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sobre Santa Cruz de Bezana
Playas de la costa de Santander
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A las nueve de la mañana, cuando la niebla costera empieza a disolverse, los prados de Santa Cruz de Bezana huelen a hierba mojada y a mar. No es casual: el Cantábrico queda a pocos minutos y, en los días despejados, el aire trae ese rumor grave de las olas rompiendo contra los acantilados que rodean Soto de la Marina.
Santa Cruz de Bezana no es un único pueblo compacto, sino varios núcleos que han ido creciendo entre carreteras locales y parcelas de cultivo: Azoños, Maoño, Mompía, Prezanes, Sancibrián, Soto de la Marina y el propio Bezana. Entre ellos sobreviven caminos viejos que durante siglos conectaban las aldeas y las huertas; algunos coinciden con tramos de rutas jacobeas que cruzan la costa cántabra antes de entrar en Santander. Desde la A‑67 todo parece rápido y fragmentado —urbanizaciones nuevas, naves agrícolas, alguna torre de iglesia sobresaliendo entre árboles—, pero al salir de la autovía el ritmo cambia enseguida.
Las campanas que todavía ordenan la mañana
En Azoños, cuando suena la campana de la iglesia, el sonido baja por el pequeño valle y rebota contra las casas dispersas. El templo actual se levantó sobre construcciones anteriores y la piedra exterior, tostada por la humedad salina, tiene ese color entre gris y miel que aparece mucho en los pueblos cercanos a la costa.
A media mañana el banco junto al pórtico suele tener compañía. Gente que ha salido a por el pan, alguien que pasea al perro, conversaciones que pasan del tiempo a la subida del pienso o al hijo que trabaja ahora en Santander. Son escenas pequeñas, pero ayudan a entender cómo funcionan estos núcleos: muy cerca de la ciudad y, al mismo tiempo, todavía atentos al ritmo del campo.
Mompía queda a pocos minutos en coche. En invierno, al caer la tarde, el olor a leña encendida se queda atrapado entre las casas. La ermita del Rosario, encalada y discreta, se levanta en una loma desde la que se ve el valle. Desde allí también llega, amortiguado, el ruido continuo de la autovía.
Cuando la tierra se abre al Cantábrico
Soto de la Marina es el punto donde el municipio toca el mar. El paisaje cambia: prados que terminan en acantilado, senderos de tierra que siguen la línea de la costa y, más abajo, la playa de San Juan de la Canal, encajada entre paredes de roca.
La noche de San Juan suele reunir aquí a mucha gente de los alrededores. Al anochecer empiezan a aparecer pequeñas hogueras en la arena: grupos de amigos, familias con neveras y sillas plegables, el olor de las sardinas mezclándose con el humo húmedo del mar. Cuando amanece, el viento barre la playa y solo quedan marcas oscuras en la arena.
El resto del año el lugar es más silencioso. Por la mañana se ve a gente bajando por el camino hacia la playa con tablas de surf bajo el brazo, y a quienes caminan despacio por el borde del acantilado mirando el color del agua, que cambia mucho según la marea.
Casas antiguas entre barrios nuevos
Entre urbanizaciones recientes todavía aparecen casas más antiguas que recuerdan otra etapa del municipio. En Maoño y en algunos barrios de Soto sobreviven casonas montañesas con balcones de madera y escudos erosionados por la lluvia.
En Soto de la Marina se relaciona tradicionalmente el lugar con la familia de José de Escandón, militar del siglo XVIII vinculado a la fundación de territorios en el norte de México. Algunas referencias locales sitúan su origen en esta zona, aunque hoy quedan sobre todo menciones históricas y edificios transformados en viviendas privadas.
Pasear por estos barrios tiene algo curioso: a un lado hay chalés recientes con jardines pequeños y, justo enfrente, una casa de piedra con portalón grande donde todavía se guardan aperos o leña.
Cuándo acercarse y qué tener en cuenta
La primavera suele ser el momento más agradecido: los prados están muy verdes, el viento aún no arrastra el bullicio del verano y las playas se pueden recorrer con calma.
Si vienes en coche desde Santander, calcula algo más de tiempo en verano. La carretera hacia Soto de la Marina y San Juan de la Canal suele cargarse bastante los fines de semana. Entre semana por la mañana el ambiente es otro: vecinos haciendo recados, ciclistas en la carretera vieja y alguna terraza empezando a abrir.
El transporte público conecta con Santander, aunque no siempre pasa con mucha frecuencia por todos los núcleos. Para moverte entre pueblos o bajar hasta la costa, el coche sigue siendo lo más práctico.
Y si preguntas cómo llegar a algún sendero o a la bajada de la playa, lo normal es que la respuesta llegue en mitad de una conversación en una tienda o en una panadería del barrio. Aquí las indicaciones rara vez vienen en un folleto; suelen darse de memoria, con la mano señalando la próxima curva.