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sobre Campo de Criptana
Icono de La Mancha por sus famosos molinos de viento en la Sierra; escenario literario universal y pueblo de calles blancas y empinadas
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Las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción dan las ocho cuando el viento cambia de dirección. En la Sierra de los Molinos, las aspas de los gigantes de piedra y madera empiezan a moverse, primero despacio, como si se desperezaran, luego con más ganas si el aire acompaña. El ruido es inconfundible: un crujido seco, casi humano, mezclado con el silbido del viento entre las aspas. Desde el cerro, Campo de Criptana se abre sobre la llanura manchega como un mantel de calles claras y tejados rojizos que alguien hubiera estirado sobre la mesa.
El rumor de los molinos
Subir hasta la Sierra conviene hacerlo temprano. No tanto por el sol —que en verano aprieta pronto— como por el silencio. A esa hora los molinos no son solo una foto. Se oyen las maderas trabajar cuando el viento entra por las aspas y se cuela por las rendijas.
El Infanto, que suele considerarse el más antiguo, tiene las aspas algo desiguales; el Burleta huele a grasa y a madera que ha rozado durante siglos. Dentro, la piedra de moler conserva surcos donde todavía se queda pegado un polvo fino, casi dorado, cuando la luz entra por la pequeña ventana. Cuesta no pensar en el episodio de los molinos de Don Quijote: Cervantes situó aquí a sus gigantes, y desde este cerro se entiende por qué.
Tres de ellos —Infanto, Sardinero y Burleta— se levantaron en el siglo XVI y están protegidos como monumentos históricos. Algunos se pueden visitar, aunque los horarios cambian según la época del año y a veces dependen del viento o de si hay personal en el interior. Conviene acercarse sin prisa y preguntar allí mismo.
El pintor Ignacio Zuloaga llegó a ser copropietario del Burleta. Se cuenta que subía a primera hora, cuando la luz de La Mancha todavía es fría y limpia y las sombras de los molinos se alargan cuesta abajo.
Callejones que se inclinan
Bajar al casco antiguo es casi dejarse caer. El barrio del Albaicín Criptano —así lo llaman los vecinos— se agarra a la ladera con calles que suben y bajan con bastante pendiente. En algunos tramos el suelo cambia de textura: piedra gastada, losas irregulares, algún parche de cemento más reciente.
Varias casas están excavadas en la roca. Desde fuera se ve poco: una puerta de madera, una ventana pequeña, y el resto metido dentro de la tierra blanca. A veces se abre una puerta y sale alguien en zapatillas a tirar la basura. El silencio aquí es distinto al de arriba: gotea algún caño, chirría una bisagra vieja, se oye una televisión encendida demasiado temprano.
El Pósito, levantado en el siglo XVI como almacén de grano, parece más bien una pequeña fortaleza de ladrillo y piedra. Hoy funciona como museo municipal. Dentro hay objetos que cuentan el pasado agrícola del pueblo: herramientas pesadas de segar, documentos del antiguo pósito y una maqueta que muestra los más de treinta molinos que llegó a haber en el cerro en el siglo XVI. También aparece la figura de Sara Montiel, nacida en Campo de Criptana y convertida después en uno de los nombres más conocidos del cine español.
Cuando el pueblo cambia de ritmo
La Semana Santa es uno de los momentos en que Campo de Criptana se llena más. El sonido de tambores y cornetas llega por las calles antes de que aparezcan los pasos. El aire huele a cera caliente y a flores que ya empiezan a marchitarse. Muchas mujeres llevan mantilla negra; los niños estrenan zapatos que todavía les quedan duros.
En agosto el ambiente cambia con las fiestas del Cristo de Villajos, muy ligadas a los vecinos del pueblo y de los alrededores. Se montan estructuras provisionales en la plaza y el calor de la noche se queda pegado al suelo. En muchas casas se cocina gazpacho manchego —el guiso de carne de caza y torta cenceña, no el andaluz— y se alarga la sobremesa hasta bien entrada la madrugada.
El sabor que sale de la cocina de casa
En algunas pastelerías del centro todavía se hacen mantecadas con recetas antiguas, a menudo con manteca en lugar de mantequilla. Tienen ese punto ligeramente salado que equilibra el azúcar y una textura que se deshace casi antes de morder.
El queso manchego aquí no se presenta como recuerdo de viaje. Es parte del desayuno de muchos agricultores: pan, aceite y una cuña cortada a cuchillo. Si preguntas, más de uno dirá que el curado de varios meses es el que mejor concentra el sabor, aunque el más joven resulta más suave.
En invierno aparecen las migas en sartenes grandes de hierro. Llevan panceta, ajos enteros y a veces uvas pasas que estallan dulces entre el pan frito. El pisto manchego suele llegar con huevo encima y, en muchas casas, con algo de carne o panceta que se ha dorado antes en la misma sartén.
Caminar alrededor del cerro
La Ruta de los Molinos apenas suma un par de kilómetros, pero conviene hacerla despacio. No por el esfuerzo, sino por las paradas: hacia un lado queda El Toboso; hacia otro, la llanura que parece no terminar nunca hasta que asoma el campanario de otro pueblo.
Si tienes más tiempo, desde Campo de Criptana salen caminos hacia las zonas húmedas del entorno manchego. Son rutas largas y llanas donde, con suerte y silencio, se ven avutardas o bandos de grullas en ciertas épocas. Lleva agua: en muchos tramos no hay sombra ni fuentes.
La primavera suele ser el momento más amable para caminar por aquí. El campo huele a romero y a tomillo en flor, los trigales todavía están verdes y el calor no aprieta. El otoño también tiene días claros, aunque el viento puede levantarse de golpe y traer polvo de los caminos.
Si vienes en coche, lo más cómodo es dejarlo en la subida al cerro y recorrer el resto andando. Al bajar, busca la calle de la Amargura: estrecha, empinada y con tramos de pavimento antiguo. Camina despacio. A veces no se ve ningún molino desde allí, pero el sonido de las aspas llega igual, girando en lo alto como un latido que se repite sobre la llanura.