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sobre Casas-Ibáñez
Centro comarcal de la Manchuela con gran actividad comercial; destaca por su iglesia barroca y cercanía al Júcar
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Las almendras florecen antes que nadie alrededor de Casas Ibáñez. En febrero, cuando buena parte de La Manchuela sigue metida en la niebla de la mañana, los caminos que rodean el pueblo se llenan de un blanco rosado que parece azúcar espolvoreado sobre los ribazos. El aire cambia esos días: huele a tierra mojada, a madera de las viñas recién podadas y, si pasas cerca de las casas más antiguas, a pan caliente escapando por alguna ventana entreabierta.
El silencio de las siete campanas
La torre de la iglesia de San Juan Bautista marca el ritmo del pueblo desde hace siglos. A primera hora, cuando suenan las campanas, el eco baja hacia el valle del Cabriel y vuelve rebotado, más grave. En la plaza todavía queda el frío de la noche en los bancos de piedra. Poco a poco se abren persianas, alguien pasea al perro, y por la carretera empiezan a pasar tractores o camiones cargados de uva cuando llega la vendimia.
Dentro de la iglesia la luz entra despacio. Huele a cera y a madera vieja. Parte de la bóveda llegó a hundirse en el siglo XIX y se volvió a levantar con aportaciones del propio pueblo, algo que aquí todavía se recuerda. Si te fijas en los sillares o en los pilares del crucero, verás que no todo es exactamente igual: hay manos distintas detrás de esa reconstrucción.
El cerro de la Virgen de la Cabeza
A las afueras, en lo alto de un cerro, está la ermita de la Virgen de la Cabeza. El viento allí arriba corre más limpio. Desde la explanada se alcanza a ver cómo el Cabriel serpentea entre las hoces y cómo las casas del término aparecen muy separadas unas de otras, pegadas a los bancales.
La ermita tiene ese aspecto de los edificios que han pasado muchos inviernos: yesos que se descuelgan en láminas finas, paredes marcadas por el humo de velas y romerías. Tradicionalmente, a finales de abril, la gente del pueblo sube caminando hasta aquí.
Desde el cerro sale un sendero señalizado que baja hacia el río. El paseo se reconoce primero por el olor: tomillo aplastado bajo las suelas, romero seco, tierra caliente si vas en primavera avanzada. Cuando el camino se abre y aparece el Cabriel, el aire cambia de golpe. Huele a agua fría, a musgo y a piedra pulida. En verano mucha gente de la zona busca aquí el frescor que no encuentran en las calles del pueblo a mediodía.
Si vienes en julio o agosto, conviene bajar temprano. A partir de media mañana el sol cae fuerte y casi no hay sombra.
El gazpacho que aquí es otra cosa
A mediodía, Casas Ibáñez huele a guiso. El gazpacho manchego no tiene nada que ver con el del sur: se prepara con carne de caza —conejo o liebre según la casa— tomate y torta de pan que se rompe dentro del caldo hasta dejarlo espeso.
En algunas cocinas todavía se usa puchero de barro. Es el mismo recipiente donde se hacían las gachas de almorta en invierno, cuando el campo daba poco más que trabajo duro y leña de encina.
Los sábados por la mañana el mercado municipal se llena de olor a queso de cabra antes incluso de entrar. Los quesos suelen llegar envueltos en hojas o papel, con ese aroma ácido que se queda en las manos. También aparece el morteruelo, una pasta caliente de carne de caza y especias que aquí se come sobre pan tostado.
Cuando llega agosto
En agosto el pueblo cambia de ritmo. Durante los días de feria la zona de la plaza de toros se llena de gente desde media tarde, con el murmullo continuo de conversaciones y música que llega desde las calles cercanas. Desde fuera solo se oye una masa de voces que sube y baja según lo que pase dentro.
Si prefieres ver Casas Ibáñez con más calma, abril suele ser buen momento. Coincide con la romería que sube hasta la ermita: el camino se llena de grupos andando despacio, con flores en las manos y botellas de agua en la mochila. Muchas mujeres siguen vistiendo de negro para la subida, aunque debajo asomen zapatillas deportivas porque el cerro tiene tramos empinados.
Atardecer en los cerros
Cuando el sol baja por detrás del cerro San Jorge, los antiguos chozos de piedra y barro toman un tono rojo oscuro. Están orientados al sur, como mandaba la lógica del campo, para aprovechar el calor del día. Las puertas son bajas y el interior guarda el olor de la tierra cocida y del humo si alguien ha encendido fuego.
A esa hora también vuelve el sonido de los tractores desde los viñedos de bobal. Primero se oye muy lejos, como un zumbido, y luego pasa por algún camino cercano levantando un poco de polvo.
Un detalle práctico antes de venir
Los fines de semana de verano el pueblo se llena bastante, sobre todo por la noche. Si buscas pasear con más tranquilidad por el centro o acercarte al río, entre semana o a primera hora de la mañana todo resulta más llevadero.
También merece la pena acercarse al mirador que hay en lo alto del término —forma parte de la red de observación del cielo nocturno de la zona—. Una hora antes del amanecer suele ser el momento más silencioso: las luces de las casas se van apagando poco a poco y el valle del Cabriel empieza a aclararse por el este.
Casas Ibáñez se entiende mejor así, sin prisa: sentado un rato en la plaza, caminando hacia el río o mirando cómo cae la tarde sobre los viñedos. El resto llega solo.