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sobre Valdepeñas
La Ciudad del Vino por excelencia con denominación de origen propia; rica en patrimonio modernista y museos de arte
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Llegué a Valdepeñas con la resaca de haber dormido en un parador que costaba lo mismo que mi coche. Puse el GPS, vi "30.000 habitantes" y pensé: vale, esto será un pueblo grande con buen vino y poco más. Error. A los diez minutos me encontré explicándole a un señor en la gasolinera por qué su ciudad tenía más historia que mi ciudad natal y dos museos que muchas capitales. Y eso que aún no había probado el vino.
La plaza que fue tablero de ajedrez
Carlos V fundó Valdepeñas en 1539 siguiendo el trazado colonial: calles rectas, manzanas cuadradas, plaza mayor en el centro. Pasear por ahí es como meterse en una maqueta. Las casas bajas, los soportales, el ayuntamiento mirando al reloj… todo encaja tan bien que da miedo. Como si un día se levantaran las aceras y descubrieras que sigue pintado el casco para que los soldados no se perdieran.
En la fuente de la Plaza de España (1926) hay una anécdota bestial: en lugar de caños de agua, desemboca una “presa de vino”. No es metáfora: el ayuntamiento llenaba literalmente el depósito con vino de la zona el día de la vendimia. Imagínate la escena: gente con la botella, niños chapoteando en tempranillo, y el alcalde diciendo “beban, que esto es agua bendita laica”. Hoy solo cae agua, pero el recuerdo sigue ahí, como el chiste que nunca muerde la borra.
El Cerro de las Cabezas: cuando los íberos ya sabían dónde vivir
A ocho kilómetros del pueblo hay un cerro que parece un montículo cualquiera hasta que te acercas. Allí los íberos (s. VII-II a.C.) levantaron una ciudad amurallada con casas cuadrangulares, almacenes y un santuario. Han excavado tanto que puedes ver los muros casi al completo, como si losConstructores hubieran salido a comprar pan y en vez de volver se hubieran mudado a Netflix.
La senda circular son dos kilómetros y una hora tranquila. Lleva agua: en la meseta el sol no perdona y el guía te lo recordará con la sonrisa de quien ya ha visto a más de uno deshidratarse por confiarse. Si vas en primavera, el olor a tomillo y romero tapa hasta la ceniza de los últimos incendios. Y sí, hay cabezas: las de las estatuas que los romanos cortaron cuando conquistaron el lugar. Ahora descansan en el museo, mirando al futuro con esa expresión de “¿en serio seguís con el mismo problema de aparcar?”.
Vendimia y carnaval: la ciudad que se hincha y se vacía
Valdepeñas tiene dos velocidades: la de enero, cuando parece que hasta los gatos están de resaca, y la de septiembre, cuando el pueblo triplica sus decibelios. Las Fiestas de la Vendimia y del Vino (del 30 de agosto al 8 de septiembre) son 130 actividades en diez días: concursos de pisado de uva, desfiles de carrozas, conciertos de lo que antes se llamaban “orquestas” y ahora son DJ con nombre de fruta. Si te hospedas cerca del casco, olvídate de dormir antes de las tres. Si vas con niños, huye del centro a partir de medianoche: la bacanal es sincera.
El Carnaval es la otra cara: chirigotas que se rifan un concurso regional, disfraces que mezclan Don Quijote con Los Juegos del Hambre y un ambiente de pueblo que se conoce todo. Aquí no hay “zona VIP”, solo vecinos que se han preparado la parodia durante meses y se la saben de memoria. Si te gusta el humor de sobremesa, agárrate: suelen cargar contra el alcalde, la factura de la luz y el vecino que pone música reguetón los domingos.
El vino que se bebe antes de comer y después también
La Denominación de Origen Valdepeñas vende más de 60 millones de botellas al año. Solo la supera Rioja. Eso significa que, estadísticamente, has bebido vino de aquí sin saberlo: en el avión, en el menú del día, en la boda de tu primo. La bodega municipal (s. XVI) tiene tinajas de tres metros que siguen intactas. Entras y huele a patio de casa después de la lluvia, pero versión alcohólica. La entrada suele ser gratuita; la cata, tres euros. Te dan una copa de cristal gruesa, como las de tu abuela, y te explican por qué el clima de la mesa produce taninos más suaves que en Rioja Alavesa. Yo salí con la sensación de haber estado en clase de Química pero con mejor final: me dieron otra copa “porque es viernes”.
Consejo de amigo: no cojas el coche después. La Guardia Civil conoce la tabla de maridaje perfecta: vino tinto + control de alcoholemia = multa segura. Mejor caminar al Molino de Gregorio Prieto, el molino de viento más grande del mundo (dato oficial). No es un molino de grano, sino de viento literal: aspas de 36 metros que solo mueven el aire. Ideal para la foto y para quitarte la borra subiendo las escaleras de caracol.
Migas, cordero y pestiños: lo que pides cuando ya no cabe una aceituna más
En Valdepeñas cenar no es un plan, es una obligación civil. Empiezas con un aperitivo de queso manchego curado que te dan en la barra “porque sí”. Después migas ruleras: pan de ayer, chorizo, torreznos y uva. Sí, uva. Parece chiste, pero el contraste dulce-salado funciona como cuando mezclas pipas con chocolate. El pisto manchego viene con huevo frito encima, como si la dieta mediterránea fuera un meme. Y el cordero… bueno, si has venido en primavera, olvídate de verlo pastar: ya está en el horno a 180 °C con romero y vaso de agua para que la salsa no se seque.
Para cerrar, un pestiño: buñuelo de masa frita bañado en miel que se deshace antes de que puedas decir “no como dulces”. Si eres de los que comparten postre, pide uno solo. Si no, pide dos y disimula.
¿Es recomendable? Sí, pero con calendario
Valdepeñas no es un pueblo que te robe el corazón a primera vista. Es más bien ese amigo que te cae bien después de tres quedadas y una borrachera compartida. Ven en primavera: temperatura suave, vino nuevo y menos turistas que en septiembre. Si puedes, coge el martes: es día de mercado y verás a la gente comprando queso como si fuera oro. Y si te gusta el vino, busca la ruta del Museo del Vino: tres euros, copa de regalo y la satisfacción de haber bebido historia sin pagar precio de Parador.
Yo me fui con dos botellas en el maletero y la certeza de que volveré. No por el paisaje —la meseta es lo que es—, sino por esa sensación de que aquí la gente no vende humo: vende vino, y te lo sirven con migas.