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sobre Alcolea de Calatrava
Municipio cercano a la capital situado en zona volcánica; destaca por sus lagunas y yacimientos arqueológicos de la Edad del Bronce
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A última hora de la tarde, cuando el sol cae hacia la llanura del Campo de Calatrava, en Alcolea de Calatrava todavía se oye el sonido de alguna puerta que se abre y se cierra despacio. Hay vecinos sentados en sillas bajas junto a la pared, conversaciones cortas entre portales y ese silencio amplio de los pueblos donde el tráfico apenas interrumpe la calle.
Alcolea de Calatrava está a unos 15 kilómetros de Ciudad Real, en el centro del Campo de Calatrava, una comarca marcada por su origen volcánico y por una llanura agrícola que cambia mucho según la estación. Viven aquí alrededor de 1.300 personas y el pueblo se levanta a algo más de 600 metros de altitud. En verano el paisaje se vuelve seco y dorado; en invierno, con las lluvias, la tierra oscura recupera tonos verdes que duran poco pero transforman el horizonte.
El nombre del lugar suele relacionarse con el árabe Al‑Qulayya, una huella más de los siglos en los que esta zona fue frontera cambiante entre dominios islámicos y cristianos. No quedan grandes restos visibles de ese periodo, pero el trazado irregular de algunas calles del centro y ciertas historias que aún circulan entre vecinos recuerdan ese pasado largo.
La geología también explica mucho de lo que se ve alrededor. El Campo de Calatrava es una de las pocas zonas volcánicas de la península, con antiguos conos y coladas muy erosionadas. En Alcolea no hay un volcán evidente dentro del casco urbano, pero basta alejarse un poco por los caminos agrícolas para encontrar suelos oscuros, piedras basálticas y pequeñas elevaciones redondeadas que forman parte de ese paisaje volcánico antiguo.
Iglesia y calles del centro
La iglesia parroquial de San Juan Bautista ocupa uno de los puntos centrales del pueblo. El edificio actual comenzó a levantarse en el siglo XVI, aunque ha tenido reformas posteriores. Desde fuera es sobrio: muros claros, volumen compacto y una torre que sobresale por encima de los tejados bajos.
Dentro suele haber retablos e imágenes devocionales que todavía forman parte de la vida cotidiana del pueblo, no solo del patrimonio histórico. Cuando está abierta —algo que depende mucho del momento del día— el interior es fresco incluso en pleno verano, con ese olor tenue a piedra y cera que se repite en muchas iglesias manchegas.
El centro de Alcolea se organiza alrededor de la plaza y de unas cuantas calles que se retuercen sin demasiada lógica aparente. Las casas mantienen en muchos casos la arquitectura tradicional: fachadas encaladas, portones anchos de madera y patios interiores que apenas se adivinan desde la calle. A ciertas horas, sobre todo al mediodía, el sol cae directo sobre las paredes blancas y la calle queda casi vacía.
Si paseas sin rumbo acabarás encontrando pequeños detalles: rejas antiguas, alguna portada con piedra labrada o muros donde la cal deja ver capas de reparaciones sucesivas.
Un paisaje marcado por volcanes antiguos
Alrededor del pueblo el terreno se abre en campos de cultivo, sobre todo cereal y olivares dispersos. El relieve parece muy suave, pero en la distancia aparecen cerros aislados que rompen la horizontalidad de la llanura. Muchos de ellos forman parte del antiguo campo volcánico de la comarca.
Hay caminos rurales que permiten recorrer esta zona con calma. En algunos tramos se ven claramente las piedras negras volcánicas mezcladas con la tierra agrícola. No es un paisaje espectacular en el sentido más evidente, pero cuando se observa con calma aparecen muchos matices: suelos oscuros, bordes de antiguas coladas y pequeñas lagunas temporales que a veces se forman en depresiones volcánicas cercanas.
Conviene llevar agua si se sale a caminar por los alrededores, sobre todo entre junio y septiembre. La sombra es escasa y el calor de La Mancha aprieta con facilidad a partir del mediodía.
Caminar por los alrededores
Los alrededores de Alcolea se prestan a recorridos tranquilos por caminos agrícolas. Son trayectos sencillos, casi siempre llanos, donde lo más interesante es observar el paisaje abierto y la fauna de la estepa cerealista.
Con algo de suerte se pueden ver avutardas, sisones o rapaces planeando a poca altura. A primera hora de la mañana el campo tiene otro ritmo: tractores que empiezan la jornada, perros que ladran a lo lejos y una luz muy limpia que hace que la tierra volcánica parezca aún más oscura.
En otoño, si las lluvias acompañan, algunos vecinos salen al campo a buscar setas. No es una zona tan conocida como otras de la península para la micología, pero algunos años aparecen níscalos y otras especies entre matorrales y lindes de cultivo.
La cocina local sigue muy ligada al campo. Son habituales platos contundentes como las gachas manchegas, las migas o guisos de caza cuando la temporada lo permite. También es fácil encontrar aceite de oliva de cooperativas de la zona y queso manchego producido en la provincia.
Fiestas y momentos del año
En mayo suelen celebrarse las fiestas relacionadas con San Isidro Labrador. Como ocurre en muchos pueblos agrícolas de Castilla‑La Mancha, la figura del santo sigue vinculada al calendario del campo. Hay actos religiosos, reuniones familiares y días en los que el pueblo recupera algo de movimiento.
Agosto es otro momento en el que Alcolea cambia de ritmo. Muchas personas que viven fuera regresan durante unas semanas y las calles vuelven a llenarse por la noche. Se organizan actividades culturales y verbenas que se alargan hasta tarde, algo que contrasta con la calma del resto del año.
La Semana Santa se vive de forma más sobria. Las procesiones recorren las calles del centro con pasos sencillos y bastante silencio alrededor.
Cuándo acercarse
La primavera y el otoño suelen ser las épocas más agradables para recorrer Alcolea de Calatrava y sus alrededores. En abril y mayo el campo todavía mantiene algo de verde, mientras que en octubre el calor ya ha aflojado y se puede caminar mejor por los caminos abiertos.
En verano las temperaturas suben con facilidad por encima de lo que muchos esperan. Si vienes en esos meses, merece la pena madrugar para pasear y dejar las horas centrales del día para la sombra.
Alcolea no es un lugar de grandes monumentos ni de itinerarios marcados al milímetro. Se entiende mejor despacio: escuchando el viento en los campos abiertos, mirando cómo cambia la luz sobre la llanura y aceptando el ritmo tranquilo de un pueblo que sigue muy ligado a la tierra que lo rodea.