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sobre Santoña
Capital de la anchoa
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Con el turismo en Santoña pasa algo curioso: lo notas antes de verlo. El olor te pega en la cara antes de llegar al puerto. Y no hablo del aroma romántico de vela perfumada con “brisa marina”. Aquí es otra cosa: algas, gasoil de barco y ese punto salado de la anchoa curándose. Un olor que al principio desconcierta y a los diez minutos ya te parece normal. Estás en Santoña, y el mar aquí no es decorado: manda bastante más que el ayuntamiento.
El pueblo que se come antes de que te dé tiempo a sacar la cámara
Llegué un sábado cerca del mediodía, con el estómago protestando después de varias horas de coche. La primera idea fue seguir las señales al centro, pero un hombre con delantal de pescadería me cortó el plan en seco:
“¿Viene a comer? Vaya al puerto, que están descargando”.
Y claro, cuando alguien del lugar te dice algo así, lo normal es hacer caso.
La zona de la lonja no tiene nada de postal: hormigón, grúas y cajas de plástico azul que huelen a jornada de trabajo. Vi pasar cajas de bocarte que brillaban al sol como si estuvieran barnizadas. Ahí entendí rápido que Santoña se come antes de fotografiarse.
A los pocos minutos estaba en la plaza de abastos —un mercado de principios del siglo XX— comprando mantequilla y una lata de anchoas. El plan salió solo: pan, banco y vista al puerto. No hace falta mucho más. A veces el mejor “menú” es ese.
Cuando tu GPS te manda hacia el Monte Buciero
El Faro del Caballo es uno de esos sitios que hacen que mires el móvil con cara de “esto no puede ser”. El GPS te dice que has llegado… pero delante tienes monte.
La ruta empieza en el Buciero y el paseo tiene más miga de la que parece en el mapa. Hay sendero entre encinas, algo de subida y, al final, la famosa escalera que baja pegada al acantilado. Son muchos escalones —de los que notas en las piernas al día siguiente— pero el lugar al que llegas tiene algo especial.
Abajo está el faro, encajado en la roca, y delante se abre el Cantábrico sin edificios ni paseos marítimos. A un lado queda la bahía con los barcos de pesca moviéndose despacio; al otro, mar abierto.
Consejo rápido: lleva agua y mira bien el tiempo. Cuando sopla viento del norte aquí se nota de verdad.
Las marismas: donde los pájaros mandan más que nadie
Lo de las marismas puede sonar a excursión escolar hasta que te plantas allí y ves la escala del sitio. La zona de Santoña, Victoria y Joyel forma uno de los humedales más importantes del norte, con kilómetros de agua, barro y canales que cambian según sube o baja la marea.
Hay varios senderos sencillos que se pueden hacer andando o en bici. Yo recorrí uno que bordea parte de la ría del Escalante y estuve más rato mirando aves que caminando.
Si llevas prismáticos, mejor. Si no, te apañas, pero cuando ves bandos de aves alimentándose a lo lejos te acuerdas de ellos. A veces aparecen incluso flamencos en las zonas de fango, algo que sigue sorprendiendo cuando lo ves en Cantabria.
Es un sitio tranquilo, de esos donde el ruido más fuerte suele ser el viento.
De puerto militar a capital del bocarte
Santoña tiene historia larga, aunque no siempre fácil de ordenar. Hay restos romanos en la zona y durante siglos fue un puerto importante en la costa cántabra. Más tarde llegaron las fortificaciones militares, los astilleros y la vida ligada al mar.
Pero si hay algo que terminó definiendo el pueblo fue el bocarte.
A finales del siglo XIX empezaron a instalarse familias italianas que sabían trabajar la anchoa en salazón. Traían el método aprendido en el Mediterráneo y aquí encontraron materia prima de sobra. Con el tiempo aquello creció hasta convertirse en una industria que todavía hoy marca el ritmo del puerto.
Cuando entras en algunas calles cerca de las fábricas lo notas enseguida: ese olor entre pescado y sal que se queda pegado a la ropa. No es glamuroso, pero forma parte del carácter del sitio.
Y sí, cada primavera suele celebrarse una feria dedicada a la anchoa donde el pueblo gira bastante alrededor de eso.
Consejo de amigo: cómo moverse por Santoña sin desesperar
- En verano el aparcamiento se complica. Si encuentras sitio al entrar al pueblo, plantéalo ahí y muévete andando. Las distancias son cortas.
- El paseo marítimo y el puerto son buen punto para empezar a orientarse. Desde ahí entiendes rápido cómo funciona el pueblo.
- Si vas a subir al Buciero, lleva calzado decente. Parece un paseo fácil hasta que aparece la primera cuesta larga.
Santoña no es un decorado. A veces huele más a gasoil que a brisa marina y el viento puede fastidiarte la tarde en cinco minutos. Pero funciona así desde hace mucho tiempo.
Y cuando te vas, suele pasar algo curioso: te quedas pensando en ese bocarte recién frito que probaste y en la idea de volver otro día. Sin prisas, y con hambre.