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sobre Moral de Calatrava
Conjunto Histórico-Artístico con arquitectura popular manchega y casas señoriales; destaca por su producción de vino y aceite
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Hay un momento, justo cuando dejas la autovía y te metes por las carreteras del Campo de Calatrava, en el que el paisaje cambia como cuando pasas del telediario a un documental de campo. El cereal se mezcla con viñas, la tierra se vuelve más oscura y empiezan a aparecer pueblos que no están pensados para impresionar a nadie. Turismo en Moral de Calatrava va un poco de eso: un sitio normal, vivido, de los que se entienden mejor paseando despacio que buscando “la foto”.
Y Moral está justo ahí, en medio de la llanura volcánica del Campo de Calatrava, con ese nombre que siempre obliga a explicar que no tiene que ver ni con Calatrava la Nueva ni con Calatrava la Vieja. El castillo famoso está a unos cuantos kilómetros, en lo alto de un cerro cerca de Aldea del Rey. Moral es el pueblo de abajo, el que ha hecho vida alrededor del campo, del vino y de las idas y venidas a Ciudad Real.
La torre de San Andrés como punto de referencia
Si llegas por primera vez, hay una cosa que te orienta rápido: la torre de la iglesia de San Andrés. Sobresale bastante sobre el casco urbano, así que funciona un poco como faro de secano. Si la ves, sabes que estás en el centro.
La iglesia tiene origen medieval —se suele situar en torno al siglo XIII, aunque con reformas posteriores— y por dentro guarda alguna sorpresa. Hay un cuadro de la Trinidad que tradicionalmente se atribuye a un discípulo de El Greco. No es el tipo de obra que uno espera encontrar en un pueblo de algo más de cinco mil habitantes, y quizá por eso llama más la atención.
Al salir, la plaza mayor mantiene ese ambiente tranquilo que tienen muchos pueblos de La Mancha entre semana: bancos, gente que se conoce por el nombre y edificios históricos mezclados con otros más prácticos. Por aquí también está la antigua Casa de la Encomienda, vinculada a la Orden de Calatrava, y el ayuntamiento, con esa arquitectura institucional que se puso de moda en los siglos XVII y XVIII.
Cuando el pueblo se llena: septiembre y las romerías
Durante buena parte del año Moral de Calatrava vive a su ritmo habitual, pero hay momentos en los que se nota que mucha gente mantiene el vínculo con el pueblo aunque viva fuera.
Uno de esos momentos suele ser alrededor del 8 de septiembre, con las fiestas dedicadas a la Virgen de la Sierra. Son días de procesiones, música por la noche y reencuentros familiares. Si has pasado tiempo en pueblos de Castilla‑La Mancha ya sabes cómo funciona: primos que vuelven de Madrid, cuadrillas que se reorganizan y la plaza llena hasta tarde.
También se celebra la romería de San Blas, normalmente en febrero. Es una celebración más recogida, muy de gente del pueblo y de reunirse al aire libre si el tiempo acompaña.
Lo que se come aquí (y por qué sales rodando)
El gazpacho manchego suele confundir a quien llega de fuera. No tiene nada que ver con el gazpacho andaluz: aquí hablamos de un guiso caliente con carne de caza o de corral y trozos de torta cenceña. Plato de campo, de los que te dejan listo para una siesta seria.
Las migas aparecen mucho en invierno y en días de matanza. Pan, ajos, panceta… y a veces uvas o pimientos. Es de esos platos humildes que funcionan porque llevan siglos haciéndose igual.
El pisto manchego con huevo frito es otro clásico. Cada casa tiene su versión, y discutir cuál es la mejor es casi un deporte local.
Y luego está el queso manchego de la zona. Con tanto rebaño de oveja manchega alrededor, no es raro ver quesos bastante serios en cualquier mesa.
Paseos por el Campo de Calatrava
El entorno de Moral de Calatrava es llano, agrícola y muy abierto. No es paisaje espectacular, pero tiene algo que engancha si te gusta caminar o ir en bici sin grandes desniveles.
El río Jabalón pasa cerca del municipio, y por su ribera hay caminos que la gente del pueblo usa para pasear o salir a correr. Son rutas sencillas, de esas que haces sin mirar demasiado el reloj.
Si te apetece moverte un poco más, el Campo de Calatrava tiene varios volcanes antiguos y cerros que se pueden subir andando. No son montañas como tal, pero desde arriba entiendes bien cómo es esta comarca: viñas, campos de cereal y pueblos separados por kilómetros de llanura.
Y si te quedas con ganas de agua de verdad, las Lagunas de Ruidera quedan más al norte. Mucha gente de la zona se escapa allí en verano.
Mi consejo de amigo
Moral de Calatrava no es un sitio que te vaya a dejar con la boca abierta a los cinco minutos. Funciona más bien como esos bares de toda la vida: al principio parece normal, pero cuanto más rato estás, más cómodo te encuentras.
Yo lo haría así: paseo por el centro, entrar en la iglesia de San Andrés, sentarte un rato en la plaza y luego salir a dar una vuelta por los caminos que rodean el pueblo. Si coincide con fiestas, verás otra cara completamente distinta.
Y si vienes con hambre, mejor todavía. En los pueblos de La Mancha, cuando alguien dice “vamos a comer algo”, rara vez significa comer poco. Aquí eso se toma bastante en serio.