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sobre Mazcuerras
Entrada al valle del Saja
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Las campanas de Villanueva de la Peña repican a las ocho y media cuando todavía la niebla no ha levantado del todo del valle. Desde la ventana de la casa donde me alojo, los tejados de pizarra empiezan a dibujarse contra un cielo gris perla. Alguna chimenea ya está encendida y el olor a leña baja despacio por la calle. Es domingo, y en el bar de la esquina hay quien toma el primer cortado mientras habla del tiempo y de las vacas.
Mazcuerras no es un pueblo único, sino un municipio repartido en siete núcleos: Cos, Herrera de Ibio, Ibio, Mazcuerras, Riaño de Ibio, Sierra de Ibio y Villanueva de la Peña. Están muy cerca unos de otros, separados por prados, pequeñas carreteras y manchas de bosque. Caminando entre ellos, el asfalto a veces cruje bajo los pies y, cuando sopla algo de viento del norte, las hayas del monte Ibio se mueven con ese sonido seco de hojas grandes rozándose.
El tiempo que se quedó en las piedras
En Ibio, la Torre de los Guerra sobresale entre las casas bajas como una pieza de otro siglo. Se suele situar en el XV y todavía está habitada, algo poco común en torres de ese tipo en Cantabria. Las piedras, oscurecidas por la humedad y los inviernos, mantienen un tono ocre apagado. Muy cerca está el Palacio de Gómez de la Torre, una casona levantada a comienzos del siglo XVIII, con esa arquitectura sobria de balcones de hierro y escudos en la fachada que aparece bastante en los valles interiores.
En Cos, la ermita de Cintul queda medio escondida entre robles y castaños. El edificio mezcla partes de distintas épocas —se suele hablar de un origen medieval— y alrededor hay restos de una pequeña necrópolis conocida como Tresileja, descubierta a finales del siglo XX. Ese rincón del valle tiene algo silencioso incluso en días de viento: apenas se oye más que los pájaros y algún coche lejano en la carretera.
Caballos, prados y viveros
El Centro Militar de Cría Caballar de Ibio ocupa una buena extensión de terreno en el valle. Por la mañana temprano huele a paja húmeda y a cuero. Desde fuera se ven las parcelas cercadas donde pastan las yeguas y, si te acercas lo suficiente, se oyen los relinchos y el ruido metálico de las puertas de los corrales. La instalación lleva décadas funcionando aquí y forma parte del paisaje cotidiano del municipio.
En las afueras también hay varios viveros históricos de la zona, con invernaderos largos y filas de macetas que cambian de color según la temporada. En días húmedos —que en esta parte de Cantabria son bastantes— el olor a tierra mojada y abono se queda flotando en el aire. Es un trabajo constante y bastante silencioso: gente moviendo carros, regando, revisando hojas una a una para ver si aparece algún pulgón.
El valle que aparece en las novelas
Durante el siglo XX, Mazcuerras quedó ligado al nombre de Concha Espina. La escritora pasó temporadas aquí y situó en este entorno la historia de La niña de Luzmela, novela que acabó dando nombre popular a todo el valle. La casa conocida como Las Magnolias, un palacio indiano levantado a finales del XIX, sigue recordando aquel tiempo en que por aquí aparecían escritores, músicos y periodistas que buscaban unos meses de calma lejos de Madrid.
Hoy el edificio se ve entre árboles altos y jardines algo salvajes. Incluso desde la carretera se adivinan las galerías acristaladas y la fachada clara, muy distinta de las casonas de piedra del resto del municipio.
Caminar entre los siete pueblos
Hay un recorrido circular que enlaza los siete núcleos del municipio por carreteras secundarias y caminos tranquilos. Es bastante llano en la mayor parte del trazado y mucha gente lo hace caminando o en bicicleta, parando en las plazas de cada pueblo. En verano conviene salir temprano: a mediodía el sol cae fuerte sobre los tramos abiertos entre prados.
Otra opción es subir al monte Ibio. La subida más habitual arranca cerca del Alto de San Cipriano y va ganando altura poco a poco. Arriba, cuando el día está despejado, el valle se abre entero: prados muy verdes, tejados dispersos y, al fondo, una línea de mar que a veces aparece entre la bruma.
En verano suele celebrarse la Fiesta del Bosque, cuando varias plazas del municipio se llenan de puestos de artesanía y productos de la zona. Por la noche el olor de las parrillas y la música se mezclan con el humo que queda suspendido entre las casas. Las fiestas de Santiago en Cos, hacia finales de julio, son más pequeñas: procesión, verbena y vecinos que se quedan charlando hasta tarde en la plaza.
Cómo llegar y cuándo ir
Mazcuerras queda a menos de una hora en coche de Santander, tomando la autovía hacia el oeste y después una carretera que entra en el valle entre prados y pequeñas lomas. Sin coche es complicado moverse entre los distintos pueblos.
Septiembre suele ser un buen momento: las mañanas empiezan con niebla baja y, cuando levanta, aparecen días claros y bastante tranquilos. Agosto cambia más el ambiente, sobre todo los fines de semana, cuando llegan muchas familias que tienen casa en la zona.
No es un lugar pensado para el turismo rápido. Aquí la vida gira alrededor de las plazas, de los bares de siempre y de las conversaciones que se alargan más de lo previsto. Si te sientas un rato y miras cómo entra la tarde en los prados, Mazcuerras se entiende bastante mejor que recorriéndolo deprisa.