimiento asado y bonito. Vecinos del pueblo se juntan en la calle mientras cae la tarde y la ría refleja las luces del puerto. Algunos años también hay fuegos artificiales sobre el agua, y durante unos minutos la superficie queda iluminada con destellos blancos y rojos.
Cuando el río encuentra el mar
Junto a la ría sale un camino que acompaña al Asón hacia su desembocadura. Es una senda fácil, bastante llana, que se puede recorrer caminando o en bicicleta. A un lado quedan los juncales; al otro, el agua abierta de la ría.
Con marea tranquila se ven garzas y cormoranes posados en los palos de señalización. Cuando alguien se acerca demasiado levantan el vuelo con un batir lento de alas. El paisaje cambia según la luz: a veces verde oscuro, otras gris metálico cuando entra la bruma desde el mar.
El momento de irse (y volver)
Colindres no gira alrededor de grandes monumentos. Aquí el interés está en lo cotidiano: las barcas amarradas golpeando suavemente contra el muelle, el olor de las fábricas de salazón, la ría cambiando de color según la marea.
Si buscas caminar tranquilo por el puerto o por el barrio alto, junio y septiembre suelen ser meses más calmados. En agosto hay más movimiento y más ruido, sobre todo durante las fiestas. Aun así, basta alejarse unos minutos hacia la ría para volver a escuchar solo el viento y el agua empujando despacio hacia el mar.