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sobre Campillos-Sierra
Localidad de alta montaña rodeada de naturaleza virgen; ideal para el turismo rural
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El sendero sube entre pinos negrales y rocas claras. A primera hora la resina huele fuerte y el suelo aún guarda el frío de la noche. Desde un claro del camino aparece Campillos‑Sierra: unas pocas casas de piedra apretadas en la ladera, tejados rojizos y humo fino saliendo de alguna chimenea cuando el invierno aprieta. Hoy viven aquí unas 28 personas, así que el silencio no es ausencia de ruido sino algo que se instala de verdad, como una capa más del paisaje.
Las calles son estrechas y desiguales, con losas gastadas y muros gruesos de mampostería. Muchas casas se levantaron pensando en el frío largo de la Serranía: paredes sólidas, ventanas pequeñas y portones de madera que todavía crujen cuando se abren al amanecer.
La llegada por carretera
Llegar hasta Campillos‑Sierra implica tomarse el viaje con calma. La carretera serpentea entre pinares, con tramos donde apenas caben dos coches y conviene ir despacio. En algunos puntos el bosque se abre y deja ver lomas cubiertas de verde oscuro, interrumpidas por moles de roca caliza que sobresalen como espaldas grises.
Desde la parte alta del pueblo la vista se ensancha. Las copas de los pinos cubren casi todo el horizonte y cuesta distinguir dónde termina el monte y empieza la siguiente sierra.
Un pueblo pequeño en la Serranía Media
Campillos‑Sierra pertenece a la Serranía Media de Cuenca, un territorio de pueblos muy dispersos y altitudes que superan con facilidad los mil metros. Aquí no hay infraestructura turística en el sentido habitual. Lo que hay son caminos antiguos, algunos apenas marcados, que conectaban pueblos vecinos o llevaban a huertos y zonas de pasto.
La iglesia parroquial, de piedra sencilla y probablemente levantada en el siglo XVIII, sigue siendo el punto donde se reúne la vida del pueblo en momentos concretos del año.
Caminar por los pinares
El entorno es, en realidad, lo que da sentido a acercarse hasta aquí. Los pinares cubren laderas enteras y, entre ellos, aparecen claros de roca donde el viento suena distinto, más seco.
No es raro ver rastros de jabalí en el barro de los caminos. Sobre las laderas suelen planear rapaces —águilas y buitres— aprovechando las corrientes térmicas del mediodía. En primavera el monte cambia de olor: a tierra húmeda, a tomillo y a pino caliente.
Los caminos no están señalizados de forma sistemática. Si piensas caminar varias horas, conviene llevar el recorrido cargado en el móvil o un mapa sencillo de la zona. También es buena idea avisar a alguien de la ruta prevista si vas solo: aquí puedes pasar bastante tiempo sin cruzarte con nadie.
En otoño hay bastante afición a las setas en toda la serranía. Antes de recoger nada conviene informarse de las normas locales y, sobre todo, tener claro qué especies se conocen bien.
Cuándo venir
Las estaciones se notan mucho en esta parte de Cuenca.
En invierno puede nevar y el acceso se vuelve más lento, aunque el paisaje queda limpio y muy silencioso, con los pinares cubiertos de blanco y las huellas marcándose en los caminos. En verano las tardes son largas y secas, con una luz dorada que se queda flotando entre los árboles cuando el sol baja.
Si vienes en agosto o septiembre es posible que coincidas con las fiestas del pueblo. Suelen ser días en los que regresan antiguos vecinos y familiares; de repente el pueblo se llena de voces en las calles y de coches aparcados donde normalmente solo hay silencio.
Comer en la serranía
La cocina de esta zona gira alrededor de lo que siempre ha habido a mano: carne de cordero, embutidos curados, guisos largos que se hacen despacio y, cuando llega la temporada, setas del pinar. Son platos pensados para el frío y para jornadas de trabajo en el campo.
En pueblos cercanos se encuentran casas donde preparan este tipo de cocina tradicional, sin demasiadas vueltas.
Un lugar donde el tiempo se oye
En Campillos‑Sierra pasan pocas cosas visibles, y quizá por eso se perciben más los detalles: el golpe de una puerta contra la pared en una calle vacía, el sonido de un tractor a lo lejos, el crujido de las piñas secas bajo las botas.
A veces, al caer la tarde, el viento atraviesa los pinares y baja hasta el pueblo como un rumor continuo. Es uno de esos lugares donde basta quedarse quieto un rato para entender cómo suena realmente la serranía.