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sobre Villaescusa
Naturaleza cerca de Santander
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Villaescusa tiene ese nombre que parece inventado para un pueblo de cuento, pero cuando llegas lo primero que ves es un bar de los de toda la vida, con las persianas medio bajadas y un señor en la puerta que te mira como si fueras el primer visitante del mes. Y puede que lo seas.
El pueblo que no está en Google Maps
La primera vez que buscamos Villaescusa, en Cantabria, el GPS decidió que lo que queríamos era Villaescusa de Haro, en Cuenca. Vaya viaje en balde. Después de un par de rodeos por carreteras que no tocaban, dimos con este Villaescusa que rara vez sale en guías o listas de “escapadas”. Aquí viven unas 3.970 personas que, por lo que parece, no sienten mucha necesidad de explicarse en Internet.
El municipio se extiende como cuando derramas azúcar sobre la mesa: casas bajas, barrios que se van enlazando unos con otros y calles más anchas de lo que esperarías en un sitio rural. No hay un casco compacto donde pase todo. Más bien está repartido, como si el lugar hubiera ido creciendo poco a poco, sin demasiados planes.
Es ese tipo de sitio que entiendes mejor conduciendo cinco minutos entre un barrio y otro que mirando un plano.
Donde el pan sabe a pan
La primera mañana entramos en una panadería cerca del ayuntamiento. De esas que no necesitan rótulo llamativo porque el olor ya hace el trabajo. Compramos una barra de pan de las de antes: miga apretada, corteza que cruje de verdad y que te raspa un poco el paladar si te lanzas a morder con demasiada prisa.
Ese tipo de pan que te recuerda que, durante años, el pan era simplemente pan. No hacía falta ponerle apellidos.
En uno de los bares del centro tenían la televisión encendida pero sin sonido. Pedimos un café y notamos esa pausa breve con la que te miran cuando eres nuevo en el sitio. No con desconfianza, más bien con curiosidad.
Ahí caes en la cuenta de algo: el horario no es el mismo que en la ciudad. El desayuno aquí suele hacerse temprano, muy temprano, y a media mañana la mayoría está trabajando. A las doce ya empieza a moverse el aperitivo.
Entre medias, el día sigue su ritmo.
La primavera que dura lo que dura
Abril es cuando Villaescusa se anima un poco más. No con fuegos artificiales ni con festivales, sino de la forma en que se animan los pueblos cuando el invierno afloja: más gente en la calle, más conversaciones apoyadas en las puertas, más movimiento en los caminos.
Los prados alrededor se ponen de un verde que parece exagerado, como si alguien hubiera subido la saturación de la imagen. Pero no, es así de verdad.
Hay senderos que salen del pueblo hacia el río y hacia las zonas de prados. No esperes carteles interpretativos ni recorridos señalizados cada cien metros. Son caminos que existen porque la gente los ha usado siempre.
Un domingo por la mañana te cruzarás con poca gente. Algún vecino paseando al perro, alguien corriendo, y poco más. Lo justo para que haya vida, pero no ruido.
La vida que no se vende
Villaescusa no vive de atraer visitantes. Y eso se nota rápido.
No hay un casco histórico preparado para fotos ni una colección de museos locales esperando autobuses. Es un municipio donde la vida sigue bastante a lo suyo: gente que trabaja, que va y viene a Santander, que hace la compra, que charla en la plaza.
Muchos jóvenes estudian o trabajan en la ciudad, pero siguen volviendo los fines de semana. Esa escena se repite bastante: comida familiar larga, sobremesa eterna y alguien comentando que el tráfico en Santander cada vez está peor.
Mientras tanto, en los bancos de la plaza los mayores comentan la semana como si estuvieran analizando un partido de fútbol. Con memoria, con detalles y con mucha calma.
Cómo perderse sin perderse
Mi consejo es sencillo: ven sin plan demasiado cerrado.
Aparca el coche donde veas sitio —no suele ser un problema— y camina un rato entre los distintos barrios. Villaescusa se entiende así, andando sin prisa, mirando cómo se conectan unas zonas con otras.
Si vienes en primavera o a principios de otoño, mejor todavía. Días largos, temperaturas suaves y ese silencio rural que nunca es del todo silencio: pájaros, algún coche a lo lejos, voces que llegan desde otra calle.
No vas a salir diciendo que has visto el lugar más espectacular de Cantabria. Tampoco hace falta.
A veces basta con un paseo tranquilo, un banco al sol y un pueblo que sigue viviendo a su ritmo. Y eso, cuando vienes de la ciudad, se agradece más de lo que uno pensaba.