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sobre Iniesta
Importante centro vitivinícola y de servicios; rico patrimonio arqueológico y religioso
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Las campanas de la Asunción dan las ocho cuando el sol todavía no ha terminado de levantarse sobre los campos que rodean Iniesta. A esa hora la plaza aún está medio en sombra. De una panadería cercana sale olor a horno encendido y a pan recién hecho, ese crujido seco de la corteza cuando alguien lo parte sobre el mostrador. Un hombre mayor entra con la boina todavía calada y pide “un gazpacho para llevar”, aunque todavía no ha desayunado. Aquí el gazpacho no tiene tomate: es de conejo, de perdiz, de lo que haya dado el monte o el corral.
El sabor de la Manchuela
El gazpacho pastoril se cocina despacio en muchas casas de Iniesta, con un caldo espeso de ajo, aceite y pimentón donde la carne acaba deshaciéndose. Tradicionalmente se hacía en invierno, cuando había más caza y las jornadas en el campo pedían comida contundente, aunque hoy aparece en la mesa en cualquier época.
La secuencia suele ser la misma: primero el sofrito en aceite de la zona, luego la carne —conejo, perdiz, a veces liebre— y al final los trozos de torta o pan ácimo que absorben el caldo. Es un plato que se come directamente de la sartén grande, cada uno desde su lado.
En una taberna del centro, un hombre de unos setenta años me cuenta cómo su madre preparaba el morteruelo: “Majaba la carne en un mortero de piedra hasta dejarla fina, casi como una pasta. Luego venían las especias y un poco de grasa para que ligara”. El resultado es intenso y oscuro, de esos sabores que recuerdan a la cocina de caza.
El queso de oveja de la zona suele ser más seco que en otras partes de Castilla-La Mancha, con aromas que recuerdan a tomillo o romero cuando la leche viene de rebaños que pastan en monte bajo. Y la miel —sobre todo la de tomillo o romero— tiene ese color ámbar denso que en abril perfuma media despensa.
La piedra que cuenta historias
El casco antiguo de Iniesta se extiende por la ladera sin demasiada geometría. Calles que suben y bajan, casas de piedra clara y algunas fachadas con escudos ya muy gastados por el sol. El Ayuntamiento conserva en su fachada unas grisallas antiguas asociadas a la época de Felipe II; están desvaídas, casi borradas, pero aún se intuye la silueta entre los tonos grises.
En la parte alta queda la torre del antiguo castillo, aislada sobre el cerro. El origen del recinto es medieval, aunque el lugar fue ocupado mucho antes. Desde arriba la vista se abre hacia la Manchuela: campos rojizos y ocres que cambian de color según la estación.
A Iniesta también se la ha relacionado con Don Enrique de Villena, personaje del siglo XV al que durante siglos se le atribuyeron estudios de alquimia y astrología. La tradición local dice que trabajó aquí durante un tiempo. Son historias que circulan entre archivos, libros y conversaciones de bar, mezclando historia con un poco de leyenda.
La plaza de toros tiene algo particular: está excavada en la roca. Desde fuera apenas se intuye el hueco, pero al entrar aparecen las gradas de piedra descendiendo hacia el ruedo. Bajo parte del graderío hay antiguas viviendas excavadas, cuevas que durante años estuvieron habitadas. Algunas aún conservan ventanas pequeñas con cortinas que apenas dejan pasar la luz.
El tiempo de las eras
En mayo, cuando la Virgen de Consolación baja desde su santuario, el ambiente cambia durante unos días. El camino se llena de romero cortado y el olor a cera aparece en cada esquina. La procesión avanza despacio por las calles de Iniesta, con trajes de fiesta y mantillas negras. Aunque sea primavera, el calor suele sentirse ya con fuerza a mediodía.
La Semana Santa aquí tiene momentos muy silenciosos. Hay procesiones en las que apenas se oye nada más que los pasos sobre la piedra y el roce de las túnicas. Cuando cae la noche, las antorchas dibujan sombras largas en las paredes blancas.
En agosto el pueblo se transforma. Regresa mucha gente que vive fuera y las calles vuelven a llenarse de voces conocidas. Las noches se alargan, las sillas salen a las puertas de las casas y el olor de las parrillas aparece en más de una esquina. Las fiestas giran en torno a mediados de mes, cuando la Virgen vuelve a salir en procesión.
Cuándo ir y qué evitar
La primavera suele ser uno de los momentos más agradables para recorrer Iniesta y los caminos cercanos. En abril los almendros florecen y durante unos días el paisaje se vuelve blanco rosado. Si ha llovido, conviene llevar buen calzado: la tierra rojiza de la Manchuela se pega a las suelas con facilidad.
Agosto es otra historia. Hay ambiente y movimiento, pero también más ruido y más coches buscando dónde aparcar. Quien prefiera caminar con calma por el casco antiguo o acercarse a los cerros de alrededor quizá disfrute más viniendo en días de entre semana fuera de las fiestas.
Uno de los paseos habituales desde el pueblo lleva hacia el Cerro Gil, donde se localiza un yacimiento íbero. Conviene subir temprano en verano: el sol cae con fuerza sobre las laderas abiertas. Desde arriba se ve la comarca entera, un mosaico de cereal, viña y monte bajo.
Entre los hallazgos del lugar apareció un mosaico relacionado con la diosa Astarté, hoy protegido bajo una cubierta. No es fácil imaginar la vida que hubo aquí hace más de dos mil años, pero el cerro ayuda: viento constante, horizonte amplio y esa sensación de estar mirando el mismo paisaje que ya veían quienes vivían aquí mucho antes que nosotros.