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sobre Villar del Pozo
Uno de los pueblos más pequeños cerca del aeropuerto de Ciudad Real; conserva la esencia de aldea manchega tranquila
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A primera hora de la mañana, cuando el aire todavía guarda algo de fresco, Villar del Pozo aparece entre campos abiertos del Campo de Calatrava. El silencio es casi completo. Algún coche pasa muy de vez en cuando por la carretera cercana y, si sopla algo de viento, se oye cómo roza el cereal seco contra sí mismo. Entre parcelas llanas empiezan a asomar pequeñas elevaciones oscuras: restos del paisaje volcánico que define esta parte de la provincia de Ciudad Real.
Villar del Pozo tiene menos de cincuenta habitantes y se recorre en pocos minutos. Un puñado de calles cortas, algunas curvas suaves, casas bajas de mampostería y tejados rojizos que han ido reparándose a lo largo de los años. En varias puertas aún quedan portones de madera gruesa, de los que obligan a empujar con el hombro. Detrás suele haber patios amplios, corrales y dependencias agrícolas que recuerdan que aquí la vida siempre giró alrededor del campo.
No hay carteles turísticos ni itinerarios marcados. El pueblo se entiende caminando despacio y mirando los detalles: el grosor de los muros, las fachadas encaladas que el sol vuelve casi blancas al mediodía, alguna parra trepando por un patio.
La pequeña plaza y la iglesia
La iglesia de San Juan Bautista se levanta en el centro del pueblo. Es un edificio sobrio, de piedra y líneas sencillas, con una espadaña que sostiene la campana. Nada llama la atención a primera vista, pero si se pasa por allí temprano la luz lateral marca bien la textura irregular de los muros y las juntas de la piedra.
La plaza que la rodea funciona más como punto de encuentro que como espacio monumental. A determinadas horas del día es fácil ver a algún vecino sentado a la sombra, sobre todo cuando el calor aprieta.
Un paisaje marcado por antiguos volcanes
El Campo de Calatrava es una de las pocas zonas volcánicas de la península, y aunque en las inmediaciones del pueblo no hay cráteres visibles a simple vista, el terreno lo delata. En los márgenes de los caminos aparecen piedras oscuras, fragmentos de basalto y suelos rojizos mezclados con tierra clara.
Hacia el sureste se elevan algunas de las colinas volcánicas más conocidas de la comarca, como el Cerro Gordo, cuya silueta redondeada se distingue bien en días despejados. No está pegado al pueblo, pero forma parte del mismo paisaje geológico que se extiende por toda la zona.
Los alrededores de Villar del Pozo son una mezcla de cultivos de cereal, barbechos y manchas de matorral bajo. En primavera el campo se vuelve verde durante unas semanas; después el sol lo va apagando hasta dejarlo dorado y áspero en pleno verano.
Caminar por los caminos agrícolas
Desde el propio pueblo salen varios caminos rurales utilizados por agricultores. No son rutas señalizadas, pero se pueden recorrer sin dificultad si se respeta el paso de maquinaria y las parcelas.
Caminar por aquí tiene algo muy simple: pasos sobre tierra compacta, olor a tomillo cuando se pisa algún borde del camino y el sonido de las perdices levantando el vuelo entre los ribazos. A veces aparece alguna rapaz planeando sobre los campos abiertos.
Si te interesa la fotografía, las primeras horas del día suelen ser las más agradecidas. La luz rasante alarga las sombras de los árboles aislados y resalta las texturas del terreno volcánico.
Por la noche, cuando el cielo está despejado, la oscuridad es bastante limpia. Apenas hay contaminación lumínica en los alrededores y las estrellas se ven con claridad desde cualquier loma cercana.
Comer en la zona
En Villar del Pozo no hay comercios ni bares abiertos de forma regular. Conviene llegar con agua y algo de comida si se piensa pasar varias horas caminando.
En los pueblos cercanos sí se encuentran más servicios y la cocina de la zona sigue siendo la del Campo de Calatrava: migas, pisto manchego, guisos de caza menor en temporada, queso manchego curado y aceite de oliva producido en cooperativas de la comarca.
Fiestas y vida del pueblo
Las celebraciones principales están ligadas a San Juan Bautista, patrón del pueblo. En verano suele reunirse más gente porque muchos vecinos que viven fuera regresan esos días. Las fiestas son sencillas: procesión, encuentros en la plaza y comidas compartidas entre familias.
Con tan pocos habitantes, cualquier reunión acaba siendo casi todo el pueblo junto.
Antes de ir
Villar del Pozo no tiene alojamientos ni infraestructura turística estable. Lo habitual es visitarlo desde localidades cercanas con más servicios, como Almagro o la propia Ciudad Real, y dedicar un rato a recorrer el pueblo y sus caminos.
Para llegar se utiliza la red de carreteras locales que atraviesa el Campo de Calatrava. El acceso es sencillo en coche, aunque las calles del interior son estrechas y conviene aparcar sin bloquear entradas de casas o corrales.
Si vas en verano, lo más llevadero es madrugar. A partir del mediodía el sol cae con fuerza sobre los campos abiertos y casi no hay sombra. En primavera y otoño, en cambio, el paisaje cambia bastante y caminar resulta mucho más agradable.