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sobre Santa María de Cayón
Valle deportivo de Cantabria
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Santa María de Cayón es como esa vecina que siempre tiene leche fresca en la nevera y te saluda con la mano todavía manchada de tierra: no es la más guapa del barrio, pero tiene algo que te hace volver. Está a un rato corto de Santander en coche, en cuanto dejas atrás la bahía y empiezan a abrirse los prados del interior. El municipio más poblado del valle, dicen. Y sí, con algo menos de diez mil vecinos parece grande para los estándares de Cantabria, pero bajas por la carretera y lo primero que ves son vacas pastando al borde del asfalto como si fueran parte del paisaje de siempre.
El valle donde la quesada es cosa seria
La primera vez que probé una quesada pasiega aquí fue en casa de un amigo. “Es de la dehesa de al lado”, dijo señalando con la cabeza hacia un prado donde unas vacas pardas nos miraban con la misma curiosidad que yo al plato.
La receta es la de siempre: requesón, huevos, azúcar y limón. Poco más. En Santa María hay quien la hace más fina, más gruesa, más tostada… cada casa tiene su versión, como pasa con el arroz con leche de las abuelas. El truco suele estar en la mantequilla, esa que huele a hierba y a establo. Si te dan un trozo recién salido del horno, aguanta un poco. Cuando se enfría gana mucho.
El sobao es otro capítulo. Es como el bizcocho que haría tu tía si tuviera vacas en el jardín: mantequilla sin miedo, huevos y harina. Por el valle hay varios obradores familiares que lo preparan a diario. No esperes grandes carteles. Muchas veces son casas normales con una puerta abierta y ese olor a mantequilla tostándose que se escapa a la calle.
Iglesias románicas que aparecen donde menos lo esperas
En el municipio hay varias iglesias románicas que sorprenden un poco porque no esperas encontrarlas en pueblos tan tranquilos.
La de Santa María, en el núcleo principal, es la más grande. Desde fuera parece casi un bloque de piedra bastante sobrio. Entras y todo se vuelve más oscuro y silencioso, con ese olor a cera y a madera vieja que tienen muchas iglesias del norte.
La de San Andrés de Argomilla es otra historia. Es una antigua abadía vinculada a monjes benedictinos y alrededor hay un pequeño cementerio con sarcófagos de piedra muy antiguos. Algunos son simples, otros tienen cruces o relieves. Cuando los ves juntos parece casi una especie de catálogo medieval de quién podía permitirse un entierro más elaborado.
Por la zona también se habla mucho de la romería de San Miguel de Carceña, que suele celebrarse hacia finales de septiembre. Mucha gente sube andando desde los pueblos del valle hasta la ermita. No es una caminata especialmente larga, pero tiene su pendiente y al final llegas con los pulmones trabajando. Arriba se junta bastante gente, familias enteras que repiten la subida año tras año porque ya lo hacían los abuelos.
Monte Carceña y otras excusas para salir a caminar
El Monte Carceña es uno de los puntos altos del valle. No es una gran montaña, pero como empiezas prácticamente desde cotas bajas la subida se nota. Hay senderos que suben entre robles y zonas de monte bajo. En otoño el suelo suele estar cubierto de hojas y ese olor a tierra húmeda que aparece cuando empieza el frío.
Arriba hay un vértice geodésico y, cuando el día está despejado, las vistas se abren bastante: hacia el norte se intuye el mar y hacia el sur aparecen las montañas del interior. A mí me tocó un día de niebla que iba y venía como una manta moviéndose por el valle, que también tiene su gracia.
Si prefieres algo más tranquilo, por la zona del río Suscuaja hay paseos sencillos que siguen el curso del agua entre castaños y otros árboles de ribera. En otoño aparecen setas por todas partes. Mejor mirarlas que recogerlas si no sabes bien lo que haces; cada temporada hay quien se confía demasiado.
En algunos tramos verás a vecinos llenando garrafas en fuentes o manantiales. Es bastante habitual por aquí. Siempre hay alguien que te dirá que esa agua sabe mejor que la del grifo.
Cuando el pueblo se anima
A mediados de agosto se celebra la fiesta principal del municipio, en torno a la Virgen de la Asunción. Las calles se llenan de gente, aparecen casetas, música y el ambiente típico de fiestas de pueblo que se alargan hasta tarde. Es el día en que todo el mundo parece conocerse y la plaza no para de moverse.
En invierno el ambiente es mucho más tranquilo, aunque en algunos pueblos del municipio siguen celebrando fiestas pequeñas de las de siempre, con chocolatadas, rifas y vecinos charlando en la plaza aunque haga frío.
Mi consejo de amigo
Santa María de Cayón no es un sitio de checklist. No hay un casco histórico compacto ni un mirador famoso donde todo el mundo vaya a hacerse la foto. Funciona de otra manera.
Es más bien ese tipo de lugar al que vienes sin prisa. Aparcas, das una vuelta por el pueblo, te acercas a Argomilla, compras una quesada en alguna tienda del valle y luego te vas a caminar un rato por el monte.
Si subes hacia Carceña en coche, ve con calma. La carretera se estrecha bastante en algunos tramos y cuando vienen dos coches de frente toca negociar quién se arrima más a la cuneta.
Y si tienes ocasión de probar un cocido montañés por la zona, hazlo. Nada sofisticado: plato hondo, alubias, berza y compango. Sales con calor en el cuerpo y con la sensación de haber comido como se come aquí.
Santa María de Cayón es eso. Un valle tranquilo donde la vida gira alrededor del campo, la cocina de casa y las montañas que cierran el horizonte. Sin mucho ruido, pero con bastante verdad.