Artículo completo
sobre Albares
Localidad de tradición agrícola con casonas solariegas; cuna de personajes ilustres
Ocultar artículo Leer artículo completo
A media mañana, cuando el sol ya rebota en las fachadas claras de la plaza, el interior de la iglesia de San Esteban queda en penumbra fresca. Afuera se oye algún coche pasar despacio y, de fondo, el ruido seco de una persiana que se levanta. El turismo en Albares empieza así, sin estridencias: con luz fuerte en la calle y silencio dentro de los muros.
Albares está en La Alcarria, en la provincia de Guadalajara, y ronda los seiscientos habitantes. El ritmo se nota enseguida. A ciertas horas apenas hay movimiento, salvo algún vecino cruzando la plaza o un tractor que entra desde los caminos del campo.
Calles cortas, piedra y sombra
El casco urbano no es grande y se recorre andando en poco rato, aunque merece la pena hacerlo despacio. Las calles se retuercen un poco entre casas de mampostería, con portones anchos y tejados de teja vieja que en verano concentran el calor del mediodía.
Si caminas temprano —antes de que el sol caiga del todo— aparecen pequeños detalles: una pared con la piedra gastada por los años, macetas apoyadas en el alféizar, el eco de pasos en un callejón que desemboca de golpe en la plaza.
En muchos muros todavía se ven sillares bien cortados en las esquinas, algo bastante común en los pueblos alcarreños donde la piedra local ha marcado la arquitectura durante siglos.
La iglesia y la plaza
La iglesia de San Esteban domina el centro del pueblo. Su silueta se reconoce desde varias calles porque sobresale por encima de los tejados. La fachada es sobria, de esas que no llaman la atención por adornos sino por proporción y por la pátina que deja el tiempo en la piedra.
Dentro suele mantenerse una temperatura fresca incluso en agosto, algo que se agradece después de caminar por la plaza cuando el suelo ya irradia calor.
La plaza, más que monumental, funciona como punto de paso. A determinadas horas del día se concentran aquí las conversaciones cortas, el ir y venir de los vecinos y ese murmullo bajo que tienen los pueblos pequeños.
Campos abiertos alrededor del pueblo
Basta salir un poco del núcleo para encontrarse con el paisaje típico de La Alcarria: lomas suaves, parcelas de cereal y caminos de tierra que se abren entre los cultivos. En primavera el campo cambia rápido, con verdes muy vivos que duran pocas semanas. Hacia junio el color vira al dorado y el aire empieza a oler a rastrojo seco.
Aquí y allá aparecen encinas aisladas, algún olivo y almendros dispersos. No es un paisaje espectacular en el sentido más evidente, pero tiene esa amplitud tranquila de la meseta alcarreña.
Varios caminos agrícolas parten desde los bordes del pueblo. No suelen estar señalizados como rutas formales, pero son transitables a pie o en bicicleta si se camina con respeto por las fincas.
Caminos sencillos para andar sin prisa
Quien quiera caminar un rato puede seguir cualquiera de esos caminos que salen hacia los campos. No hay grandes desniveles y el horizonte siempre queda abierto. A lo lejos se oyen perros, algún motor agrícola o el zumbido constante de los insectos en verano.
Conviene llevar agua si se sale en los meses más calurosos. La sombra escasea y el sol de La Alcarria cae con fuerza a partir del mediodía.
Primera hora de la mañana o el final de la tarde suelen ser los momentos más agradables para andar por aquí.
Sabores que siguen ligados al campo
La cocina local sigue muy ligada a lo que se ha cultivado o criado en la zona durante generaciones. Platos contundentes, pensados para jornadas largas de trabajo: migas, guisos de cordero, embutidos elaborados de forma tradicional en invierno.
En varios pueblos de la comarca —también en Albares— la miel tiene presencia desde hace tiempo gracias a los colmenares que se reparten por los campos. Es una miel oscura, con aroma a plantas de monte bajo y flores silvestres, bastante característica de la Alcarria.
Cuándo acercarse a Albares
Los meses de primavera y otoño son probablemente los más agradables para pasear por el pueblo y sus alrededores. El campo cambia de color y las temperaturas permiten caminar sin demasiado esfuerzo.
En pleno verano el calor aprieta, sobre todo a partir del mediodía. Si vienes en julio o agosto, lo mejor es moverse temprano por la mañana o esperar a que la luz empiece a caer por la tarde, cuando las paredes de piedra recuperan algo de sombra y el pueblo vuelve a abrirse a la calle.