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sobre Munera
Lugar de las Bodas de Camacho en el Quijote; rico patrimonio arqueológico y molinos de viento
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A las ocho de la mañana, la niebla se queda pegada a las zarzas del cerro del Castillo como algodón húmedo. Desde aquí arriba, Munera todavía está medio dormida: tejados de teja oscura, calles claras que bajan hacia la vega y, más allá, la llanura abierta del Campo de Montiel. El silencio solo lo rompe el viento entre los pinos y, muy lejos, el motor de un tractor que alguien arranca para empezar la jornada.
Cuando la niebla levanta se entiende mejor dónde estás. Munera se asienta en una pequeña altura y alrededor todo se vuelve campo: parcelas largas, cereal, algún olivar suelto y caminos de tierra que se pierden rectos hacia el horizonte. El río Córcoles pasa cerca, aunque desde el pueblo casi no se oye. La Mancha aquí no es un decorado; es un territorio de trabajo.
Bajar hacia el centro es seguir el olor a leña de las chimeneas y, algunas mañanas, a pan reciente que sale de algún obrador. Las casas suelen ser bajas, con fachadas encaladas y zócalos gastados por los años. En la plaza de España, el quiosco de música permanece casi siempre cerrado y el banco de piedra tiene esa superficie lisa que solo aparece cuando mucha gente se ha sentado ahí durante décadas.
El rastro de Camacho
Meterse por la calle del Medio es entrar en uno de los episodios más citados cuando se habla de Munera. Muchos sitúan aquí las Bodas de Camacho del Quijote, y el pueblo lleva tiempo conviviendo con esa historia. No hay grandes escenografías: alguna referencia discreta, portones antiguos y casas que conservan la estructura de siglos pasados.
En el entorno del casco antiguo también aparecen restos del castillo. Las piedras más viejas se reconocen enseguida: bloques grandes, irregulares, con ese tono gris que da la intemperie. Otras partes se han ido consolidando en los últimos años para evitar que el conjunto se pierda del todo. Desde lo alto del cerro —aunque no siempre se puede subir a todas las zonas— la vista se abre hacia la llanura del Campo de Montiel, un mar de cereal que cambia de color según la estación.
El interior de las cosas
La iglesia de San Sebastián guarda ese olor mezcla de cera y madera vieja que tienen muchos templos de pueblo. Al entrar al mediodía, cuando las campanas acaban de sonar, la luz cae desde las ventanas altas y dibuja franjas claras sobre el suelo de piedra, que no está del todo nivelado.
El retablo mayor es renacentista, aunque lo que más llama la atención suele estar más abajo: algunas losas funerarias antiguas incrustadas en el pavimento y pequeñas placas que recuerdan a vecinos del pueblo. Son detalles que pasan desapercibidos si uno entra con prisa.
A las afueras está la ermita de Nuestra Señora de la Fuente. Durante buena parte del año el lugar permanece tranquilo, pero en septiembre suele concentrar buena parte de la vida festiva del pueblo. Mientras tanto, la fuente sigue goteando despacio. El agua sale fría, incluso en verano, y deja en la boca un ligero sabor mineral.
Cuando el estómago pide razones
Los sábados por la mañana, en la lonja, a veces aparecen puestos improvisados con productos de la zona. Quesos de oveja, conservas caseras, alguna bolsa de almendras. Nada especialmente preparado para quien viene de fuera: es más bien el pequeño mercado de siempre.
En los bares del pueblo —sin cartas largas ni demasiadas complicaciones— suelen salir platos muy de la comarca cuando llega el frío: gazpacho manchego con carne de caza, migas ruleras o atascaburras, esa mezcla espesa de patata, bacalao y huevo duro que se come mejor cuando fuera sopla viento. Conviene preguntar qué han hecho ese día; muchas veces la cocina depende de lo que haya entrado esa mañana.
Horizonte y regreso
Cerca del polideportivo arranca un camino que sigue el curso del Córcoles. La señalización existe, aunque el sol y los años han ido borrando algunos carteles. El sendero baja entre chopos y vegetación de ribera; en primavera el aire huele húmedo y las orillas se llenan de juncos.
No es un recorrido largo, pero conviene llevar agua. Una vez sales del pueblo ya no hay demasiados sitios donde parar. Por el camino aparecen restos de antiguos molinos y pequeñas construcciones agrícolas que recuerdan hasta qué punto el río marcó la vida de esta zona.
La vuelta se hace cuesta arriba. Al llegar de nuevo al cerro se entiende la lógica del lugar: arriba corre el viento y los insectos molestan menos; abajo, en la vega, estaban las huertas que alimentaban al pueblo.
Si vienes a Munera, los días tranquilos de primavera o de otoño suelen ser los más agradecidos. En verano el ambiente cambia: piscina municipal, chavales en bicicleta, coches entrando y saliendo a todas horas. No es malo, pero el pueblo suena distinto. Cuando baja el ruido, vuelven a escucharse las puertas de madera, el viento en los pinos del cerro y ese silencio amplio que todavía define esta parte del Campo de Montiel.