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sobre Ribamontán al Monte
Interior de Trasmiera
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Hay un momento, justo cuando dejas atrás la A‑8 y empiezas a subir hacia el interior, en el que el olor cambia. No sé explicarlo mucho mejor: huele a vaca, a hierba recién cortada y a algo que mi nariz urbana identifica enseguida como campo de verdad. Ese momento, si vienes a hacer algo de turismo en Ribamontán al Monte, suele ser cuando te das cuenta de que has salido de la costa aunque el mar esté a un rato en coche.
El pueblo que no estaba en el mapa
Lo primero que me descolocó es que nadie te prepara para Hoz de Anero. Es la capital del municipio, pero llegas y piensas: “¿esto era?”. No hay entrada solemne ni plaza monumental que te dé la bienvenida. Es más bien de esos sitios que, si no paras el coche, se te pasan.
Y sin embargo, tiene una de esas rarezas que no abundan en Cantabria: el llamado Desierto de San José, un monasterio carmelita levantado a comienzos del siglo XX tras trasladar la comunidad desde otro lugar. El edificio está en una zona tranquila, algo apartado, dominando el valle. No es un monasterio de postal; es sobrio, casi severo, como si estuviera pensado más para vivir hacia dentro que para llamar la atención desde fuera.
Cuando te acercas lo que más se nota es el silencio. Ese silencio rural que no es silencio del todo: campanos de vaca, algún tractor a lo lejos y poco más.
Aquí las vacas van primero
Ribamontán al Monte pertenece a Trasmiera, una comarca donde la ganadería sigue muy presente. No hace falta que nadie te lo explique: basta con mirar alrededor. Prados cerrados con muros de piedra, establos bien cuidados y vacas pastando con una calma que parece contagiosa.
Si vienes de ciudad, hay un momento curioso. Te paras en un camino, apoyas el codo en una valla y te quedas mirando el valle cinco minutos sin hacer nada. Y piensas: “vale, ahora entiendo por qué la gente vive aquí”.
Esa vida de prado y ganado también se cuela en la mesa. La quesada aparece mucho por la zona, cada una con su punto. Algunas más húmedas, otras más compactas. La buena —para mi gusto— es la que casi se rompe al cogerla con el tenedor y deja el plato lleno de migas dulces.
Y luego está el cocido montañés, que aquí se toma con total naturalidad. Es de esos platos que te dejan claro que en esta tierra el frío y el trabajo en el campo han marcado la cocina durante siglos.
Caminos entre prados y muros de piedra
Una de las cosas que mejor funcionan en Ribamontán al Monte es caminar sin demasiada planificación. Hay bastantes caminos rurales que enlazan pueblos pequeños, prados y zonas de bosque.
Yo acabé metido en una ruta que salía desde Hoz de Anero y daba una buena vuelta por el valle. En internet la describían como “moderada”, palabra que siempre me hace sospechar un poco. Digamos que tiene sus cuestas, pero nada dramático si te lo tomas con calma.
Lo interesante no es la dificultad. Es que vas cruzando muros de piedra cubiertos de musgo, portillas de madera y prados donde las vacas te observan como si fueras tú el que está fuera de sitio.
En toda la mañana me crucé con muy poca gente. Un vecino que saludó al pasar y siguió su camino, y un perro que apareció de la nada, me miró con cara de “¿tú de dónde sales?” y se fue por otro sendero.
Agosto y las fiestas del pueblo
En verano, sobre todo en agosto, suelen celebrarse las fiestas patronales. No son de las que llenan titulares ni autobuses de excursiones, pero sí de las que reúnen a todo el pueblo.
Si has estado alguna vez en una fiesta de este tipo ya sabes cómo va la cosa: escenario en la plaza o en el prado, sillas de plástico, familias enteras charlando mientras suena música y críos correteando por todas partes.
Es un ambiente muy de pueblo, en el buen sentido. La gente mayor se queda hasta tarde porque, como dicen ellos, antes no había tantas ocasiones para juntarse.
Mi verdad sobre Ribamontán al Monte
Ribamontán al Monte no juega a impresionar. No es uno de esos lugares que acumulan miradores famosos o monumentos que salen en todas las guías.
Funciona mejor de otra manera: como un trozo bastante auténtico del interior de Cantabria, a muy poca distancia de la costa. Prados abiertos, pueblos pequeños, carreteras tranquilas y una sensación de ir sin prisa que cada vez cuesta más encontrar.
Si vienes, tómalo con calma. Pasea por Hoz de Anero, acércate hasta el monasterio, camina un rato por los caminos del valle y luego baja hacia el mar, que está sorprendentemente cerca.
A mí me recordó a esos aperitivos que te ponen antes de la comida: no es lo que más llena, pero te deja con buen sabor de boca y te abre el apetito para seguir explorando la zona. Y Trasmiera, en eso, tiene bastante que decir.