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sobre Santiurde de Reinosa
Alto Besaya remoto
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Al cruzar la última curva antes de Reinosa, el valle se abre de golpe. Praderas húmedas, muros de piedra que separan las fincas y alguna nave ganadera aquí y allá. Santiurde de Reinosa aparece sin anuncio previo: unas pocas casas agrupadas, tejados oscuros y el silencio bastante intacto, roto solo por el paso de algún coche o por los cencerros que llegan desde los prados cercanos.
No es un lugar para “recorrer” en el sentido clásico. Más bien se camina despacio, mirando detalles: la textura rugosa de la mampostería, las portillas de hierro que dan paso a las huertas, la hierba que crece entre las juntas del empedrado.
Una iglesia sobria y cerrada
El núcleo se organiza alrededor de la iglesia parroquial de Santa María. Es un edificio sobrio, de piedra, con ventanas pequeñas que dejan pasar una luz tenue al interior. La puerta suele permanecer cerrada gran parte del tiempo; si coincide encontrarla abierta, el interior huele a cera vieja y madera encerada.
Dentro hay bancos gastados por los años y un retablo sencillo. Nada grandilocuente. Más bien da la sensación de haber sido construido para durar y para cumplir su función, sin demasiados adornos.
Alrededor se agrupan varias casas antiguas. Algunas conservan escudos o inscripciones grabadas en la piedra de los portales. Otras mantienen todavía las puertas de madera oscurecidas por el tiempo. Son viviendas de muros gruesos, pensadas para los inviernos fríos de esta parte de Cantabria.
El sonido del campo
Paseando por las pocas calles del pueblo se ven señales claras de su historia ligada al campo. Portales amplios donde antes entraban carros, cobertizos pegados a la vivienda y pequeñas cuadras adosadas.
Las fachadas no están uniformadas ni restauradas de manera brillante. Hay manchas de humedad, parches de mortero nuevo junto a piedras muy antiguas, rejas de hierro que ya han pasado varias capas de pintura. Todo bastante funcional.
En muchos momentos del día el sonido que domina no es el de la gente, sino el arrastre lento del tractor en una finca lejana, el golpe metálico de un cencerro o el ladrido hueco de un perro desde dentro de un corral.
Caminos que son pistas agrícolas
Alrededor no hay rutas señalizadas con paneles ni itinerarios preparados. Lo que existen son caminos agrícolas que conectan prados y cabañas. Salen del pueblo en varias direcciones y pronto se convierten en pistas de tierra.
Tras varios días de lluvia —algo habitual aquí— el barro aparece rápido. Si decides caminar un rato por ellos, conviene llevar calzado que no te importe manchar. Aun así, merece la pena avanzar unos minutos: el pueblo queda detrás y el valle se abre con bastante claridad.
En las laderas cercanas crecen abedules y algunos arces dispersos. Cuando sopla algo de viento, las hojas se mueven con ese sonido seco que solo tienen los árboles finos. Entre medias pastan vacas y ovejas, casi siempre vigiladas por cercas sencillas de alambre.
Reinosa está a unos minutos
Santiurde es pequeño y la visita suele ser breve. En una hora se puede recorrer el núcleo con calma, mirar las fachadas y caminar un poco hacia los prados.
Para cualquier cosa más —comprar algo, tomar un café o simplemente ver más movimiento— lo habitual es acercarse a Reinosa, que queda muy cerca por carretera. Desde allí también parten caminos hacia la Sierra de Híjar y zonas de monte más abiertas.
Si vas a acercarte
El acceso se hace sin problema en coche, pero algunas pistas agrícolas son estrechas y no siempre permiten maniobrar con facilidad. Lo más sensato es aparcar cerca del cruce principal del pueblo y seguir a pie, procurando no bloquear entradas a fincas o establos.
Conviene recordar que aquí la actividad ganadera sigue funcionando todos los días. Es normal cruzarse con tractores, remolques o ganado cerca de la carretera.
En invierno y tras semanas lluviosas, el suelo puede estar muy blando y el frío se nota más de lo que parece en el mapa. Un paseo corto, con ropa adecuada, suele ser la mejor manera de entender el lugar.
Santiurde no gira alrededor del turismo. Es, ante todo, un pueblo donde la vida cotidiana sigue ligada a las praderas que lo rodean. Y eso se percibe enseguida cuando uno se queda un rato escuchando el valle.