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sobre Brihuega
Conocida como el Jardín de la Alcarria; famosa por sus campos de lavanda y patrimonio
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A eso de las seis de la tarde, cuando el sol cae de lado sobre los campos de lavanda, el aire cambia. Huele a algo entre medicina suave y miel caliente. Desde el castillo, la vega del Tajuña se abre abajo como un mosaico de verdes y violetas que se va apagando según baja la luz. En el pueblo empiezan a oírse las fuentes: la de la Mora gotea con paciencia, la de la Calleja corre más viva, la de la Cerca deja un regusto mineral en la boca.
El olor de los siglos
Brihuega huele a lana mojada cuando llueve. Es un olor que muchos vecinos asocian todavía a la antigua Real Fábrica de Paños, un edificio enorme de piedra levantado en el siglo XVIII. Durante generaciones se trabajó allí con telares movidos por la fuerza del agua del Tajuña. Hoy el interior tiene otros usos y el silencio es distinto, pero en los pasillos largos todavía queda esa sensación de fábrica antigua, húmeda y fría incluso en verano.
El casco viejo se agarra a la roca con calles que suben y bajan sin mucho orden. Hay tramos donde apenas caben dos personas cruzándose. Bajo varias casas se excavaron cuevas hace siglos; algunas sirvieron para guardar grano, otras para mantener vino y aceite a temperatura constante. En ciertas cuestas del centro todavía se ven puertas bajas que dan a esos espacios subterráneos. Cuando están abiertas, sale un olor claro a tierra húmeda.
Cuando las campanas marcan el ritmo
En agosto las campanas de la iglesia de Santa María de la Peña se oyen más que de costumbre. Coincide con las fiestas del pueblo y con los encierros por las calles del casco antiguo, que aquí son estrechas y con bastante pendiente. La gente se coloca en portales, en balcones o en los soportales de la plaza. Cuando suena el cohete, lo primero que se escucha es el eco de las pezuñas contra la piedra.
Durante esos días el pueblo cambia de ritmo. Las mesas salen a la calle, aparecen cazuelas grandes en las cocinas y las conversaciones se alargan hasta bien entrada la noche. Si pasas por la Plaza de la Constitución al caer la tarde, es fácil acabar escuchando historias locales que mezclan recuerdos familiares, guerra, cosechas malas y veranos especialmente calurosos.
Si vienes en fiestas, conviene madrugar y moverse a pie por el centro: muchas calles se cortan y aparcar cerca resulta complicado.
Un pueblo de fuentes
Empieza en la fuente de los Doce Caños. El agua cae constante sobre la piedra y suele estar fría incluso en agosto. Durante años fue uno de los lugares donde se lavaba la ropa, algo que todavía recuerdan los vecinos mayores.
Desde allí puedes subir por la Cuesta de San Roque. Las paredes mantienen manchas de humedad y en algunos rincones crece musgo, sobre todo en invierno. Más arriba aparece la fuente de la Mora, encajada en un pequeño muro de piedra tallada. El chorro cae con un sonido limpio que se oye antes de verla.
Por el término y dentro del casco urbano hay decenas de fuentes. Algunas siguen manando; otras se secaron con el tiempo o quedaron escondidas tras muros y huertas. Llevar una botella no está de más cuando paseas por el pueblo, aunque conviene fijarse en los carteles de cada fuente para saber si el agua se considera potable.
El tiempo de la lavanda
A mediados de junio los campos alrededor de Brihuega empiezan a teñirse de morado. La floración no dura mucho y depende bastante de cómo haya venido la primavera, pero durante unas semanas el paisaje cambia por completo. Las abejas se oyen antes de verlas y el olor se queda pegado a la ropa si caminas entre las filas de plantas.
Gran parte de estos campos están en las afueras, en dirección a la carretera y a las zonas agrícolas donde antes dominaba el cereal. En los últimos años varios agricultores apostaron por la lavanda y el espliego, y el cambio se nota desde lejos cuando llega el verano.
En julio suele organizarse un festival relacionado con la floración, lo que atrae a bastante gente. Si prefieres ver los campos con calma, es mejor acercarse entre semana o a primera hora de la mañana. Al atardecer también hay un momento bonito: el viento mueve las espigas y el color morado se vuelve más grisáceo, casi plateado.
Algunas cosas que conviene saber
El centro histórico se recorre bien a pie, pero tiene cuestas largas y suelo irregular. Mejor calzado cómodo.
Dentro del recinto del castillo está el cementerio. Cruzando el puente de piedra y subiendo un poco se llega a un mirador natural desde el que se ve toda la vega del Tajuña serpenteando entre huertas.
Si vienes en época de lavanda, evita los fines de semana a media mañana: se concentran muchos coches en los accesos a los campos. Y en invierno trae abrigo. La niebla suele quedarse atrapada en el valle y el frío se mete entre las calles de piedra durante horas.