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sobre Santander
Capital de Cantabria
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La primera vez que vi Santander fue desde el barco de Pedreña, con el ferry lleno de ciclistas que olían a embrocación y llevaban bolsas con latas tintineando. Eran las ocho de la mañana, el Cantábrico estaba más plano de lo habitual y alguien soltó: «Mira, ahí está, la ciudad que se cree Suiza pero con rabas». Aún no tengo claro si aquello era una broma o una definición bastante acertada.
Santander funciona así: mitad postal elegante, mitad ciudad bastante normal donde la gente va a trabajar mirando el mar de reojo. Y esa mezcla, cuando encaja, tiene su gracia.
El centro que ya no existe y el que le queda
El gran incendio de 1941 borró casi todo el casco antiguo en una noche larga. Por eso, cuando alguien habla del “casco histórico” de Santander, conviene ajustar expectativas. Lo que ves hoy son calles levantadas después, bastante ordenadas, con algún edificio más antiguo resistiendo como puede.
La catedral es el mejor ejemplo de ese pasado remendado. Arriba está la parte más visible; abajo, la iglesia del Cristo, más antigua, con esa penumbra que huele a piedra húmeda y a incienso. Tiene algo de cripta y algo de refugio. No es una catedral monumental, pero se agradece entrar un rato cuando fuera sopla el viento del puerto.
A dos pasos queda la Plaza Porticada. Se levantó tras el incendio para reorganizar el centro. Hoy es una plaza grande, con soportales, donde a veces hay conciertos o ferias pequeñas. Es uno de esos lugares donde te sientas cinco minutos y acabas viendo pasar media ciudad.
Magdalena y el turismo de postureo real
La península de la Magdalena es el paseo clásico de Santander. Ese al que vas cuando quieres airear la cabeza.
El palacio se construyó a principios del siglo XX para las estancias veraniegas de la familia real. Tiene ese aire de residencia elegante mirando al mar, con torres y tejados que parecen sacados de un cuento europeo. Ahora lo usa la universidad de verano y algunas zonas se pueden visitar.
Pero lo que más se disfruta es el paseo alrededor. Senderos entre pinos, pequeñas calas y miradores donde siempre hay alguien parado haciendo fotos. Sabes cuando un sitio está bien pensado para caminar sin prisa. Pues esto va de eso.
A veces ves focas en el pequeño recinto que hay allí. Y siempre hay corredores, familias con carrito y estudiantes tumbados en la hierba. Es un parque grande que la ciudad usa mucho más de lo que parece desde fuera.
Playas para el que lleva toalla en el bolsillo
Santander tiene varias playas dentro del propio municipio, algo que cambia bastante la vida en verano.
El Sardinero es la más conocida. En realidad son dos playas largas separadas por un tramo de paseo. Cuando hace sol se llenan rápido. Cuando el cielo está gris —que pasa más de lo que dirán los folletos— el ambiente es otro: gente caminando, surfistas mirando el mar y perros correteando fuera de temporada.
El agua del Cantábrico no suele estar precisamente templada. El primer baño siempre tiene algo de decisión valiente. Luego el cuerpo se acostumbra y sales con esa sensación de haber espabilado de golpe.
Si preguntas a gente de aquí, muchos te dirán que prefieren playas algo más pequeñas como Los Bikinis, pegada a la Magdalena. Tiene menos viento y suele haber familias y estudiantes mezclados en la arena.
Comer sin que te sangre la cartera
En Santander se come mirando al mar o pensando en la montaña. No hay mucho misterio.
Las rabas son casi una religión local. Calamar rebozado, ración al centro y conversación larga. Aquí se comen con calma, nada de cucurucho callejero.
Luego están los clásicos cántabros: cocido montañés cuando aprieta el frío, quesada pasiega de postre y sobaos que acaban desmigados por cualquier mochila. El bollo preñao aparece en ferias y fiestas, con chorizo dentro del pan y poco más que explicar.
La cocina no intenta impresionar. Es más bien de esas que entiendes rápido. Como cuando comes en casa de un amigo y todo es sencillo pero repites.
Cómo moverte sin parecer un guiri
Santander parece bastante llana cuando miras el mapa. Luego empiezas a caminar y aparecen las cuestas.
El centro se recorre bien a pie. Desde el puerto hasta el Ayuntamiento o el paseo marítimo son trayectos cortos. El Sardinero queda algo más lejos, pero el paseo junto al mar hace que el camino se pase rápido.
Los autobuses urbanos conectan casi todos los barrios y las playas, así que mucha gente los usa para evitar caminatas largas. Y el ferry a Pedreña sigue cruzando la bahía como lleva haciendo generaciones. Es un trayecto corto, pero tiene ese encanto sencillo de moverte por agua mientras ves la ciudad desde fuera.
La bicicleta también se ve cada vez más por el paseo costero, aunque el viento a veces decide por ti cuándo es buen día para pedalear.
Lo que nadie te cuenta (y debería)
Santander tiene fama de lluviosa, pero lo que realmente manda aquí es el viento. Hay días en que sales peinado y vuelves con el “modo Cantábrico” activado. Los locales ya van preparados: chaqueta ligera incluso cuando parece que sobra.
Las fiestas grandes llegan en verano y la ciudad cambia de ritmo. Conciertos, casetas, gente paseando hasta tarde por el centro. Algunas tradiciones son bastante peculiares, como esas vaquillas que a veces sueltan en la arena durante las celebraciones.
Y luego están los pequeños momentos que no salen en las guías. Sentarte en Puerto Chico al atardecer, oler a gasoil de los barcos y escuchar conversaciones que mezclan acento cántabro con media España veraneando.
Una vez, en ese mismo muelle, un hombre mayor me dijo algo que todavía recuerdo: «Aquí primero te acostumbras al frío… y luego ya no quieres marcharte».
No sé si tenía razón, pero cada vez que vuelvo entiendo un poco mejor la frase. Santander tiene esa forma tranquila de quedarse contigo. Aunque al principio no lo notes demasiado.