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sobre Horche
Villa con gran tradición vinícola y bodegas subterráneas; vistas al valle del Ungría
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Hay un momento, justo cuando atraviesas el puente sobre el Tajuña, en el que Horche parece un pueblo bastante normal. Casas de ladrillo, algún chalet de los 90, el típico polígono a la entrada. Y entonces giras a la derecha, subes la cuesta de San Pedro, y de repente el ambiente cambia. Como cuando cambias de canal y pasas de un programa de tarde a una película antigua.
Ese contraste explica bastante bien el turismo en Horche: por fuera puede parecer un pueblo más de la carretera de Guadalajara, pero cuando entras en el casco antiguo empiezan a aparecer las calles con historia, las plazas tranquilas y ese ritmo de pueblo alcarreño que va claramente a otra velocidad.
El olivo que todo lo ve
Lo primero que notas es el olor. No es el aroma romántico del campo que salen en los anuncios de colonia. Aquí huele a tierra, a olivo y, según la hora, a pan recién hecho que se escapa de alguna casa cercana.
Horche ronda los 3.000 habitantes y el centro tiene algo curioso: muchas calles largas y bastante rectas que de pronto desembocan en plazas pequeñas. A ratos parece que alguien empezó a trazar el pueblo con regla y luego dejó que creciera a su aire.
Un domingo por la mañana lo ves claro. La gente sale a por el pan, otros se quedan un rato en la plaza hablando y siempre hay alguien dando de comer a las palomas. No es una escena preparada: es simplemente la mañana de cualquier fin de semana.
La primera vez que paré aquí fue también un domingo. Entré en un bar a pedir un café y dentro había varias mesas con gente jugando a las cartas y familias con niños desayunando. Pedí un café con leche y me lo sirvieron en un vaso de cristal grueso, de esos que parecen indestructibles. Estaba mejor que muchos cafés “de especialidad” que te cobran el triple.
La iglesia de San Pedro, en lo alto del pueblo
La iglesia de San Pedro domina la parte alta del casco antiguo. No es de esas catedrales que impresionan desde kilómetros, pero cuando llegas al atrio entiendes por qué es el punto de referencia del pueblo.
El edificio es grande para un municipio de este tamaño y el interior tiene ese aire de iglesia castellana antigua: piedra, madera y bastante silencio. Si entras cuando no hay nadie, se agradece. Es de esos sitios donde automáticamente bajas la voz aunque no haya nadie escuchando.
Fuera suele haber movimiento. Gente sentada en el muro, niños corriendo por la plaza y, muchas veces, cigüeñas en los nidos cercanos. Un vecino me comentó que durante años anidaban en la propia torre y que luego se fueron moviendo a los postes y tejados de alrededor. En la Alcarria pasa mucho: las cigüeñas parecen elegir el sitio con más calma, no necesariamente el más alto.
Donde el cordero sigue oliendo a domingo
A mediodía Horche cambia de registro. Empieza a oler a leña y a asado, ese olor que te hace mirar el reloj aunque no tengas hambre todavía.
Aquí el cordero tiene mucho peso en la cocina local. No hay espectáculo ni presentación moderna: bandejas de barro, horno y paciencia. La piel sale crujiente y la carne muy tierna, de esas que casi se separan solas del hueso.
No voy a decir que sea el mejor cordero del mundo —eso siempre es una discusión sin final— pero sí que encaja muy bien con el tipo de comida que esperas en un pueblo de la Alcarria: platos contundentes, pocos adornos y la sensación de que alguien lleva haciéndolo así toda la vida.
Un paseo entre olivos al final del día
La tarde es cuando Horche se entiende mejor. El pueblo se calma, baja el ruido de los coches y empiezan a aparecer vecinos paseando sin prisa.
Alrededor del casco urbano hay varios caminos de tierra que se meten entre olivares. No esperes rutas muy preparadas ni paneles explicativos. Son más bien caminos agrícolas de toda la vida, los que usan los tractores y los paseos de tarde.
Si subes un poco por cualquiera de ellos, enseguida tienes buena vista del pueblo. Desde arriba se ve compacto, con las tejas rojizas y las torres sobresaliendo entre un mar de olivos. En días claros incluso se distingue bastante bien todo el valle del Tajuña.
Es uno de esos momentos tranquilos del día: luz baja, algún perro ladrando a lo lejos y el humo de alguna chimenea cuando empieza a refrescar.
Cuando vuelves al centro, el pueblo ya está en modo tarde-noche. Gente que sale a tirar la basura y se queda charlando un rato, puertas entreabiertas, televisión encendida en alguna casa.
No hay tiendas de recuerdos ni escaparates pensados para el visitante. Horche funciona más bien como un pueblo que sigue con su vida normal mientras tú pasas un rato por allí. Y, la verdad, a veces eso es justo lo que apetece encontrar.