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sobre Luena
Nacimiento del valle del Pas
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A las ocho de la mañana, el termómetro del coche marca seis grados. La niebla se levanta del río Pas lento, dejando ver Luena en fragmentos: un tejado de pizarra, un hayedo amarillo, el campanario de una iglesia que asoma entre el verde. He aparcado en el desvío de San Miguel, junto a un cartel de “Quesada pasiega artesanal” pintado a mano sobre una tabla. La letra está descolorida pero se entiende.
San Miguel de Luena, la capital municipal, reúne unas pocas decenas de vecinos. Setenta y tantos, según cuentan aquí. Las casas son de piedra, con balconadas de madera oscura. En algunas, el moho ha dibujado mapas irrepetibles sobre los muros. La iglesia de San Miguel guarda silencio. Es del siglo XVII, aunque a esta hora parece más antigua. La puerta suele estar abierta. Dentro huele a cera y a piedra fría. Un retablo barroco dorado centellea en la penumbra.
El olor de los valles
Los Valles Pasiegos huelen a leche cruda y a humo de leña. En Luena, ese olor se mezcla con el del heno que secan en los corrales. Conducir por estos pueblos requiere atención: la carretera serpentea, se estrecha, se ensancha de golpe. Cada curva revela un nuevo caserío disperso. Resconorio, Pedruecos, El Cocejón. Nombres que suenan antiguos. En algunos casos, solo quedan tres casas y un perro.
El Mojón de Pedruecos aparece de repente. Es un túmulo funerario prehistórico, un montículo de tierra y piedra cubierto ahora por hierba y musgo. Está junto al camino, sin vallas ni paneles explicativos. Solo una piedra tosca marca el lugar. Desde la cima se ve todo el valle: los prados donde pastan las vacas rubias, los tejados de Resconorio, la carretera que serpentea como un hilo gris. Cuando el viento gira hacia el norte, a veces trae un aire salino. El Cantábrico queda a más de treinta kilómetros.
Cuando el queso aún estaba templado
En Entrambasmestas todavía hay hornos donde la quesada sale a media mañana. Ese olor dulce —leche caliente, huevo— se queda pegado en la calle. La porción que me ofrecen está tibia, con la superficie ligeramente agrietada y el centro húmedo. Sabe a algo muy sencillo.
Entrambasmestas es también el lugar donde nació Agustín Riancho, el pintor que retrató estos paisajes en el siglo XIX. Su casa natal sigue en pie, un caserón con los postigos verdes cerrados. En la fachada hay una placa de bronce que recuerda que aquí vivió “un gran artista”. La mayor parte del tiempo nadie pasa por delante.
La romería que no se ve
El primer domingo de mayo, la gente de Selviejo sube caminando hasta la ermita de los Remedios. Es una romería pequeña. Las mujeres suelen llevar cestas con tortilla; los hombres, botellas y alguna manta para sentarse en el prado.
Yo he venido un día antes. La ermita está cerrada. Alrededor solo hay vacas que pastan sin levantar la vista. Me siento en el muro de piedra que alguien construyó hace siglos para separar el camino del prado. Solo se oye el cencerro de una vaca o el eco de una campana que llega desde algún pueblo del fondo del valle.
Cuándo ir y qué evitar
Luena cambia mucho según la estación. En junio los prados están de un verde muy intenso y las mañanas huelen a hierba recién cortada. Septiembre también tiene buen ritmo: menos coches y una luz más baja sobre el valle.
Agosto, sobre todo los fines de semana, trae más tráfico del que estas carreteras estrechas pueden absorber. Si vienes en invierno, conduce con cuidado: la niebla se queda pegada al asfalto y muchas curvas no se ven hasta que ya estás encima.
La ruta de los Mojones recorre varios de estos túmulos prehistóricos. Son unos catorce kilómetros entre ida y vuelta. Sobre el papel se hacen en cuatro horas. Entre las vistas y las vacas que cortan el paso, lo normal es tardar bastante más.
Cuando vuelves al coche, la ropa suele oler a heno y a leña. Y entonces apetece algo dulce. En este valle, la respuesta suele ser la misma desde hace generaciones: una quesada todavía templada.