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sobre Salmeroncillos
Municipio formado por dos barrios; entorno de vega y cerros alcarreños
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A las siete, el sol llega bajo desde los campos de cereal y el silencio solo se rompe por un mirlo que salta entre las tapias y el roce del aire en los trigales. El pueblo huele a tierra seca y a leña vieja. Cuesta imaginar ruido aquí.
En esta parte de La Alcarria conquense vive apenas un centenar de personas. El caserío se agrupa en torno a unas pocas calles estrechas donde el paso del tiempo se nota más en las paredes que en los relojes. La vida rural sigue marcando el ritmo: cosechas, estaciones y trayectos cortos en coche hasta pueblos mayores para lo que aquí no hay.
Calles de piedra y una iglesia que marca el perfil
Caminar por Salmeroncillos es cuestión de minutos, pero conviene hacerlo despacio. El suelo cambia entre tramos de cemento y piedra irregular, y muchas fachadas mezclan mampostería antigua con arreglos más recientes. Hay puertas de madera oscurecida por el sol y rejas que todavía conservan el hierro grueso de otra época.
La iglesia parroquial de la Asunción aparece enseguida entre los tejados. Su torre se ve desde los caminos que llegan al pueblo, algo habitual aquí, donde los campanarios servían también como referencia entre los campos. El edificio es sobrio: muros claros, piedra vista en algunos tramos y pocos adornos.
A media tarde, cuando el sol cae hacia el oeste, la luz se queda unos minutos pegada a la torre y a las fachadas más altas. Es un momento breve, pero la caliza de las paredes parece encenderse.
El paisaje cerealista
Alrededor de Salmeroncillos todo se abre. No hay grandes montes cerca, sino una sucesión de campos de cereal. En primavera dominan los verdes suaves; en verano llega el amarillo seco del trigo maduro y el polvo de los caminos; después aparecen los ocres y los rastrojos.
Desde el propio pueblo salen varios caminos agrícolas. No son rutas señalizadas como tal, sino pistas usadas por tractores y vecinos. Caminando por ellas se alcanzan pequeñas lomas desde donde el horizonte parece plano durante kilómetros.
Si vas a salir a andar, lleva agua incluso en trayectos cortos. En verano el sol cae con fuerza y apenas hay sombra fuera del casco urbano.
Caminar sin señalización
Algunos de esos caminos conectan con pueblos cercanos de la comarca. No hay carteles en la mayoría de cruces y la cobertura móvil puede fallar en ciertos tramos, así que es buena idea llevar un mapa descargado o GPS.
Las primeras horas de la mañana y el final de la tarde suelen ser los momentos con más movimiento en el campo. Es fácil ver rapaces aprovechando las corrientes de aire sobre los sembrados, y también pequeños bandos de aves que se levantan de los rastrojos al pasar.
Comida sencilla, muy de la zona
En un pueblo de este tamaño no hay una oferta pensada para forasteros. Lo habitual es moverse a otras localidades cercanas si se busca comer fuera.
Aun así, la tradición gastronómica de la Alcarria está muy presente en las casas: miel de la zona, cordero preparado lentamente y quesos elaborados en la comarca. Son productos que forman parte de la despensa habitual de muchos vecinos.
Agosto y el invierno silencioso
Las fiestas patronales suelen celebrarse en agosto, cuando regresan quienes tienen raíces familiares en el pueblo. Durante unos días las calles se llenan más: procesiones, mesas al aire libre y música por la noche en la plaza.
El contraste llega en invierno. Entonces Salmeroncillos vuelve a su tamaño real. Hay días en los que apenas se ve a nadie por la calle y el sonido más constante es el del viento cruzando los campos.
Cuándo acercarse
La primavera y el inicio del otoño suelen ser las épocas más agradables para pasear por los caminos: temperaturas suaves y buena luz al final del día.
En verano conviene moverse temprano o esperar a la tarde. Al mediodía el sol cae directo sobre los campos abiertos y el pueblo queda casi en silencio, con las persianas bajadas y las calles vacías.
Salmeroncillos no funciona como destino de grandes planes. Es más bien un lugar donde parar un rato, caminar sin prisa y mirar el paisaje amplio de la Alcarria, ese que mantiene siempre la misma calma.