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sobre Marina de Cudeyo
Playas de la bahía
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A las cinco de la mañana, cuando la marea baja deja al descubierto los bancos de arena oscura, las mariscadoras avanzan por la orilla de Pedreña con sus cestas de mimbre y los rastrillos al hombro. Las luces de los frontales cortan la penumbra mientras el río Miera sigue oliendo a algas y a salmuera. Nadie habla. Solo se oye el chapoteo de las botas de goma y el graznido lejano de las gaviotas que empiezan a despertar. En momentos así se entiende el turismo en Marina de Cudeyo de otra manera: primero está la ría, luego todo lo demás.
El olor del estuario y el sonido de las tablas de golf
Marina de Cudeyo no es un único núcleo, sino varios pueblos repartidos entre la ría y las lomas bajas del interior. Y cada uno tiene su propio aire. En Agüero, cuando subes por los caminos que rodean el pico Castilnegro, el olor cambia: brezo seco, pino calentado por el sol y tierra removida por las vacas. En Gajano, en cuanto el viento gira hacia la bahía, aparece ese olor tan particular del estuario: fango, molusco vivo y algo de gasóleo de las barcas.
En Pedreña el paisaje se abre hacia el agua. Allí el silencio de la mañana se rompe a veces con el golpe seco de un hierro contra una bola de golf. El campo que se extiende junto a la ría forma parte de la historia reciente del lugar y suele asociarse al nombre de Severiano Ballesteros, que nació aquí cerca. Desde algunos puntos del recorrido se ve la bahía de Santander entera. Al atardecer, cuando la luz baja y se vuelve cobriza, los barcos que cruzan hacia la capital parecen moverse muy despacio sobre una lámina casi plana.
Las monedas que el mar devolvió
Hace décadas apareció en la zona de Ambojo un pequeño conjunto de monedas antiguas mientras un vecino paseaba por la playa. No es un hallazgo aislado: la ría ha sido paso de barcos y mercancías durante siglos, y a veces el mar devuelve fragmentos de esa historia.
Hoy el paseo que bordea la marisma se recorre por pasarelas de madera que avanzan sobre los carrizales. En marea alta el agua se acerca tanto que parece que el sendero flote. Si vas a primera hora de la mañana o al final de la tarde es fácil ver garcetas y otras aves moviéndose entre las cañas.
Desde Pedreña también se cruza la bahía hacia Somo en una pequeña lancha que funciona desde hace generaciones. El trayecto es corto y, cuando el día está claro, al mirar atrás aparece toda la línea de costa de Marina de Cudeyo: casas blancas dispersas, tejados rojizos y el campanario de Gajano señalando tierra adentro.
Cuando las almejas tienen nombre propio
Aquí las almejas pequeñas no se llaman así. Son amayuelas. Y se preparan de forma muy simple, normalmente al vapor con poco más que agua y sal. Las morgueras —esas navajas largas y oscuras que aparecen en la arena cuando baja la marea— suelen acabar en la plancha con un chorrito de limón.
En Setién todavía es fácil cruzarse con gente que baja a mariscar cuando la marea lo permite. Una vecina muy mayor sigue haciéndolo algunos días con su perro detrás, cuchillo en mano y un cubo de plástico. Cuenta que lo aprendió de su madre y que antes, cuando no existía el puente que cruza el Miera, el río se atravesaba en barca para llevar el marisco hacia Astillero.
Ese puente cambió bastante la vida diaria. Con el paso de los años llegaron más coches y más segundas residencias, sobre todo en verano. Aun así, el movimiento aquí suele ser de ida y vuelta: gente que trabaja o estudia en Santander y vuelve por la tarde, o familias que regresan cada verano a la casa de los abuelos.
En Rubayo, donde está el ayuntamiento, queda alguna casona del siglo XIX con balcones de hierro y jardines algo escondidos detrás de los muros.
Cuando Orejo se llena de gaitas
A comienzos de septiembre, Orejo cambia de sonido durante unos días. El festival intercéltico que se organiza allí reúne músicos de distintos lugares del arco atlántico: Galicia, Bretaña, Irlanda y otros puntos donde la gaita o el violín forman parte de la tradición.
Las calles del pueblo se llenan de puestos, luces y escenarios pequeños. Por la noche, cuando el aire ya huele a hierba húmeda, las melodías se mezclan con el murmullo de la gente que va y viene entre la plaza y el frontón. No es un evento enorme, más bien algo de escala local que con los años ha ido atrayendo visitantes curiosos.
Cómo llegar y cuándo volver
En coche se llega rápido desde Santander por la autovía y las carreteras que bordean la bahía. Otra forma más tranquila es cruzar en la lancha que conecta la capital con Pedreña. El viaje dura apenas unos minutos y permite ver la ciudad alejándose mientras la ría se abre delante.
Agosto es cuando más movimiento hay: coches buscando hueco, terrazas llenas y playas con muchas sombrillas. Si puedes elegir, mayo, junio o principios de otoño suelen ser más llevaderos. La luz es suave, el viento huele a sal y a hierba húmeda, y los senderos de la marisma se recorren sin prisas.
Conviene llevar calzado cerrado si vas a caminar cerca del agua. El barro de la ría es oscuro y resbaladizo, y las piedras suelen estar cubiertas de algas. Y si ves a alguien agachado en la arena con un cubo y un cuchillo, lo más probable es que esté trabajando. Aquí el mar no es solo paisaje: también es oficio.