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sobre Villafufre
Arquitectura indiana pasiega
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Al acercarse a Villafufre, la carretera baja entre prados muy verdes y cercas de madera que a veces parecen torcidas por la humedad. A primera hora suele haber niebla en los fondos del valle. Solo asoman los tejados oscuros y algún establo. Cuando el sol empieza a abrirse paso, la piedra de las casas se vuelve más clara y las campanas de la iglesia se oyen bastante lejos.
No hay una calle principal que ordene el pueblo. Villafufre se reparte en barrios y casas separadas por fincas. Entre una y otra aparecen caballos, vacas o gallineros pegados a los muros. Todo está cerca, pero nunca concentrado.
El municipio pertenece a la comarca Pas‑Miera y mantiene ese aire ganadero que domina buena parte del interior de Cantabria. Las carreteras son estrechas. Los arcenes muchas veces están cubiertos de hierba. No es raro cruzarse con un tractor o tener que reducir la velocidad porque el ganado pasa de una finca a otra.
Llegar a Villafufre
La llegada ya da una pista de cómo funciona el lugar. Las vías secundarias serpentean entre praderías y pequeños bosques. No conviene conducir con prisa. A menudo aparecen curvas cerradas y tramos donde apenas caben dos coches.
La velocidad suele ser baja durante todo el trayecto. Calcula algo más de tiempo del que marca el navegador. Entre animales, tractores y cruces estrechos, el ritmo lo marca el campo.
La iglesia y el pequeño centro
El núcleo de Villafufre se organiza alrededor de la iglesia de San Martín. Es un edificio sobrio, de piedra, con un portal sencillo. Más que por su arquitectura, sirve para entender cómo se agrupa el vecindario.
Alrededor hay una pequeña plaza y varias casas antiguas. Algunas mañanas se nota olor a pan recién hecho que llega desde alguna vivienda cercana. Las calles que salen de aquí suben en pendiente y enseguida vuelven a convertirse en caminos rurales.
Prados y cabañas pasiegas
El paisaje que rodea el pueblo es el típico del interior pasiego: praderías onduladas, setos bajos y caminos de tierra que se pierden entre las fincas. La niebla entra y sale con facilidad. Hay días en los que el valle se ve entero y otros en los que todo queda a pocos metros.
Entre los prados aparecen cabañas pasiegas. Son construcciones austeras de piedra, con pocas ventanas y tejados muy inclinados. Muchas siguen teniendo uso ganadero. Las portillas, los cercados y los pequeños corrales recuerdan que aquí el paisaje no es decorativo: es lugar de trabajo.
La piedra es irregular y oscura, pensada para aguantar lluvia constante y viento frío en invierno.
Caminar entre barrios
Si se camina sin rumbo fijo, aparecen senderos que conectan los distintos barrios del municipio. Algunos son antiguos caminos comunales que todavía usan los ganaderos para mover el ganado o llegar a las fincas.
Muchos recorridos son cortos. A veces no llegan a tres kilómetros. Lo interesante no es la distancia, sino lo que aparece por el camino: una puerta con herrajes muy viejos, un cobertizo de madera medio inclinado o un pequeño robledal donde el suelo se llena de hojas húmedas.
En verano la hierba suele estar alta en los bordes. Tras varios días de lluvia el barro aparece rápido. Mejor llevar botas o zapatillas con buena suela.
Consejos prácticos para la visita
Moverse por Villafufre exige cierta atención. Muchas fincas tienen portillas o cadenas que marcan accesos privados. Si un camino no está claro, lo más prudente es no continuar.
Aparcar también requiere mirar bien alrededor. Hay pocas zonas preparadas para dejar el coche y muchas entradas a establos o prados parecen caminos públicos cuando no lo son. Conviene dejar el vehículo donde no estorbe el paso de maquinaria o ganado.
Con una mañana tranquila se puede recorrer el núcleo y caminar un rato entre los barrios cercanos. Después, lo habitual es seguir ruta por otros pueblos del valle. Villafufre funciona más como una pausa en el camino que como un lugar donde acumular visitas. Aquí lo que queda es el sonido de los cencerros, la humedad del aire y el verde continuo de las praderías.