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sobre Caudete
Villa fronteriza con influencia levantina; famosa por sus fiestas de Moros y Cristianos y su castillo
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Caudete es como ese primo que tiene la casa en la frontera de tres comunidades: siempre está en medio de todo, pero nadie le visita hasta que un día te das cuenta de que está ahí. El turismo en Caudete tiene un poco de eso. Mucha gente pasa cerca —camino de Alicante, de Valencia o de La Mancha más profunda— y no se desvía. Y, sin embargo, el pueblo lleva siglos siendo lugar de paso. Aquí han ido dejando capa sobre capa de historia desde tiempos bastante antiguos.
El castillo que fue de todo menos castillo
Subir al castillo es un poco como colarse en un sitio donde nadie te da demasiadas instrucciones. Llegas, miras las murallas, la torre… y te preguntas qué parte estás viendo exactamente.
Porque lo que queda no responde del todo a la idea típica de castillo medieval. A lo largo del tiempo ha sido de todo: espacio militar, cementerio parroquial durante una época, cuartel de la Guardia Civil… incluso lugar donde se guardó la imagen de la Virgen de Gracia durante siglos, según cuenta la tradición local.
Desde la torre entiendes rápido por qué el cerro importaba. Tienes delante el corredor natural hacia el Vinalopó y los pasos que conectan con la sierra de Almansa. Hoy solo ves carreteras y campos, pero durante mucho tiempo controlar este punto significaba vigilar quién entraba y quién salía de la zona.
Moros y cristianos a la manera de Caudete
Las fiestas de septiembre son el momento en que el pueblo cambia de ritmo. Caudete ronda los diez mil habitantes, pero durante esos días parece bastante más grande.
El centro de todo son los llamados Episodios Caudetanos, una representación que mezcla teatro e historia local. Se llevan haciendo desde hace siglos —los vecinos suelen decir que desde principios del XVII— y el guion prácticamente no ha cambiado. Es curioso verlo porque no tiene el aire de espectáculo montado para turistas: participan sobre todo vecinos del pueblo y se nota que lo viven como algo propio.
Luego están los Ruedos de Banderas, que son de esas tradiciones que intentas entender preguntando y cada persona te da una explicación distinta. Si no has crecido allí, lo normal es quedarse mirando y asumir que hay reglas que solo maneja la gente del lugar.
Pasear siguiendo el Vinalopó
Si te apetece estirar las piernas, una de las rutas más habituales por la zona sigue el curso del Vinalopó. Empieza cerca del pueblo y se va alejando entre campos.
No esperes un río caudaloso. En muchos tramos el agua apenas aparece o depende mucho de la época del año. Aun así, el paseo tiene su gracia porque atraviesa huertas, almendros y zonas bastante tranquilas. En primavera, cuando los almendros están en flor, el paisaje cambia bastante y el camino gana puntos.
Es el típico paseo que haces sin prisa: un rato andando, parar a mirar la sierra al fondo y volver cuando el sol ya empieza a caer.
Un pueblo entre varias identidades
Caminar por Caudete tiene ese pequeño desconcierto de los sitios de frontera. Hay detalles que recuerdan a Aragón, otros a Castilla y otros al Levante.
Durante varios siglos perteneció al Reino de Aragón, y algo de eso todavía se intuye en la arquitectura de algunas casas antiguas o en ciertos apellidos. Pero al mismo tiempo estás en Castilla‑La Mancha, y el ambiente del pueblo también tiene mucho de la provincia de Albacete.
Incluso en la forma de hablar se nota esa mezcla. Hay gente que entona ciertas frases con un aire que recuerda al valenciano y, al minuto, está usando expresiones muy manchegas.
La conclusión, siendo honesto: Caudete no es el lugar al que vienes buscando el pueblo más bonito de la provincia ni un monumento espectacular que justifique medio día de coche. Pero sí tiene algo que se agradece cuando viajas mucho por pueblos: vida normal. Gente haciendo la compra, plazas donde los vecinos se conocen y la sensación de que aquí las cosas siguen su ritmo de siempre.
Y a veces eso —cuando llevas varios días de ruta— vale más que cualquier mirador con foto obligatoria.