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sobre Bolaños de Calatrava
Dinámica localidad con un imponente castillo árabe; gran actividad comercial y agrícola con monumentos bien conservados
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El turismo en Bolaños de Calatrava empieza por algo muy simple: dónde dejar el coche. Lo más práctico es aparcar detrás del castillo. Se sube por una cuesta corta y se coge la primera a la izquierda. En fin de semana se llena rápido. Aun así, el pueblo no es grande y todo queda cerca.
Si llegas temprano, mejor. A media mañana ya empieza el movimiento.
El castillo que no es de Doña Berenguela
El Castillo de Doña Berenguela está arriba del todo, donde tenía que estar. Lo levantaron los musulmanes entre los siglos X y XI. Mucho antes de que Berenguela de Castilla apareciera por aquí.
El nombre viene después. Cuando ella recibió Bolaños como parte de su matrimonio, el castillo ya llevaba tiempo vigilando el llano. Años más tarde donó la villa a la Orden de Calatrava.
Hoy lo que queda es una ruina bien conservada. Está protegido desde los años ochenta. Las murallas siguen en pie y los matacanes todavía se reconocen. Se entra sin trámites. Subes, das una vuelta y en veinte minutos lo has visto.
Lo mejor está fuera de las paredes. Desde arriba se entiende el Campo de Calatrava: terreno plano, cultivos y una tierra oscura que delata origen volcánico.
Casas blancas y calles que no llegan a ninguna parte
El casco histórico baja desde el castillo en calles estrechas. Casas blancas, portadas bajas y rejas de hierro. Muchas se levantaron entre los siglos XIV y XV.
La calle Cristo suele concentrar las fachadas más antiguas. Ladrillo, cal y poco adorno. No hay grandes palacios ni monumentos que cambien el viaje.
Eso sí, el barrio se mantiene bastante limpio y sin demasiada tienda pensada para turistas. Todavía es un lugar donde la gente vive.
Si preguntas por la ermita del Cristo de la Columna, alguien acabará señalándote la dirección. Durante una restauración aparecieron pinturas góticas antiguas. No siempre se pueden ver. Normalmente están cerradas.
Comer y beber sin complicaciones
Aquí no hay misterio con la comida. En muchos sitios preparan caldereta de cordero. También chuletillas a la brasa, hechas con leña de encina.
El vino suele venir de la zona de Valdepeñas, que está cerca. Cartas largas no esperes. Los bares del centro funcionan con platos sencillos y raciones.
Si prefieres algo rápido, compra pan o algo de embutido en el centro y sube al cerro del castillo. Hay bancos y bastante aire.
Fiestas y algunas historias del pueblo
A mediados de septiembre llegan las ferias. Durante varios días hay verbenas, procesiones y comidas populares. Mucha gente vuelve esos días aunque ya viva fuera.
La romería de la Virgen del Monte suele celebrarse en primavera. Se sale temprano del pueblo y se camina varios kilómetros hasta el santuario. Quien no conoce a nadie suele quedarse en el casco urbano.
A principios de febrero celebran la Pañolá, una fiesta antigua ligada a las Ánimas. Se encienden hogueras en la calle y se prepara un pan dulce que aparece solo esos días. Los mayores cuentan que antes se quemaban muebles viejos. Hoy las hogueras son más controladas.
Un dato curioso: Diego de Almagro, el conquistador que terminó ejecutado en Perú, pasó aquí su infancia. En el pueblo apenas se recuerda. Solo una calle con su nombre.
Un paseo corto por el campo volcánico y cómo llegar
A las afueras está la Fuente del Caño. El camino sale hacia la carretera de Almagro. Son unos tres kilómetros entre ida y vuelta, entre viñedos y olivos.
No hay sombra. Ni casi paisaje abierto, porque los olivos tapan el horizonte. Lo interesante es el suelo: piedra negra y tierra rojiza típica del Campo de Calatrava.
La fuente es una pequeña pileta de piedra. A veces lleva agua, a veces no.
Bolaños de Calatrava queda a unos veinte minutos de Ciudad Real por la A‑43. Desde Madrid el viaje ronda las dos horas por la A‑4. También hay tren regional, aunque con pocos horarios.
La mejor época suele ser primavera. En verano el calor aprieta y aquí la sombra escasea. En invierno sopla viento y el pueblo se vuelve bastante áspero.
Antes de irte, vuelve a subir al castillo. Desde allí se ve todo: el casco blanco, los viñedos alrededor y las naves industriales al fondo.
Bolaños no cambia la vida a nadie. Pero en una mañana tranquila se entiende bien cómo funciona esta parte de La Mancha. Con eso ya vale.