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sobre Hellín
Segunda ciudad de la provincia famosa por su Semana Santa y tamboradas; posee un importante parque arqueológico
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La primera vez que oí la tamborada fue de madrugada, con la ventana abierta y el aire todavía frío. El sonido no venía de un solo sitio: era como si el suelo mismo hubiera empezado a latir. En la penumbra se movían siluetas por las calles, con tambores de colores colgados del cuello. Nadie hablaba. Solo el golpe seco del cuero contra la madera, una y otra vez, marcando un ritmo que se siente antes en las costillas que en los oídos.
Hellín aparece después de muchos kilómetros de carretera entre campos de cereal, almendros y manchas de olivo. La población se encarama a una colina baja, con barrios que van subiendo poco a poco hacia la parte más antigua. Las casas suelen ser de ladrillo o tonos terrosos, muy castigados por el sol. Arriba queda el cerro del castillo, de origen islámico, recordando que este lugar estuvo durante siglos en una zona de paso entre la Mancha interior y las tierras que ya miran al Levante.
El laberinto de las callejas
El casco antiguo no se entiende en línea recta. Hay que caminar sin prisa y aceptar que algunas calles se estrechan hasta casi tocarse de lado a lado. En ciertos tramos apenas cabe un coche pequeño, y cuando pasa alguien andando es inevitable pegarse a la pared.
A media mañana el barrio huele a pan reciente y a yeso viejo calentándose al sol. De algunas casas salen voces de radio o el tintineo de platos en la cocina. Las fachadas muestran capas de tiempo: portones de madera muy oscura, rejas gruesas y paredes donde el encalado se ha ido desgastando en manchas irregulares.
En estas calles también hubo talleres de alfarería durante mucho tiempo. Todavía quedan rastros: patios donde se adivina un horno antiguo o muros ennegrecidos por el humo. No es un museo al aire libre; son restos mezclados con la vida diaria. En las placetas pequeñas siempre aparece alguien sentado a la sombra, mirando cómo cambia la luz de la tarde sobre las paredes.
Cuando el pueblo se vuelve tambor
La Semana Santa de Hellín se reconoce antes de verla. El sonido llega desde lejos, como una tormenta que no termina de descargarse. Durante varios días miles de personas salen con su tambor y el pueblo entero se convierte en una masa rítmica que avanza por calles y plazas.
Hay gente que toca el mismo tambor desde hace décadas. El cuero está oscuro, tensado y vuelto a tensar muchas veces. También se ven niños que apenas alcanzan el aro pero ya siguen el compás sin mirar a nadie. En los balcones cuelgan túnicas, pañuelos y tambores de repuesto.
Durante los descansos queda un zumbido en los oídos, como si el eco se hubiera quedado pegado a las paredes. Luego alguien vuelve a empezar y el ritmo se contagia otra vez, sin necesidad de órdenes.
El sabor que queda
Después de horas de tambor, el cuerpo pide comida seria. En el centro es fácil encontrar gazpacho manchego humeante, con carne de caza o de corral desmenuzada y trozos de torta de pan que absorben el caldo espeso. No tiene nada que ver con el gazpacho frío del sur: aquí es un guiso que reconforta y que deja olor a ajo y especias en las manos.
Las migas también aparecen a menudo cuando refresca. Se preparan con pan asentado, aceite, ajos y paciencia: hay que moverlas sin parar hasta que el pan queda suelto y dorado. A veces se acompañan con uvas o con algo de embutido. Son platos de mesa larga, de los que se comen despacio mientras la conversación se alarga.
Hacia Minateda y el paisaje abierto
A unos diez kilómetros está el Tolmo de Minateda. La carretera sale de Hellín y pronto deja atrás las últimas casas. El paisaje se abre en lomas secas y cultivos dispersos, con pinos bajos en las zonas más altas.
En el cerro del Tolmo quedan restos de una ciudad antigua que pasó por varias épocas: íbera, romana y visigoda. Las ruinas no son monumentales, pero el lugar tiene algo especial por la posición. Desde arriba se ve una llanura amplia, amarillenta en verano y más verde tras las lluvias de invierno. El viento suele moverse sin obstáculos y arrastra olor a tomillo y tierra seca.
El volcán de Cancarix
A poca distancia de Hellín aparece una forma inesperada en el paisaje: el volcán de Cancarix, un domo volcánico oscuro que se levanta entre campos mucho más suaves. No es un volcán con cráter visible, sino una masa de roca negra que rompe la monotonía de la llanura.
El sendero que rodea la zona atraviesa matorral bajo y suelos pedregosos donde crecen romeros, espartos y pequeñas flores en primavera. Cuando sopla viento, las plantas secas rozan unas con otras y producen un sonido áspero, casi como papel.
Conviene ir temprano o a última hora si hace calor. La sombra es escasa y en verano el sol cae con fuerza sobre estas laderas.
Cómo y cuándo
Hellín cambia mucho según la época. En Semana Santa el pueblo vive prácticamente para la tamborada y dormir se vuelve complicado cerca del centro. Si te interesa verla, conviene organizar el viaje con tiempo y asumir que el ruido forma parte de la experiencia.
Fuera de esas fechas, mayo y septiembre suelen ser meses agradables para caminar por el casco antiguo o acercarse a Minateda sin el calor fuerte del verano. Agosto puede ser duro a mediodía: las calles se vacían y la actividad se mueve a primeras horas y al anochecer.
En invierno las noches bajan bastante de temperatura. Cuando sopla viento desde la sierra, el aire llega frío y limpio, con ese olor seco que tienen los campos manchegos después de un día claro. Y entonces Hellín se queda en silencio, como si guardara energía para el próximo redoble.