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sobre Guadalajara
Capital provincial situada en el centro de la península; destaca por el Palacio del Infantado
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A esa hora en que las persianas empiezan a levantarse en el centro, el río Henares pasa tranquilo junto a Guadalajara. El agua baja turbia algunos días, más clara otros, y los álamos de la orilla se inclinan sobre el cauce con un rumor suave. Desde el puente de hierro se ve bien la silueta del Palacio del Infantado por encima de los tejados. El aire suele oler a pan reciente y a riego de jardines cuando aún no aprieta el calor de La Alcarria.
El palacio que sigue marcando el centro
El Palacio del Infantado domina la ciudad desde hace siglos. La piedra clara de la fachada reacciona mucho a la luz: por la mañana se ve pálida, casi mate; al caer la tarde se vuelve más cálida, como si la superficie guardara el sol del día. La galería de ventanales góticos y los relieves en punta de diamante siguen llamando la atención incluso a quien pasa deprisa por la plaza.
La familia Mendoza levantó aquí su residencia principal y convirtió Guadalajara en un foco cultural importante durante el Renacimiento. Hoy el edificio mantiene uso público y parte de sus salas se pueden visitar. El patio de los Leones es el lugar donde más se nota el paso del tiempo: columnas de piedra pulida por siglos de manos, pasos que resuenan bajo las galerías y ese silencio breve que se crea cuando un grupo entra y se queda mirando hacia arriba.
Conviene acercarse temprano o a última hora de la tarde. En las horas centrales la plaza queda muy expuesta al sol, sobre todo en verano.
La colina del antiguo Alcázar
El Alcázar Real ocupa una posición clara sobre la vega del Henares. Hoy quedan restos de muralla y estructuras excavadas, suficientes para entender que aquí hubo una fortaleza relevante cuando la ciudad era territorio de frontera. Desde arriba se ve el curso del río y el corredor natural que conecta con el valle del Henares.
El terreno conserva rincones frescos incluso en días calurosos, sobre todo junto a los muros más gruesos. En algunas paredes todavía se distinguen las aberturas estrechas de las antiguas saeteras. El lugar es sencillo, sin grandes reconstrucciones, y quizá por eso resulta fácil imaginar cómo funcionaba la fortaleza.
Al bajar hacia el centro aparece la concatedral de Santa María. El exterior de ladrillo mudéjar convive con añadidos posteriores. Dentro domina la madera oscura del coro y un olor leve a cera. No es un templo monumental; funciona más como iglesia de barrio grande, con gente que entra, se sienta un momento y vuelve a salir a la calle Mayor.
Lo que se come en la ciudad
En muchos bares del centro todavía se sirven platos tradicionales de caza menor cuando llega el frío. El morteruelo aparece a menudo en cazuela de barro, espeso y muy especiado, pensado para comer despacio con pan. Es un plato contundente, más habitual en los meses fríos.
La repostería tiene presencia en las calles céntricas desde primera hora. Algunas pastelerías trabajan de madrugada y a media mañana ya se nota el olor a mantequilla y azúcar tostado en los soportales de la calle Mayor. Las tortas de hojaldre rellenas de crema son una de las elaboraciones que más se repiten en celebraciones familiares.
Cuando llegan las fiestas
A mediados de agosto la ciudad cambia bastante con las fiestas de San Roque. Aparecen pañuelos rojos y blancos en balcones y plazas, y desde temprano se oye movimiento en las calles del casco antiguo. Los encierros matinales reúnen a corredores habituales y a vecinos que observan desde las ventanas.
La Semana Santa tiene otro tono. Las procesiones recorren el centro cuando cae la tarde y los tambores resuenan bajo los soportales de la plaza de Santo Domingo. Hay momentos muy silenciosos, sobre todo en algunas procesiones nocturnas, cuando apenas se escucha más que el paso de las túnicas sobre la piedra.
Ritmo diario en el centro
Guadalajara funciona a un ritmo bastante reconocible para cualquiera que conozca las ciudades medias de Castilla. A media mañana la Alameda se llena de gente paseando bajo los plátanos y sentándose en los bancos junto al quiosco de música. Los fines de semana hay familias enteras cruzando el parque camino del centro.
Moverse en coche por la ciudad suele ser sencillo fuera de las horas de entrada y salida del trabajo. El centro tiene zonas de estacionamiento regulado y conviene fijarse bien en la señalización.
En verano el calor se nota mucho desde el mediodía hasta bien entrada la tarde. Abril y octubre suelen ser meses más agradables para caminar por el casco urbano y acercarse a la ribera del Henares.
Al final del día, si subes hacia la zona del Alcázar, la ciudad se ve entera sobre la vega. El río queda al fondo y la línea azulada de la sierra aparece en el horizonte. Guadalajara no hace demasiado ruido con su historia. Está ahí, repartida entre plazas, edificios antiguos y barrios más recientes. Hay que caminarla un rato para empezar a entenderla.