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sobre Balazote
Pueblo de origen íbero famoso por la escultura de la Bicha de Balazote; situado a los pies de la sierra
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A las diez de la mañana, el sol ya pega fuerte en la plaza de Balazote. Las palomas se arrastran por las losas buscando la sombra de la iglesia y el aire trae olor a pan caliente desde algún horno cercano. En la fachada del Ayuntamiento, una figura de piedra te mira fijamente: cuerpo de toro, cabeza de hombre barbado. La Bicha de Balazote lleva más de dos mil años vinculada a este lugar y parece preguntarse qué hace uno parado en mitad de la plaza cuando el día ya aprieta.
Quien llega por primera vez suele enterarse rápido de que el turismo en Balazote gira, inevitablemente, alrededor de esa criatura antigua.
La piedra que habla
La Bicha es difícil de ignorar. El original se conserva en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid; la figura que preside la entrada del consistorio es una réplica colocada para recordar el hallazgo que se produjo a finales del siglo XIX en las inmediaciones del pueblo.
Es un toro androcéfalo —cuerpo de toro, cabeza humana barbada— asociado al mundo íbero. Los especialistas llevan tiempo discutiendo su función: tal vez un elemento funerario, quizá un protector simbólico del territorio. No hay acuerdo claro, y quizá por eso sigue despertando tanta curiosidad.
Desde la plaza, la calle Mayor sube con una pendiente suave entre casas de ladrillo rojizo y balcones de hierro. A las horas de más calor apenas pasa nadie: alguna persiana medio bajada, el zumbido de un ciclomotor, el golpe seco de una puerta que se cierra.
A poca distancia del núcleo urbano se conocen restos de una villa romana en el paraje llamado Camino Viejo de las Sepulturas. No es un yacimiento monumental. Lo que se conserva —fragmentos de mosaico, parte de unas termas, muros bajos que dibujan antiguas estancias— sugiere una explotación agrícola activa entre los primeros siglos de nuestra era. Si te agachas a mirar de cerca, todavía se distinguen teselas diminutas incrustadas en la tierra seca.
El sabor del secano
La cocina de esta zona tiene mucho que ver con el paisaje que rodea el pueblo: cereal, monte bajo, algo de caza.
El gazpacho manchego, por ejemplo, llega a la mesa como un guiso espeso donde el pan ácimo absorbe el caldo de carne y tomate. Nada que ver con el gazpacho frío del sur. Aquí se cocina despacio, en sartén amplia, y suele llevar conejo o liebre cuando la temporada lo permite.
Las migas ruleras aparecen a menudo en días fríos, con trozos de panceta y, a veces, uvas o pimientos fritos. Son platos pensados para jornadas largas en el campo, de esos que dejan el plato limpio sin demasiada ceremonia.
En primavera, cuando el cereal todavía está verde y el monte desprende olor a romero, el pan y los dulces de horno suelen salir a media mañana. Si pasas antes del mediodía es cuando todavía están templados. Las tortas de miel, planas y doradas, dejan un ligero sabor a anís que dura bastante rato.
Caminos que cruzan la llanura
El entorno de Balazote es abierto, de horizontes largos. Históricamente por aquí pasaron rutas antiguas que conectaban el interior con el Levante, y ese carácter de lugar de paso todavía se nota en los caminos que rodean el pueblo.
Uno de ellos aprovecha el trazado de una antigua línea ferroviaria que hoy funciona como vía verde hacia la ciudad de Albacete. El firme es de tierra compactada y se puede recorrer andando o en bicicleta. Conviene llevar agua: la sombra escasea y en verano el sol cae de frente durante muchos kilómetros.
A finales de invierno y comienzos de primavera, los almendros de algunas parcelas cercanas florecen antes que el resto del campo. Desde lejos parecen manchas blancas sobre el ocre de la tierra.
Cuándo irse y cuándo quedarse
A comienzos de febrero se celebran las fiestas de San Blas, que suelen alargarse varios días. Hay procesiones, música en la calle y bastante movimiento en la plaza cuando cae la tarde. El olor a cera y a romero quemado se mezcla con el frío del final del invierno.
También se mantiene la costumbre de enterrar la sardina al terminar el carnaval, con comparsas, disfraces improvisados y ese humor algo exagerado que aparece siempre en los pueblos cuando se despide la fiesta.
Pero Balazote cambia mucho cuando todo eso pasa. Al día siguiente las calles vuelven a su ritmo habitual: tractores saliendo hacia el campo, algún vecino apoyado en la puerta de casa, el viento moviendo los chopos cerca del arroyo.
La Bicha sigue en su sitio, mirando la plaza con la misma calma de siempre. Y uno acaba mirándola también un momento antes de volver al coche, como si todavía quedara algo por entender en esa piedra antigua.