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sobre Illescas
Capital de La Sagra y gran centro logístico; alberga obras de El Greco en el Santuario de la Caridad
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A las cuatro de la tarde, cuando el calor de La Sagra aprieta de verdad, la iglesia de Santa María guarda una sombra espesa que huele a piedra templada y a cera vieja. La luz entra por los huecos altos y se rompe en el alfarje, dejando manchas doradas sobre el ladrillo rojo. En un rincón, casi siempre hay alguien mirando hacia arriba sin saber muy bien qué está viendo. En Illescas pasa a menudo: la gente llega buscando a El Greco, cruza la plaza deprisa y apenas se fija en lo que tiene alrededor.
Si te agachas junto al antiguo acceso del pórtico se ven mejor los dibujos del ladrillo mudéjar. Están ahí desde hace siglos, discretos.
El Greco y el cardenal que miraba lejos
El hospital de la Caridad se fundó a comienzos del siglo XVI por iniciativa del cardenal Cisneros. Los cuadros de El Greco llegaron bastante después, cuando el pintor ya estaba en los últimos años de su vida. En el interior se conservan varios lienzos relacionados con la Virgen de la Caridad. El más grande ocupa el retablo mayor.
La sala suele mantenerse en una luz bastante tenue para proteger la pintura. Si te acercas despacio, los colores aparecen poco a poco: los azules fríos del fondo, los rojos oscuros de las túnicas. En una de las escenas se reconoce el rostro del propio pintor, algo cansado, mirando hacia el espectador.
A principios de junio la imagen de la Virgen de la Caridad baja en procesión desde su santuario. Durante esos días el ritmo del pueblo cambia y en el hospital suelen cubrir los cuadros con telas.
Cinco siglos de ladrillo y cal
La torre de Santa María —aquí muchos la llaman La Giraldilla— se ve desde casi cualquier punto del casco antiguo. Subir implica una escalera estrecha de madera, con los peldaños suavizados por décadas de pisadas. A mitad de camino suele colarse el ruido de las palomas que anidan entre las vigas.
Arriba la vista se abre hacia la llanura de La Sagra. Con buena visibilidad se distingue la línea de la autovía que va hacia Madrid y los campos de cultivo que rodean el municipio.
La calle Real conserva varias casas grandes de los siglos XVII y XVIII. Algunas muestran el ladrillo bajo la cal, desconchada por el sol y los inviernos secos. El ayuntamiento ocupa un edificio que antiguamente fue cárcel; todavía se reconocen las rejas gruesas en las ventanas bajas.
Si pasas temprano, sobre las ocho o así, el centro está tranquilo. Se oye el vuelo pesado de las cigüeñas del campanario y el sonido metálico de las persianas al levantarse.
Aceite nuevo y cocina de casa
La comarca sigue muy ligada al olivar. En temporada de molienda, el aceite recién prensado sale turbio y de un verde intenso, con ese picor en la garganta que delata que es nuevo.
En muchas casas todavía se cocina con recetas que vienen del campo. Cuando llega el frío aparecen platos de cuchara contundentes, como el gazpacho manchego —que aquí no tiene nada que ver con el andaluz— preparado con carne de caza y trozos de torta de pastor que se empapan en el caldo.
El pan suele llegar a la mesa sin que nadie lo pida, todavía tibio algunas mañanas.
Cuándo ir y qué evitar
A comienzos de junio, con las fiestas patronales, Illescas se llena bastante más de lo habitual. Hay procesiones y ambiente en la calle; si prefieres verlo con tranquilidad, conviene esperar unos días a que todo vuelva a su ritmo normal.
En verano el centro se queda muy quieto a mediodía. La plaza de los Infanzones tiene poca sombra y el sol cae a plomo sobre el pavimento claro.
Los martes suele montarse mercadillo en la zona habitual. Y si vienes en coche, lo más práctico suele ser dejarlo en alguna de las áreas amplias cerca de los accesos al pueblo y entrar andando al casco antiguo: en pocos minutos estás en la plaza y te ahorras dar vueltas buscando hueco.