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sobre Castellar de Santiago
Municipio serrano rodeado de olivares y encinas; conocido por sus fiestas de fuego y tradiciones populares arraigadas
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A primera hora de una mañana fría de febrero, la luz entra con un tono gris azulado sobre los campos de cereal que rodean Castellar de Santiago. La calle Mayor todavía está medio vacía. Alguna persiana se levanta despacio y, desde lejos, llega el sonido irregular de un tractor que ya anda por el campo. En las copas de los olivos se mueven los jilgueros. El resto es silencio.
Castellar de Santiago, en el Campo de Montiel, se levanta a algo más de ochocientos metros de altitud, en una zona de llanura abierta donde el horizonte siempre queda lejos. Aquí viven poco más de mil setecientas personas y el ritmo del pueblo sigue bastante ligado al campo: cereal, olivar y las tareas que van marcando las estaciones.
El pueblo alrededor de la iglesia
En el centro del casco urbano aparece la iglesia parroquial dedicada a Santiago Apóstol. El edificio empezó a levantarse hacia finales del siglo XVI y todavía conserva ese aire sólido de las iglesias manchegas: muros gruesos, piedra oscurecida por el tiempo y una fachada sin demasiados adornos. En el interior hay retablos y tallas que suelen fecharse en siglos posteriores, fruto de añadidos y restauraciones que se fueron haciendo con el paso de los años.
Alrededor de la iglesia, las calles se estrechan un poco y el pueblo se vuelve más recogido. Casas encaladas, algunas con zócalos de piedra, rejas de hierro algo gastadas y portones de madera que han visto muchos inviernos. No hay grandes edificios ni plazas monumentales. Lo que aparece es más cotidiano: patios interiores, macetas que se asoman por los balcones y el eco de las conversaciones que rebotan entre fachadas cuando cae la tarde.
Caminar por aquí funciona mejor sin rumbo fijo, simplemente siguiendo las calles que bajan o giran alrededor de la parroquia.
Caminos entre cereal, encinas y olivares
El paisaje alrededor de Castellar de Santiago es el del Campo de Montiel más abierto. Parcelas amplias de cereal, manchas de encinar y olivares que se reparten en las zonas algo más onduladas. En verano todo vira a un amarillo muy intenso; en primavera el verde dura poco, pero durante unas semanas el contraste con la tierra rojiza es muy marcado.
Desde las afueras salen varios caminos agrícolas que usan tanto los vecinos como quienes salen a caminar o a pedalear. No son rutas señalizadas en todos los casos, sino pistas de tierra que atraviesan fincas de cultivo y zonas de pasto. Conviene llevar agua y evitar las horas centrales en los meses de más calor: aquí la sombra escasea y el sol cae de lleno.
A cambio, el cielo se ve enorme. Al amanecer y al atardecer la luz cambia rápido y aparecen rapaces planeando sobre los campos.
Lo que se come cuando llega el frío
En muchas casas del pueblo siguen preparándose platos muy ligados a la cocina manchega de siempre. Las gachas hechas con harina de almorta, el pisto con tomate bien maduro o las migas aparecen con frecuencia cuando bajan las temperaturas. Son comidas pensadas para jornadas largas de trabajo.
El queso manchego y los productos del cerdo forman parte de esa misma tradición doméstica. Y cuando llega el otoño, algunos vecinos salen a los encinares cercanos a buscar níscalos si la temporada viene buena. No todos los años ocurre con la misma abundancia, pero cuando llueve lo suficiente, los pinares y encinas de la zona suelen dar alguna sorpresa.
Fiestas que cambian el ritmo del pueblo
El calendario festivo gira sobre todo alrededor de Santiago Apóstol, patrón del municipio, cuya celebración suele concentrar procesiones y actos populares en pleno verano. Son días en los que las calles se llenan más de lo habitual y las familias que viven fuera regresan al pueblo.
En agosto también se organizan verbenas y actividades que alargan la vida del pueblo hasta bien entrada la noche, algo que se agradece cuando el calor aprieta durante el día. La Semana Santa mantiene procesiones pausadas por las calles principales, acompañadas por cantos tradicionales que todavía conservan algunos vecinos mayores.
También se celebra San Roque en verano, con un ambiente más cercano, de barrio y reuniones entre conocidos.
Cómo llegar y cuándo merece más la pena
Castellar de Santiago queda en el sureste de la provincia de Ciudad Real, dentro del Campo de Montiel. Se llega por carreteras comarcales que atraviesan campos de cultivo y enlazan con pueblos como Villanueva de los Infantes o Montiel, ambos a poca distancia y con más patrimonio histórico.
El pueblo se recorre bien a pie y sin prisa. Si se busca tranquilidad, los meses de otoño y primavera suelen ser más agradables para caminar por los alrededores. En julio y agosto el calor puede ser muy intenso a mediodía, así que conviene moverse temprano o esperar a que caiga la tarde.
Castellar de Santiago no gira alrededor del turismo. La vida aquí sigue teniendo más que ver con el campo que con las visitas de fin de semana. Y precisamente por eso, cuando uno llega temprano y las calles aún están medio vacías, se entiende mejor cómo funciona este rincón del Campo de Montiel.