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sobre Puebla del Príncipe
Pueblo elevado con un torreón defensivo medieval; ofrece vistas panorámicas y un casco urbano tranquilo y tradicional
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A primera hora de la mañana, cuando el sol todavía cae blanco sobre los tejados, Puebla del Príncipe huele a tierra húmeda y a campo recién movido. En la plaza suele haber silencio a esa hora: alguna persiana que se levanta, una conversación baja desde un portal, y el agua de la fuente cayendo despacio. Desde allí se ve el torreón recortado contra el cielo, un cilindro de piedra que domina los tejados y los campos abiertos del Campo de Montiel.
En un pueblo de poco más de seiscientos vecinos, las distancias son cortas. En cinco minutos ya estás fuera, entre parcelas de cereal y caminos de tierra que en verano levantan polvo fino al paso del coche.
La torre que guarda el horizonte
La entrada al torreón no siempre es evidente. Está en la parte trasera del edificio donde hoy funciona la biblioteca municipal, integrada en la antigua fortificación medieval. Si encuentras a alguien encargado del edificio —suele haberlo en horario de mañana— es posible subir.
Dentro la escalera gira estrecha, de piedra gastada. El aire es fresco incluso en días de calor. Cuando se llega arriba, el Campo de Montiel aparece como una llanura ondulada de tonos ocres y verdes según la estación. No hay muchos árboles altos, así que la vista se estira kilómetros.
En el suelo de la terraza hay una losa distinta a las demás. En el pueblo cuentan que apareció durante unas obras hace años, cuando se movieron materiales antiguos almacenados en la torre. Se relaciona con un hallazgo romano encontrado en la zona, algo que recuerda que estas tierras estaban habitadas mucho antes de que el pueblo tomara su forma actual.
El camino hacia la ermita de Mairena
La ermita de Mairena queda a unos dos kilómetros del casco urbano. El camino sube poco a poco entre encinas dispersas. En verano la tierra se vuelve clara y seca, y el paisaje es casi todo cereal segado y rastrojos que crujen bajo las botas.
El edificio es sencillo: paredes blancas, tejado de teja curva y una puerta que suele permanecer cerrada cuando no hay celebraciones. La pintura verde de algunos elementos exteriores ya muestra capas antiguas debajo. Dentro, cuando se abre, suele oler a cera y a ramas secas.
Cada verano se organiza una romería que sube desde el pueblo hasta la ermita. La fecha puede variar, pero suele caer hacia mediados de agosto. Ese día el camino cambia por completo: familias caminando despacio, coches aparcados en los márgenes y grupos que se quedan a la sombra de las encinas durante horas.
Si vas andando en pleno verano, mejor hacerlo temprano o al final de la tarde. El tramo tiene poca sombra continua.
A mediodía, olor a sartén
Alrededor del mediodía el pueblo cambia de ritmo. Desde algunas cocinas empiezan a salir olores muy reconocibles en esta parte de La Mancha: ajo dorándose despacio, pimiento asado, pan rehogado en la sartén.
Las migas aparecen a menudo en las mesas cuando el día se alarga o cuando hay gente en casa. Suelen llevar tropezones de chorizo o panceta, y a veces uvas o pimientos fritos al lado. Los fines de semana no es raro que alguien prepare caldereta de cordero, guisada sin prisa en cazuela grande, con tomate y vino de la zona.
Son platos que todavía se cocinan más por costumbre que por exhibición.
Días en que el pueblo cambia
Durante las celebraciones de San Isidro, en mayo, los tractores aparecen recién lavados y aparcados cerca de la plaza o de la iglesia. Los niños se suben a los asientos mientras los mayores hablan de cosechas, de lluvias que llegaron tarde o de cómo viene el cereal ese año.
En verano también suele haber actividades culturales al aire libre. Algunos años se organizan representaciones de teatro de calle o actuaciones en distintos rincones del pueblo. Empiezan cuando baja el calor de la tarde y las fachadas dejan de irradiar el sol acumulado.
Es entonces cuando más gente se ve por las calles.
La hora en que se alarga la sombra del torreón
Al final del día, el sol cae detrás del torreón y las casas blancas empiezan a volverse doradas. El aire se enfría rápido cuando anochece y desde algunas chimeneas sale olor a leña incluso fuera del invierno.
Es un buen momento para dar la última vuelta por la plaza antes de marcharse. El pueblo vuelve poco a poco al silencio de la mañana: alguna conversación en una puerta, el eco de unas campanas y las primeras luces encendiéndose dentro de las casas.
Cuándo ir: el otoño suele ser buena época para recorrer el Campo de Montiel con más calma y sin el calor fuerte del verano. En agosto hay más movimiento por las fiestas y las reuniones familiares, así que el ambiente cambia bastante.