Artículo completo
sobre Camargo
Mirador de la bahía
Ocultar artículo Leer artículo completo
El avión baja sobre las marismas y, justo antes de tocar tierra en Santander, pasas por encima de Camargo. Si miras por la ventanilla verás polígonos, carreteras y barrios sueltos, como si alguien hubiera ido colocando piezas sin demasiado orden. Desde arriba parece un municipio más del área de Santander. Luego bajas, coges el coche y empiezas a entender que Camargo tiene más capas de lo que parece a primera vista.
El aeropuerto que no es de Santander y el pueblo que no es un pueblo
Vamos a empezar por lo obvio: cuando aterrizas en el aeropuerto de Santander, en realidad estás en Camargo. El de Parayas está aquí, en medio de un valle muy abierto que acaba en la ría.
Eso cambia bastante las cosas. Mientras otros municipios dependen del coche o del autobús que pasa de vez en cuando, aquí tienes un aeropuerto a pocos minutos de casa. Es una rareza en un lugar que, sobre el papel, sigue siendo un municipio con varios pueblos repartidos por el valle.
Muriedas, que funciona como capital, tiene ese aire de zona muy pegada a la ciudad: bloques de viviendas, oficinas, tráfico… Camargo vive muy conectado con Santander. Mucha gente trabaja allí y vuelve aquí a dormir. Luego te alejas un poco —Escobedo, Revilla, Igollo— y el ambiente cambia: más casas bajas, huertas, gente que se conoce de toda la vida.
No es un solo pueblo. Es más bien un pequeño mosaico.
De romanos, arquitectos y cuevas con arte
Una de las cosas curiosas de Camargo es que la historia aparece donde menos te lo esperas.
En Maliaño, por ejemplo, hay restos de unas termas romanas junto a la iglesia de San Juan. No son enormes, pero ayudan a imaginar que aquí ya había movimiento hace casi dos mil años. La zona estaba bien situada entre la costa y el interior, así que los romanos también pasaron por aquí.
De Camargo era también Juan de Herrera, el arquitecto de El Escorial. Nació en Maliaño en el siglo XVI y quiso ser enterrado en la iglesia del pueblo. El edificio actual conserva ese aire sobrio que asociamos al estilo herreriano: líneas muy limpias, piedra, poca ornamentación.
Y luego está la cueva de El Pendo, en Escobedo. Es uno de esos lugares que recuerdan que Cantabria lleva habitada muchísimo tiempo. Dentro hay un gran friso de pinturas prehistóricas y restos arqueológicos importantes. La cueva forma parte del conjunto de cuevas con arte rupestre del norte de España reconocido por la UNESCO.
El cachón y lo que se come por aquí
Hablemos de comida, que al final siempre acabamos ahí.
En Camargo hay un producto muy de la zona: el cachón. Es un cefalópodo parecido al calamar, bastante habitual en la bahía. En las casas y en muchos bares de la zona lo preparan de varias maneras: a la plancha, en su tinta o en guisos.
Cada primavera suele celebrarse un festival dedicado al cachón. El ambiente es bastante sencillo: casetas, raciones, gente del municipio y de los alrededores que se acerca a picar algo y charlar un rato. Más reunión que espectáculo, que al final es como funcionan muchas fiestas locales.
Y sí, estás en Cantabria, así que los sobaos y otros dulces tradicionales aparecen tarde o temprano. En muchos pueblos del valle todavía se ven obradores pequeños o recetas familiares que pasan de generación en generación.
Si alguien te invita a un cocido montañés en invierno, no lo pienses demasiado. Luego ya caminarás para bajarlo.
Caminando entre marismas y casonas
El valle de Camargo es bastante llano para lo que es Cantabria. No tienes grandes pendientes ni rutas de montaña exigentes, así que caminar por aquí suele ser fácil.
El Camino de Santiago del Norte pasa por el municipio antes de seguir hacia Santander. Hay tramos que avanzan cerca de carreteras y zonas industriales, pero también partes más tranquilas entre barrios y prados.
En los alrededores de las marismas y del aeropuerto hay senderos sencillos donde se ven aves acuáticas con bastante facilidad. Estás caminando con calma y, de repente, pasa un avión por encima. El contraste es curioso, la verdad.
Otra forma de recorrer Camargo es fijarse en las casonas antiguas que quedan repartidas por el valle. Muchas son de los siglos XVII y XVIII. Algunas siguen siendo viviendas; otras se han reutilizado como equipamientos públicos.
Entre ellas está la Casona de los Velarde, ligada a la familia de Pedro Velarde, uno de los militares cántabros asociados al levantamiento del 2 de mayo. Hoy alberga el Museo Etnográfico de Cantabria, que reúne herramientas, oficios y objetos de la vida rural de hace no tanto tiempo.
La verdad sobre Camargo
He estado en pueblos más espectaculares de Cantabria. Pueblos con acantilados, con playas debajo de casa o con plazas que parecen sacadas de una postal.
Camargo no juega a eso.
Es un municipio práctico, muy pegado a la ciudad, con polígonos industriales, barrios nuevos y carreteras que lo atraviesan de lado a lado. A ratos puede parecer un poco caótico. Pero también tiene algo que engancha cuando lo recorres con calma: la mezcla rara entre valle rural, periferia urbana y trozos de historia que aparecen donde menos te lo esperas.
Es como ese amigo que no llama la atención cuando entras en el bar, pero con el que acabas echando la tarde entera.
Si vienes por aquí, tómalo con calma: un paseo por Maliaño, las termas romanas, la visita a la cueva de El Pendo y algo de comida tranquila en el valle. En pocas horas te haces una idea bastante clara del sitio.
Y cuando vuelvas a despegar desde el aeropuerto, mira otra vez por la ventanilla. Debajo se ve todo: las marismas, los barrios, los ocho pueblos que forman Camargo. Desde arriba parece sencillo. Cuando bajas, la cosa cambia un poco.