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sobre Fuensalida
Capital del calzado y el vino; villa dinámica con importante industria y patrimonio
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A las dos de la tarde, cuando el sol cae justo en el centro de la plaza Mayor, las cigüeñas dejan de moverse. Se quedan quietas en sus nidos, como si también ellas respetaran la hora de la siesta. Debajo, en una de las terrazas de la plaza, el café se enfría en las tazas mientras la gente mira sin prisa la fachada del Palacio de los Condes.
El turismo en Fuensalida casi siempre empieza así: con un rato sentado en la plaza, viendo pasar el día.
El olor a tomate asado y el sabor de un pueblo que no se vende
En Fuensalida no hace falta preguntar mucho qué se está cocinando. Algunas mañanas, cuando las persianas empiezan a subir y las cocinas se ponen en marcha, el aire trae un olor dulzón que no es solo pan tostado. Es tomate asado.
Muchos aquí lo mezclan con bacalao desmigado, aceite de oliva y algo de comino. Lo llaman tiznaíto o tiznao, según quién lo prepare. Se sirve frío o templado y suele aparecer en mesas familiares, sobre todo cuando hay pan reciente para mojar.
La primera vez desconcierta un poco. Luego empiezas a entender por qué se repite tanto en las casas.
En invierno llegan platos más contundentes. Las gachas manchegas aparecen en muchas reuniones familiares, espesadas con harina de almorta y con tropezones de carne o embutido. A veces se les rompe un huevo encima, aunque no en todas las casas se hace igual.
El palacio que sigue teniendo vida
El Palacio de los Condes de Fuensalida domina la plaza con su fachada de ladrillo rojizo y piedra clara. Los arcos se repiten uno tras otro en la planta baja, y cuando el sol de la tarde entra de lado el color del ladrillo se vuelve más oscuro, casi tostado.
El edificio no funciona como museo. Sigue teniendo uso institucional, así que no siempre se puede entrar. Si la puerta está abierta o hay movimiento dentro, a veces permiten asomarse al patio. Otras veces no. Conviene tomárselo con calma y no darlo por hecho.
La plaza Mayor es amplia, más de lo que uno espera en un municipio de este tamaño. Incluso cuando hay mercado o más gente de lo habitual, queda espacio libre. Los bancos suelen ocuparse por los mismos vecinos cada día, y los niños cruzan la plaza corriendo de un lado a otro.
En una esquina está la fuente que dio nombre al pueblo. Tradicionalmente se decía que su agua, algo salobre y con olor mineral, ayudaba a aliviar molestias de estómago. Hoy casi nadie la bebe, pero sigue manando.
Salir del casco urbano y caminar un poco
Fuensalida también se entiende mejor cuando se sale a los caminos que rodean el pueblo. Entre olivares y viñedos hay varias pistas agrícolas por las que se puede caminar o ir en bicicleta.
Una de las rutas más habituales entre vecinos recorre la vega en un circuito de unos cuantos kilómetros. En septiembre, cuando la vendimia está en marcha, el aire a veces trae olor a mosto y a uva recién cortada.
Hacia el lado de Portillo discurre un camino largo y bastante recto que aprovecha el trazado de una antigua línea ferroviaria. El firme es de tierra compacta y se puede recorrer sin dificultad, aunque en verano conviene llevar agua: la sombra aparece a ratos y el sol cae con fuerza.
Cuando el viento baja por los campos de cereal se oye antes de verlo, como un roce continuo entre las espigas.
Fiestas que se notan en la calle
Las celebraciones más importantes del pueblo se reparten entre invierno y finales de verano.
A comienzos de febrero suele celebrarse San Blas. Por la mañana hay actos religiosos y, ya por la tarde, la plaza se llena de gente que se queda charlando mientras se reparten dulces y algo caliente para beber. Si el tiempo se tuerce —cosa bastante habitual en esas fechas— los soportales de la plaza hacen de refugio improvisado.
Las fiestas patronales llegan en septiembre y duran varios días. Las procesiones recorren el centro del pueblo y muchas familias salen vestidas de forma más formal que de costumbre. Entre medias hay música por la noche, reuniones en peñas y concursos de comida que terminan con grandes ollas de caldereta.
Son días ruidosos y muy de calle, con la plaza funcionando casi como sala de estar colectiva.
Cómo llegar y cuándo ir con más calma
Fuensalida está a unos treinta minutos en coche de Toledo, por carreteras comarcales que atraviesan campos abiertos. Aparcar cerca de la plaza suele ser sencillo si no coincide con algún acto o día de mercado.
El calor del verano en esta parte de la provincia aprieta de verdad. En julio y agosto el suelo de la plaza guarda el calor hasta bien entrada la noche, así que si vienes en esos meses se agradece salir temprano por la mañana o esperar a última hora de la tarde.
Durante algunos fines de semana festivos el pueblo cambia bastante: llegan visitantes de otros municipios y la plaza se llena más de lo habitual. Si lo que buscas es ver el ritmo diario, mejor un día entre semana, cuando el ruido principal vuelve a ser el de las campanas y el de las cigüeñas acomodándose en los campanarios.