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sobre El Bonillo
Villa monumental con un campo de golf natural; posee un rico patrimonio religioso y civil en el Campo de Montiel
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Hablar de turismo en El Bonillo exige empezar por el paisaje. El pueblo aparece en la llanura del Campo de Montiel como una ligera elevación en medio de la estepa cerealista, a unos 900 metros de altitud. Desde lejos se reconoce por la torre de la iglesia de Santa Catalina, que domina un horizonte casi plano. No es casualidad: durante siglos cualquier cerro en esta parte de La Mancha servía al mismo tiempo de refugio, de punto de vigilancia y de referencia en el territorio.
A primera hora de la mañana el campo suele oler a tomillo y a tierra removida. Los tractores salen temprano y, si el día está claro, no es raro ver avutardas levantando el vuelo entre los sembrados. El Bonillo queda al fondo, sobre su cerro, como un punto fijo en medio de esa extensión abierta.
Tres aldeas que terminaron compartiendo cerro
La fundación del pueblo responde bastante bien a la lógica medieval del territorio. En esta zona del Campo de Montiel existían pequeños asentamientos dispersos —Sotuélamos, San Miguel de Susaña y Santa Catalina— que acabaron agrupándose en un lugar más defendible conocido como Cerro Bueno.
La reorganización llegó tras la conquista cristiana de la comarca. Alfonso VIII otorgó carta puebla a comienzos del siglo XIII, poco después de la toma de Alcaraz. No fue un gesto altruista: hacía falta gente que trabajara la tierra y mantuviera poblada una frontera todavía inestable.
La estructura del casco antiguo sigue recordando ese origen. La iglesia de Santa Catalina se sitúa en la parte más alta y las calles descienden hacia las antiguas zonas de eras y corrales. La torre, con su conocida escalera de caracol sin eje central —un tipo constructivo poco habitual— sugiere además una función de vigilancia. Desde arriba se controla bien el camino que conecta esta parte del Campo de Montiel con Lezuza y Alhambra, una vía que probablemente sigue trazados mucho más antiguos.
Lagunas de estepa y grandes aves
El paisaje alrededor de El Bonillo parece vacío a primera vista, pero no lo está. En primavera las lluvias llenan pequeñas depresiones conocidas localmente como navajos: lagunas endorreicas que aparecen y desaparecen según el año. Cuando hay agua, concentran bastante vida.
Se ven cigüeñuelas, fochas y otras aves acuáticas, y en los campos de cereal cercanos se mueve una de las poblaciones más importantes de avutarda de la provincia. La amplitud del terreno y la escasa presencia de arbolado favorecen a estas especies de estepa, motivo por el que buena parte del término municipal está incluido en una zona de protección para aves.
El viento, constante en esta meseta, también ha dejado su huella reciente. En los alrededores se han instalado varios parques eólicos y plantas solares que forman ya parte del paisaje cotidiano. Los vecinos suelen resumirlo con una frase bastante repetida: los molinos actuales no muelen grano, pero producen electricidad.
El sabinar del Campo de Montiel
A unos kilómetros del pueblo, en dirección a Ossa de Montiel, aparece un paisaje inesperado: un sabinar de sabina albar. Se considera uno de los enclaves más meridionales donde esta especie aparece de forma natural.
Algunos ejemplares tienen varios siglos y crecen con formas retorcidas, adaptadas a un suelo pobre y a veranos muy secos. La senda señalizada que recorre el sabinar es corta y se hace sin dificultad, aunque conviene llevar calzado cerrado: la resina de la sabina mancha con facilidad.
Cuando el viento se detiene —algo que no siempre ocurre aquí— el lugar queda en un silencio bastante particular, roto solo por insectos y por el crujido de las ramas.
Cocina de campo
La cocina local responde a lo que tradicionalmente ha dado el entorno: cereal, caza menor y productos de matanza.
El gazpacho pastor —diferente del andaluz— es un caldo caliente con pimentón y carne de caza cuando la hay, espesado con torta o pan duro. El tiznao mezcla bacalao desalado con patatas y ajos tiernos. Y en invierno aparecen las gachas de harina con panceta o chorizo, que se comen directamente de la sartén.
También se elaboran quesos tiernos de leche de oveja manchega que se consumen jóvenes, antes de que desarrollen una corteza más dura. En ellos suele notarse el sabor del pasto seco de la estepa.
Una Semana Santa muy sonora
La Semana Santa de El Bonillo tiene un rasgo que se reconoce enseguida: el protagonismo de los tambores y las cornetas. Varias bandas locales acompañan las procesiones y el sonido se amplifica en las calles en pendiente del casco antiguo.
La tradición parece consolidarse en el siglo XIX, aunque con el tiempo ha ido ganando participación vecinal. El recorrido suele pasar por la plaza de la Constitución y llega hasta la capilla del Cristo de los Milagros, un pequeño edificio levantado en el siglo XVII según la tradición local, vinculado a un episodio milagroso que aún se recuerda en el pueblo.
Qué ver y cómo moverse por el pueblo
Desde la ciudad de Albacete el trayecto por carretera ronda la hora. El Bonillo no tiene estación de tren y el transporte público es limitado, así que lo más práctico sigue siendo llegar en coche.
El casco urbano se recorre sin prisa en una tarde. Merece la pena subir hasta la iglesia de Santa Catalina para entender la posición del pueblo sobre el cerro. Cerca se encuentra el pequeño museo parroquial, donde se conserva un “Cristo abrazado a la Cruz” que algunos estudiosos han relacionado con el entorno del Greco, aunque la atribución no está completamente clara.
En los alrededores hay varias rutas señalizadas. La de las lagunas atraviesa terreno llano y en primavera tiene bastante movimiento de aves. La del sabinar permite acercarse a ese bosque disperso de sabinas. También se menciona en la zona el llamado Camino de Aníbal, que sigue tramos de una antigua calzada romana que atravesaba el Campo de Montiel.
El campo de golf municipal, con nueve hoyos, se encuentra a las afueras. Entre semana suele estar tranquilo. Desde algunos puntos del recorrido, al caer la tarde, el pueblo vuelve a aparecer como al principio: un cerro aislado vigilando la llanura. Un buen resumen de por qué El Bonillo está exactamente donde está.