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sobre Ribamontán al Mar
Capital del surf cántabro
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El turismo en Ribamontán al Mar suele empezar con un cruce de la bahía. Desde el muelle de Somo, Santander queda enfrente, al otro lado del agua, con la línea de tejados apoyada en la ladera. El contraste es inmediato: la capital cántabra frente a una franja costera de pueblos dispersos entre praderas y playas largas. Aquí el paisaje sigue mandando. Las casas se reparten por los valles que bajan al mar y la vida cotidiana se organiza entre el campo, la costa y, desde hace unas décadas, el surf.
Una costa repartida en varios pueblos
Ribamontán al Mar no funciona como un núcleo único, sino como un conjunto de pueblos: Somo, Loredo, Langre, Galizano, Carriazo, Castanedo y Suesa. Entre todos suman una franja costera relativamente corta, con playas abiertas al Cantábrico y zonas de acantilado que caen de forma abrupta sobre el mar.
Somo es el más poblado y el que mira directamente a la bahía de Santander. Loredo se extiende hacia el interior inmediato de la playa, con casas dispersas y algunas viviendas de indianos levantadas cuando muchos vecinos regresaron de América a finales del XIX y principios del XX. Langre queda algo más apartado, protegido por acantilados, y mantiene una relación más directa con el paisaje rural.
La geografía explica en buena medida esta disposición. Los pequeños valles que descienden desde el interior hacia la costa han servido históricamente de asentamiento: praderas para el ganado, agua cercana y acceso relativamente cómodo al mar.
La tradición de los canteros de Trasmiera
Esta parte de Cantabria pertenece a la histórica comarca de Trasmiera, conocida durante siglos por sus maestros canteros. Desde finales de la Edad Media y durante buena parte de la Edad Moderna, cuadrillas de artesanos salían de estos pueblos para trabajar en obras por toda Castilla.
En archivos parroquiales de la zona aparecen con frecuencia nombres de vecinos que pasaban largas temporadas fuera, participando en la construcción de iglesias, palacios o puentes. La piedra local, relativamente fácil de tallar, y la transmisión del oficio dentro de las familias ayudaron a consolidar esa tradición.
Curiosamente, en sus propios pueblos apenas levantaron edificios monumentales. Lo que se conserva son casas de piedra sobrias, bien construidas, con escudos ocasionales en las fachadas y portadas que delatan la mano de alguien que dominaba el oficio.
En el alto que separa Loredo del interior se encuentra el santuario de la Virgen de Latas, cuya devoción está documentada desde época moderna. El edificio es sencillo, pero el lugar tiene sentido: domina el valle y el acceso hacia la costa. Durante generaciones fue punto de reunión y de romería para los pueblos cercanos.
Somo, Loredo y el desarrollo del surf
Las playas de Somo y Loredo forman en realidad un mismo arenal que supera con claridad los tres kilómetros. Abierta al Cantábrico y con fondo de arena, la zona empezó a atraer surfistas hace décadas, cuando todavía era un fenómeno minoritario en España.
Con el tiempo se instalaron varias escuelas y el surf pasó a formar parte de la identidad local. Es habitual ver tablas apoyadas en balcones, trajes de neopreno secándose en los jardines y grupos entrando al agua a primera hora, incluso fuera de la temporada más concurrida.
Aun así, la playa mantiene otros usos tradicionales. Con la marea baja no es raro ver a vecinos recogiendo marisco en la arena o caminando por la orilla cuando el viento todavía no ha levantado. La amplitud del arenal hace que, incluso en días movidos, el espacio se reparta bastante.
Entre Somo y Loredo sobreviven además pequeñas zonas de dunas y marisma que forman parte del entorno de la bahía de Santander, un área con presencia habitual de aves.
Langre y los acantilados de la costa
Langre cambia el paisaje de forma bastante clara. Aquí la costa se vuelve más abrupta: acantilados altos, praderas en la parte superior y una playa recogida al fondo.
El acceso obliga a bajar por un camino escalonado que desciende entre la vegetación hasta la arena. Desde arriba apenas se ve la playa completa; aparece poco a poco según se pierde altura. Cuando hay mar de fondo, el ruido de las olas contra las paredes del acantilado se oye antes de llegar abajo.
La parte alta de estos cantiles se utiliza todavía como pasto. No es raro ver vacas cerca del borde del acantilado mientras, unos metros más abajo, entran al agua surfistas o bañistas.
El Camino del Norte y los senderos de la costa
El Camino de Santiago del Norte atraviesa el municipio por el interior inmediato de la costa. Entra por Somo y continúa hacia Galizano entre carreteras locales, praderas y barrios dispersos.
Galizano conserva un trazado más tradicional, con casas de piedra alineadas a lo largo del camino y pequeñas huertas alrededor. En esta zona el paisaje vuelve a ser claramente rural, a pocos minutos del mar.
Para caminar sin seguir la carretera, hay varios senderos que recorren los acantilados entre Langre, Loredo y Galizano. Son rutas cortas, pero con buenas vistas sobre la costa. En algunos puntos todavía se reconocen antiguas zonas de extracción de piedra utilizadas por los canteros de la comarca.
Cómo recorrer Ribamontán al Mar
El ferry que cruza la bahía entre Somo y Santander funciona desde hace décadas y sigue siendo una de las formas más directas de llegar. El trayecto es corto y permite entender bien la relación entre ambas orillas.
Dentro del municipio lo más práctico suele ser moverse en coche o en bicicleta. Entre Somo y Loredo existe un carril bici que discurre paralelo a la playa, bastante utilizado en verano.
Las playas más recogidas, como la de Langre, tienen accesos y zonas de aparcamiento limitadas. En temporada alta conviene ir con tiempo o acercarse a primera o última hora del día.
A lo largo del verano cada pueblo mantiene sus fiestas patronales y romerías, muchas de ellas vinculadas a santuarios y ermitas de la zona. Más que grandes eventos, suelen ser celebraciones muy locales, donde todavía se mezclan vecinos de toda la vida y quienes pasan aquí las vacaciones.