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sobre Alcázar de San Juan
Importante nudo ferroviario y centro de servicios en el corazón de La Mancha; cuna cervantina con gran actividad cultural y comercial
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El tren frena temprano y el andén huele a pan recién hecho que alguien lleva en una bolsa de papel. Alcázar de San Juan despierta con el chirrido de los frenos y una luz baja que empieza a dorar los vagones antiguos del Museo del Ferrocarril. Desde la estación, si levantas la vista hacia el norte, se ven los molinos del Cerro de San Antón: cuatro siluetas oscuras contra el cielo manchego, quietas o moviéndose despacio según le dé ese viento seco que aquí aparece sin avisar.
El silencio de los molinos
Subir al cerro a primera hora tiene algo de pausa. El Rocinante y el Fierabrás —dos de los molinos que siguen en pie— a veces giran con una lentitud casi ceremoniosa cuando sopla algo de aire. Los otros, Dulcinea y Barcelona, suelen quedarse quietos, mirando al horizonte llano como si vigilaran los campos de cereal que rodean la ciudad.
El sendero de tierra rojiza cruza entre matas de tomillo y romero. Cuando el suelo está seco, el polvo fino se pega a los zapatos y levanta un olor áspero, muy de monte bajo. Desde arriba, Alcázar se ve ordenada y baja: tejados de teja árabe, calles rectas, patios interiores que apenas se adivinan.
En uno de los molinos se conserva la maquinaria tradicional de madera. Las ruedas dentadas, la piedra de moler y las vigas gruesas ayudan a imaginar cómo funcionaba todo cuando aquí se molía grano para los pueblos de alrededor. Hoy quedan cuatro molinos; en otro tiempo hubo bastantes más repartidos por el cerro.
La plaza donde el pueblo se reúne
Bajar al centro es cambiar de paisaje en pocos minutos. Del cerro ventoso pasas a calles más estrechas y a la plaza de España, que funciona como sala de estar del pueblo grande que es Alcázar.
Hay soportales, un kiosco de música que recuerda verbenas de otra época y un ayuntamiento de fachada sobria, con balcones de hierro que dan directamente a la plaza. A media tarde la luz entra de lado y se queda pegada a la piedra clara de los edificios.
No muy lejos se encuentra la llamada cueva del Polvorín, un espacio excavado en la roca que formó parte de antiguas instalaciones vinculadas a la producción de pólvora cuando la Orden de San Juan tenía aquí uno de sus centros importantes. Hoy se ve desde fuera: una abertura oscura, fresca incluso en verano, que siempre atrae a los críos que pasan en bici y se asoman con curiosidad.
Queso manchego y dulces de horno
En el centro todavía sobreviven comercios de los de toda la vida, con mostradores de madera y balanzas de las de antes. En muchos de ellos venden queso manchego de la zona, que huele fuerte a leche de oveja y a cueva fresca. Cuando lo cortan, la pasta amarillenta se abre con una textura firme, ligeramente aceitosa.
Cerca suelen aparecer también las tortas de Alcázar, un dulce bastante conocido en la comarca. Son planas, con masa de aceite, anís y almendra, y ese borde tostado que se rompe con un crujido seco. Se venden en cajas metálicas o de cartón y es fácil verlas salir en bolsas junto al pan.
Cuándo ir y qué evitar
El cerro de los molinos cambia mucho según la época. En invierno el viento sopla más limpio y el paisaje se ve lejísimos; algunos días fríos de enero la luz es tan clara que parece que el horizonte se estire. Por esas fechas suele celebrarse la romería de San Antón, cuando suben carros y animales hasta el cerro y el ambiente es bastante distinto al del resto del año.
Septiembre también tiene movimiento con las fiestas dedicadas a la Virgen de los Remedios. Hay más gente en la calle y el centro se llena de luces por la noche.
Si prefieres ver Alcázar con calma, conviene evitar agosto a mediodía. El sol cae recto sobre el asfalto y el calor se queda atrapado entre los edificios. A esas horas casi todo el mundo busca sombra o desaparece detrás de una persiana medio bajada. Mucho mejor madrugar o salir al atardecer, cuando el aire empieza a moverse otra vez y los molinos vuelven a recortarse contra el cielo rojizo de La Mancha.
Alcázar de San Juan no entra por los ojos de golpe. Es más bien un lugar que se entiende despacio: el ruido lejano de un tren, el crujido de las aspas cuando hay viento, el olor seco del tomillo en el cerro. Cosas pequeñas que, juntas, acaban dibujando el carácter de esta parte de La Mancha.